Una historia de la opereta
Para nosotros, los públicos líricos actuales, el mundo de la opereta se reduce a la audición discográfica de un par de títulos, al nombre de unos pocos autores del pasado y de intérpretes actuales, como es el caso de Frederica von Stade, una eminencia, que vendrá al Colón para protagonizar "La viuda alegre", de Franz Lehár. Un siglo atrás, sin embargo, los aficionados de Buenos Aires y otras ciudades del país, gozaban de la más amplia vivencia de este género, lo que hace suponer que tenían la mente y la sensibilidad receptiva para divertirse con las ocurrencias, y aún los disparates, que eran, junto a una música tan sabrosa como el chocolate, lo esencial de esa especie. Hoy no es fácil, sacudidos por el default y el déficit cero, y más aún, por los horrores del Medio Oriente, ingresar con el mismo espíritu en el mundo de la opereta francesa o alemana, de la zarzuela española y de la comedia inglesa o norteamericana. Pero la música ha sido siempre una defensa contra la angustia, el dolor y la muerte, como lo demostraban los londinenses cuando asistían a sus conciertos sinfónicos bajo las bombas de Hitler, que noche tras noche caían desde el cielo sin piedad.
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Lo cierto es que a mediados del siglo XIX empezó a ingresar la opereta en la Argentina. Y comenzó por donde debía: a través de su forma francesa, que fue el origen de lo que vendría después. Nacida hacia 1800, la "opérette" invadió en París el Palais-Royal, el Odeón y un centenar de otros pequeños y grandes teatros de Francia. Este género, con diálogos y canto, contó con numerosos creadores, pero tres sobresalieron por sus melodías espirituosas y sus textos picantes: Hervé, Offenbach y Lecocq. Le tocaría a Offenbach, el "rey" del Segundo Imperio francés, hacer reír a una sociedad que él mismo consideró, seguramente, "de opereta". Por su parte, el filón austríaco-danubiano de la "operette" contó con dos colosos: Johannes Strauss (h.) y Franz Supe, y más tarde, como afortunado epígono, con Franz Lehár, que murió en 1948. A su vez la "operetta" italiana careció de grandes figuras en el momento del auge europeo del género, pues, dada la situación política, al público le interesaban más los temas del melodrama patriótico de Verdi que la fatuidad de sus príncipes de juguete. El equivalente español, la zarzuela, es otra historia, más rica, exuberante y plena de vida, mientras Inglaterra dio fisonomía al género a través de las comedias musicales de Sullivan y otros más, que se volcaron en el musical de hoy, inglés o americano del Norte, con una espectacularidad propia del paladar globalizado de estos años.
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El ingreso, desarrollo y esplendor de la opereta y zarzuela en la Argentina ha quedado registrado en el espléndido trabajo histórico realizado por Alberto Emilio Giménez y Juan Andrés Sala en la Historia General del Arte en la Argentina publicada por la Academia Nacional de Bellas Artes. Se revive en esas páginas, paralelamente con una rigurosa cronología, la llegada -en 1861- de las primeras operetas representadas por los Bouffes Parisiens, con sus turbulentos cancanes y briosas cuadrillas; la aparición, a partir de 1879, de las creaciones vienesas de Johann Strauss (h.) y, a comienzos del siglo siguiente, el desembarco en el Plata de "La viuda alegre", de Lehár, que se convirtió en la reina de los corazones porteños.



