
Valioso rescate de Bartok
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Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Gabriel Senanes. Solista: Paul Neubauer, viola. Programa: De Rogatis: "Danzas de Huemac"; Bartok: "Concierto para viola y orquesta, Op. póst.", y "Cuatro piezas para orquesta, Op. 12". Cierre de la Semana Bartok en el Teatro Colón.
Nuestra opinión: muy bueno
Si el público de la música clásica se dejase guiar apenas un poquito más por una sana curiosidad que por los preconceptos, la del jueves debería haber sido, por lo menos, una noche de abarrotamientos masivos en el Colón, ya que se iban a estrenar en la Argentina dos obras de Bela Bartok, sin lugar a duda uno de los compositores más notables de todos los tiempos. Pero, claro, sabido es que ningún compositor del siglo XX atrae multitudes. Y, además, en cuanto a atracciones, podría afirmarse que la viola no es un instrumento que goce de buena prensa ni de vastos clubes de admiradores. Ciertos prejuicios poco defendibles, como todos los prejuicios, indican que un piano, un violín o un chelo, delante de una orquesta, per se, serán mucho más interesantes que una viola. En definitiva, poca gente pudo gozar de dos piezas singulares y, sobre todo, de la presencia de Paul Neubauer, un violista excepcional.
El Concierto para viola, de Bartok, fue una obra que el compositor no alcanzó a completar cuando falleció, en Estados Unidos, en 1945, exiliado de la barbarie nazi. La versión conocida de esta obra, la que se toca, incluso, en chelo, fue realizada por Tibor Serly. La que se presentó en el Colón es de Peter Bartok, hijo del compositor, y Nelson Dellamaggiore, con la colaboración del mismo Neubauer. Sin posibilidades de emitir una opinión comparativa seria con respecto a las dos versiones -tarea que requeriría la disposición de los manuscritos y de ambas partituras-, esta presentación del Concierto para viola estuvo marcada por la interpretación esplendorosa de Neubauer. Con un sonido robusto y de muchísimas variantes y una afinación impecable, el violista estadounidense, un verdadero virtuoso, en el más amplio sentido del término, se paseó con naturalidad y a pura musicalidad por entre las infinitas dificultades de la obra.
Un bis insospechado
Cuando concluyó el concierto, los aplausos sobrevinieron a palma llena tanto desde la platea como desde el escenario, donde los músicos de la Filarmónica, sin disimulos, expresaban su agradecimiento. Fuera de programa, para sorpresa absoluta de todos los presentes, sin que pudiera saberse de dónde, ni cómo, ni de quién, Neubauer tocó una especie de paráfrasis libre, casi una meditación en estilo de improvisación sobre la argentinísima "Canción de la bandera", de la ópera "Aurora", de Panizza.
Antes y después del violista, la orquesta, dirigida correctamente por Gabriel Senanes, tocó dos obras disímiles, escritas en la segunda década del siglo pasado, en la Argentina y en Hungría. Las dos sonaron ajustadas, precisas y balanceadas, mérito de músicos y director, pero también demasiado similares en su sonoridad y hasta en su expresividad, a pesar de las diferencias esenciales entre una y otra. Las "Danzas de Huemac", de De Rogatis, una ampulosa partitura de un protonacionalismo americanista, y las "Cuatro piezas para orquesta", de Bartok, en las que se percibe otro tipo de nacionalismo y de modernidad, y menester es decirlo, de genialidad, fueron interpretadas sin una aproximación que señalara las notorias distancias idiomáticas y estéticas entre una y otra. De todos modos, el poder oír en vivo y en directo, por primera vez, esta casi sinfonía de Bartok fue más que suficiente para disfrutar de una obra que se hubiera merecido otro marco.
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