
Verónica Cangemi y su éxito
La soprano viene de cantar "Rinaldo" en Munich y participará en el Festival Argerich
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MUNICH.- Enfundada en un seductor vestido dorado y entonando con todo su carácter la célebre aria "furie terribile", Armida, la fascinadora maga reina de Damasco, hace su espectacular aparición en escena posando entre las gigantes letras de un cartel luminoso que indica el dominio de Jerusalén. En el rol: la soprano argentina Verónica Cangemi protagonizando el "Rinaldo" de Haendel, obra que sobre libreto de la "Jerusalén liberada" de Tasso narra el heroísmo de los cruzados bajo las órdenes de Goffredo.
Al final de la representación, con los aplausos más calurosos de la noche, el público premió el desempeño de Verónica, mientras sir Peter Jonas, intendant de la casa -la prestigiosa Staatsoper de Munich, conducida artísticamente por Zubin Mehta-, se sumaba a la ovación desde su palco. La actuación de la argentina fue puesta de relieve en especial por el interesante color dramático de su voz.
En la capital de Baviera, Verónica dialogó con LA NACION, entre otros temas, acerca de esta producción dirigida por Ivor Bolton, con una desafortunada mise-en-scéne de David Alden que se basó en la ya remanida estética kitsch de las muñequitas barbies, los gags efectistas, los decorados de cómics, el vestuario fifty y los colores estridentes, algo sin creatividad.
-Luego de estudiar un rol desde la composición, ¿cómo te resulta el contraste con la régie?
-Lógicamente que lo que uno estudia es la historia real, pero cuando se llega al teatro hay que hacer el esfuerzo de adaptarse a lo que el régisseur tiene en la cabeza. Esta es una producción especial, muy moderna y difícil... pero divertida para los artistas.
-Pero inconexa para el público, ¿cómo logra convencerte el régisseur de una marcación de escenas forzada, opuesta a la línea del canto?
-En principio, una siempre puede decirle que está insegura cantando en determinada posición, pero hoy las puestas son tan modernas que oponerse sería casi una estupidez. Además, no sólo importa el canto, sino el trabajo actoral, la naturalidad en el cuerpo y el manejo de mucha información en la cabeza. En esta puesta, donde el rol me gusta vocalmente porque es lírico, tiene coloraturas y un aria lindísima como "Ah! crudel", hay que tener mucho soporte y dominio técnico de la voz pues el tipo de escena construida en pendiente es muy difícil para cantar. Aquí canto agarrada y agachándome debajo de una lámpara, que también está en pendiente, o acostada con la cabeza hacia abajo; en fin... Antes de entrar con mis coloraturas, por ejemplo, tengo que contar la cantidad de compases de silencio; mientras tanto, controlar de no caerme por la pendiente, romper unos papeles, correr y escuchar la orquesta, bajar con los segundos contados para cambiar el vestuario, volver a aparecer convertida en otra figura y ver al director para entrar correctamente...
-¿Cómo ha evolucionado tu voz en estos intensos diez años de carrera?
-Me he afirmado mucho y siento que cuando subo a un escenario puedo disfrutar de la música cantando libre de la parte técnica. Ya no tengo el track de si llego o no a la nota. Cuando era más joven, mi voz era más liviana, tenía menos firmeza. Volviendo al tema de saber decir sí o no a un rol, viene al caso una experiencia de hace 3 años con una Li que tenía que cantar con Zubin Mehta en Tokio. Ya había llegado a firmar el contrato cuando, cerca de la fecha, dije que no podía hacerlo. Expliqué que no era el momento para cambiar de repertorio, porque, al fin de cuentas, la que está arriba del escenario es una, y por eso hay que reconocer los límites, saber exactamente hasta dónde llega la voz. Si te equivocás en esta carrera, el error es para siempre. Es duro, pero es real. Recién ahora, y muy de a poco, estoy empezando a cambiar el repertorio justamente porque estoy más afianzada y puedo afrontar otros roles.
-¿Cómo llegaste a la Opera de Munich?
-En 1998 había grabado, con Marc Minkowski y Anne-Sofie von Otter, el disco "Ariodante", de Haendel, con el que obtuvimos un importante premio en Francia. En ese momento, la grabación estaba de moda y la cantante que hacía Dalinda en una nueva producción de Munich se enfermó 24 horas antes del estreno y me llamaron para suplantarla. Yo había grabado el disco, pero nunca la había hecho en escena, de manera que en un solo día tuve que ver el video, aprenderme la puesta y salir a escena con 6 personas a los costados del escenario marcándome el rol. Así fue mi debut, y gracias a eso tengo un contrato en Munich hasta 2007. De manera que, más allá de las condiciones vocales y musicales que pueda tener, debo decir que tuve una gran estrella que me iluminó.
-Cuando un cantante joven se siente formado, tiene el talento y la decisión de emprender una carrera...
-Alguien como yo hace 10 años... ¿dónde tiene que buscar esa "estrella" que lo guía? Primero que nada: creer en lo que hace, tener seguridad en la propia intuición y estudiar mucho. La base y la formación son muy importantes para desarrollar una carrera. Luego, cada artista debe saber adaptarse a los roles que le tocan. He visto a mucha gente que vino a Europa con unas condiciones vocales mucho mejores que las mías, que abrían la boca y emitían un sonido que era un sueño, pero que sin embargo no han hecho carrera. Lógicamente, hay que tener la voz, pero después todo depende de lo que uno esté dispuesto a hacer. Adaptarse al trabajo en cada teatro no es una tarea fácil y el verdadero artista tiene que poner mucho de sí porque voces como la mía, que cantan Despina, Susanna, Zerlina... hay millones en Europa, y lo que hizo la diferencia de que mi nombre fuera conocido es esa inteligencia de saber qué, cómo y cuándo debo cantar. En la Argentina, los cantantes jóvenes tienen que hacer muchas otras cosas para poder subsistir (yo también tuve que hacerlas en su momento) y no es fácil seguir estudiando. Pero hay que tener la perseverancia de seguir adelante, no desesperarse con lo que no sale, con lo que todavía no se encuentra en la voz. Hay que tener paciencia, inteligencia y constancia porque las cosas llegan.
Regreso con gloria
Viendo realizado su sueño de llegar a Europa (gracias a una beca que Festivales Musicales le otorgó merced a un concurso ganado en Buenos Aires en 1989), de cantar roles protagónicos con maestros como René Jacobs, Marc Minkowski, Zubin Mehta, Ivor Bolton y Neville Marriner, entre otros, y en las salas más reconocidas del Viejo Continente; habiendo grabado numerosos CD (una reciente placa de la ópera "Griselda", de Scarlatti, grabada en Berlín para Harmonia Mundi con la dirección de Jacobs saldrá a fines de mes, y en lo que resta de la temporada participará en cinco grabaciones de Vivaldi, entre otras, "Orlando furioso" y un ciclo de motetes para soprano y orquesta para el sello francés Naive) y habiendo cerrado interesantes compromisos hasta 2007, hace un par de años que la cantante mendocina decidió volver a radicarse en el país. Al respecto, comentó en su momento a LA NACION: "Cuando logré ver que mi agenda estaba armada como para organizar el año con un mes en la Argentina y un mes en Europa, decidí volver. Esa es la ilusión de todos los argentinos que estamos en el extranjero: poder tener un cierto nivel de actividad y al mismo tiempo disfrutar de nuestro país. Siempre hemos tenido golpes, °y hace cuánto que pasamos crisis! Sin embargo... creo en la Argentina. Por eso me volví".
Sola o acompañada, lucirá su voz
- Verónica Cangemi llegó a Buenos Aires para sumarse a dos de las funciones del III Festival Martha Argerich, que comenzó ayer en el Teatro Colón. La soprano argentina participará en el concierto de mañana, a las 17, donde junto con sus colegas Raquel Winnica, Enrique Folger, Sebastián Sorarrain, y el acompañamiento al piano de Alan Kwiek y Edith Bernárdez, interpretará "Valses de amor" opus 52 de Brahms; el lunes, en la segunda etapa del Megaconcierto (a partir de las 18), será la solista en la escena y rondó para soprano "Ch´io mi scordi di te", de Mozart.
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