
"No hay animales difíciles, sólo hay que conocerlos"
A boca de jarro: Fabián Gabelli
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Contra lo que sospecha la mayoría de sus vecinos, Fabián Gabelli no tiene muchos animales en su casa. Arañas, alacranes, una boa y dos perros: Gringo, un terranova que trabaja en el cine desde que tenía un mes, y Rocco, un caniche. "Muy guardián –ríe el biólogo–, el problema es que se toma tan a pecho su tarea que no para de ladrar en todo el día."
Gabelli es investigador del Conicet en un laboratorio de Biología del Comportamiento y profesor de la cátedra de la misma materia en la Facultad de Psicología de la UBA. Además, muy conocido como entrenador de animales para actuar en cine. Su primer trabajo fue entrenar 300 ratas para La peste, la versión de Luis Puenzo de la novela de Albert Camus. "Mi tercer trabajo fue entrenar un colibrí para un comercial de nafta ecológica; mereció un premio y ahí vi la posibilidad de tomármelo más en serio."
–¿Es difícil entrenar un pájaro mosca?
–No hay animales difíciles, sólo hay que conocerlos, saber sobre sus conductas y respetarlos. En el comercial, el sonido de un automóvil en marcha acompañaba un colibrí que volaba a libar de una flor. Lo hicimos en medio del campo con colibríes silvestres. En una flor instalamos un sistema que drenaba agua azucarada. Era invierno, cuando el alimento escasea, y los pájaros registran rápidamente el lugar donde pueden encontrarlo. El problema era que al acercarse a la flor, la cámara que lo filmaba hacía ruido y asustaba al colibrí. Hubo que grabar el sonido y acostumbrar al pájaro para que perdiera el miedo.
–¿Algo que nunca hay que hacer?
–Inhibir un animal, retarlo o atemorizarlo. Siempre hay que aprovechar su motivación. Tomemos un caso simple: un insecto, la vaquita de San José. La vaquita camina siempre para arriba, entonces, hay que lograr cosas respetando esa actitud del insecto. A veces, vemos escenas en que un perro feroz se arroja sobre un personaje para destrozarlo. Sin embargo, la verdad es otra. Utilizamos razas naturalmente agresivas, que si uno les muestra otro perro (debidamente protegido, detrás de una reja) quieren ir a pelearlo. Pero si en el camino se le cruza un actor, al animal no le interesa, lo ignora. Porque lo que quiere es alcanzar cuanto antes al otro animal y eludir el obstáculo. Claro, la escena se filma de tal manera que parece que el objetivo fuera el actor, pero no lo lastima, su preocupación es otra.
–¿Qué ocurre con animales más grandes?
–Creo que hoy se estrena el comercial de una petrolera donde armamos una estampida en la ruta 5, con una manada de 25 toros del tipo de los de lidia, de 500 a 600 kilos cada uno. Un automóvil que marcha en sentido contrario hace una maniobra y logra esquivar la arremetida, pero uno de los toros quiere volver y embestir el coche. Mueve nervioso su enorme cabeza con una cornamenta importante, y el espectador cree que es una fiera, pero no es así. Es un animal sumamente manso, filmado de manera tal que parezca agresivo. Logramos que moviera la cabeza poniéndole un tubo diminuto detrás de la oreja para que al soplar le produjera una suave molestia.
–¿Eso no fastidia a los animales?
–No. A veces nos engañamos con lo que realmente afecta a un animal. Por ejemplo, una vaca con las patas delanteras maniadas no es algo que la afecte, porque está acostumbrada a que la aten para ordeñarla. En cambio, un foco cerca de la cabeza le produce mucho estrés.
–¿Qué otro sistema usa para entrenar animales?
–Uno muy común, la promesa de un premio. ¡Que por supuesto, hay que cumplir! El animal sabe que si se comporta de determinada manera, recibe un alimento que le gusta. Cuando salgo a pasear con Gringo no lo llevo atado; para que no se escape, simplemente tengo en mi bolsillo raciones de un alimento que a mi perro le gusta. Y Gringo no se aleja de mí. Podemos transitar por los sitios más complicados, que él siempre trota a mi lado.
–¿Alguna nueva propuesta?
–Esta tarde estuve reunido con el director Eduardo Mignona, con el que hice La fuga. Se trabaja muy bien con él porque trata de comprender a los animales. Me propuso entrenar un perro para que interactúe con el actor Federico Luppi en su próxima película... No es un trabajo fácil. Aunque parezca absurdo, es más simple armar una estampida con 25 toros que lograr que un perro interactúe de manera creíble con un actor... ¡Pero Luppi tiene fama de tener buena onda con los perros...!
Los tiempos del gato
"Desde 1990, cuando comencé a trabajar, hasta hoy, participé en unas 500 películas. Al principio, la profesión de entrenador de animales no existía; era algo que hacían, como tantas otras cosas, los utileros. Sólo ahora hay profesionales con la formación adecuada. Sin embargo, algunos directores todavía no entienden que cada animal tiene su tiempo. Creen que una filmación puede esperar 8 horas a un actor, pero no 10 minutos a un gato."
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