Olazábal, el hijo de San Martín

La popularidad en tiempos de los próceres
Daniel Balmaceda
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5 de agosto de 2013  

El capitán José de San Martín esperaba que los jóvenes de las principales familias de Buenos Aires dieran el ejemplo y se sumaran al Cuerpo de Granaderos a Caballo que formaba con sus compañeros de armas, José Zapiola y Carlos de Alvear, a mediados de 1812. Los primeros en incorporarse fueron sus cuñados Escalada, Manuel (de 16 años) y Mariano (de 17). Entre los que siguieron el ejemplo nombramos a Manuel de Olazábal, quien se sumó como cadete el 7 de enero de 1813, una semana después de haber cumplido los 13 años.

No participó en el combate de San Lorenzo, al mes siguiente de su incorporación, pero pronto se destacó por su destreza, sumada a las muestras de coraje, algo que sus superiores podían detectar en las prácticas que llevaban a cabo en el cuartel de Retiro.

En diciembre ya era portaestandarte y participó de la campaña a la Banda Oriental. El joven fue nombrado jefe de la escolta de Alvear y tuvo acciones destacas, sobre todo cuando en una retirada del campo de batalla, Zapiola rodó y surgieron cuatro enemigos para capturarlo. Olazábal y dos hombres se lanzaron de sus caballos para pelear cuerpo a cuerpo y rescatar con éxito a su comandante. A comienzos de 1815, con flamantes 15 años, regresó a Buenos Aires ascendido a teniente.

Luego de una corta estada partió a incorporarse al Ejército Libertador que San Martín organizaba en Mendoza. La relación entre el jefe y el subordinado trascendió los límites del campamento de El Plumerillo. San Martín trataba a Olazábal como a un hijo. Eso sí: el hijo tenía su carácter. Y un día el joven teniente chocó con la arrogancia del capitán José Melián, quien ya venía destacándose por su valentía desde la invasión inglesa de 1806, cuando Olazábal tenía 5 años.

En medio de una discusión, Melián insultó a Olazábal y el joven lo retó a duelo. San Martín se enteró de lo que estaba por ocurrir y mandó llamar al joven teniente. En su tienda de campaña lo trató con severidad. Lo arrinconó preguntándole si conocía cuál era el castigo que recibiría aquel que se enfrentara a duelo con un camarada. El oficial, lejos de ponerse a la defensiva, respondió: "El teniente Olazábal sabrá cumplir la pena que su general le imponga. Pero nadie ha de faltarle al honor de un soldado del General San Martín". El Libertador se puso de pie y despidió al teniente, evitando mostrar la sonrisa que le había provocado la respuesta.

¿Hubo duelo? Sí. El bravo Melián asestó un sablazo en la rodilla de Olazábal, quien tuvo que pasar días en cama.

En cierta oportunidad, San Martín llegó cabalgando al campamento y vio a Olázabal caminando con una muleta. Se lanzó del caballo (esto era común, siempre se bajaba andando) y le preguntó qué le había pasado. El joven respondió que apenas había sido una rodada. San Martín lo miró fijo y en tono paternal le advirtió: "Tenga usted mucho cuidado con las rodadas".

Esa noche, junto con la comida, el convaleciente recibió una onza de oro, sin remitente. Podía ser anónima, sin embargo, todos sabían que la había enviado su orgulloso jefe.

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