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Las pieles de Judas
Cuando se anuncio el programa de la edición 2004 del Ozzfest, muchos pensaron que aquel era un gran paso atrás, tanto en el tiempo como en la relevancia de los protagonistas. Las bandas de new metal ya no estaban, reemplazadas por otras añejas como Black Sabbath, Judas Priest y Slayer. Sin embargo, el Ozzfest de este año fue el primero en que la gente se divirtió todo el día.
Las reglas eran: calidad musical y nada de gorras de béisbol calzadas al revés ni detalle alguno que tuviera que ver con el hip hop. Slipknot, siempre famosa por crear el caos, se ajustó al ritmo tenso que le marcaban los brutales redobles tribales del baterista Joey Jordison. Slayer ejecutó un bombardeo de greatest hits inspirado por la maldad en estado puro, y puesto de relieve por un "War Ensemble" al que la época le otorga nuevos significados. Los noruegos de Dimmu Borgir, con su impecable vestuario, eligieron un camino diferente: himnos épicos de black metal tramados por el tecladista Mustis, con un aire a Andrew Lloyd Weber.
Pero los dueños de la noche fueron los Judas Priest. k.k. Dowining y Glen Tipton, los mellizos hacheros, sincronizaron cada uno de sus movimientos, desde las sacudidas de cabeza hasta los solos de guitarra, superpuestos con una velocidad y una destreza cada vez mayores. Rob Halford, todo vestido de cuero, volvió a cantar con la banda luego de doce años, y pareció disfrutar del show más que sus furiosos fanáticos. Se zarandeó, hizo mímica y bailó a la manera de un robot, y logró hacer equilibrio en esa delgada línea que separa la inteligencia de la estupidez, un poco a la manera de Spinal Tap. También ofreció el que fue probablemente el punto más ¿conmovedor? de la noche. Durante la balada épica "Electric Warrior", mientras una gigantesca bola de espejos giraba detrás, el cantante, gay declarado, empezó a golpearse el pecho mientras aullaba una y otra vez: "¡Esta es mi vida!". ¿Quiso decir algo con eso? Es posible, pero esa noche pareció simplemente... cool.
Lo de Judas no hizo sino ensombrecer la patética actuación de Black Sabbath. Ozzy Osbourne, ataviado con shorts y una remera negra que dejaba ver su figura redondeada, se colgó del micrófono dispuesto a provocar vergüenza ajena. Daba la impresión de que cualquier cosa era capaz de tumbarlo. Tony Iommi ofreció sus icónicos riffs de guitarra con tranquilidad, pero estaba claro que faltaba pasión. Incluso "War Pigs", acompañada con un video de soldados en combate, pareció inadecuada a la nueva realidad mundial. Fue el momento irónico de la noche: la única banda que daba la impresión de estar fuera de lugar en el Ozzfest era la responsable de que el evento existiera.






