“Al principio, dije que ni lo loco lo iba a hacer”: Juan Leyrado se pone en la piel de un prócer y su parecido es sorprendente
El reconocido actor regresa al teatro interpretando a una de las personalidades fundamentales de la historia nacional exponiendo su perfil menos transitado por los estudios académicos
15 minutos de lectura'

Impacta su parecido físico, aún cuando no se encuentra vestido ni maquillado para la escena. Desde lo alto de la platea de la preciosa Sala Solidaridad del Centro Cultural de la Cooperación se lo divisa solo, inmiscuido en ese halo misterioso que solo los teatros vacíos pueden conferir a la atmósfera. Algo por fuera de lo terrenal.
Allí está él. Diciendo su letra. Repitiendo esas palabras que pondrá en boca de su personaje desde el próximo 11 de abril. Actor y criatura de ficción. Juan Leyrado y Domingo Faustino Sarmiento. Nada menos.
“En la vida lo que hay que tener son proyectos, ese es el secreto”, reflexiona el hombre que hizo de todo en su carrera, desde el formativo teatro independiente, refugio para los clásicos y la experimentación, hasta hacer estallar el rating televisivo encabezando telecomedias familiares a la hora de la cena, hoy un arcaísmo que se añora tanto por los televidentes como por los trabajadores de la industria.
“No sabía qué contar en teatro, pero, en una cena en Mendoza, un amigo me dijo ´tenés que hacer a Sarmiento´”. Así comenzó la travesía. El actor se sorprendió, abrió sus ojos y retrucó con un incrédulo “¿a Sarmiento?”. Aquel amigo, Marcelo Ortega, reparó en las similitudes físicas del actor y su personaje. “Le dije ‘ni loco’”.
Sarmiento es una figura que resuena rápidamente. Desde los tiempos de la escolaridad, su nombre es incorporado en una suerte de conciencia colectiva. “Padre del aula, Sarmiento inmortal”, aunque también una figura controvertida y con sus zonas grises.

“En teatro no se había hecho, a diferencia del cine que cuenta con un estupendo film protagonizado por Enrique Muiño”, cuenta.
-¿Conocemos al “verdadero” Sarmiento? ¿Por qué volver a su figura hoy desde el teatro?
-Había leído Facundo y algunos otros textos, pero, cuando comencé a investigar sobre él descubrí que no sabía absolutamente nada, salvo lo que me habían dicho en la escuela y alguna cosa que había leído, tanto apoyándolo como criticándolo; pero no era un conocimiento que me dejara conforme. Sin embargo, cuando me seguí metiendo en el tema, ya que este proyecto nació hace tres años, me encontré con un hombre de una pluma extraordinaria, incluso entendí de una forma diferente a Facundo.
-Habrá sido un recorrido sumamente rico enrededor de su figura.
-Leí sobre él, sus viajes, sus locuras, sus cosas con las mujeres. Una vida increíble que no nos han contado.
-Con sus contradicciones.
-Hoy, desde el conocimiento, tengo otra relación con Sarmiento. Comprendí que todos somos civilizados y bárbaros. Me pregunté qué hubiera dicho yo si hubiese querido impulsar un proyecto de educación en nuestro país en el siglo XlX.
El actor hurgó y leyó todo lo que llegó a sus manos sobre la figura del prócer nacido en San Juan en 1811 y fallecido en Asunción, Paraguay en 1888.
El historiador Felipe Pigna colaboró en el acercamiento de material. Sin embargo, a medida que las lecturas se acrecentaban, Leyrado fue tomando conciencia de la complejidad que demandaría la escritura del material teatral. “Me sentía incapaz para hacerlo”.
Julio Chávez le recomendó el nombre del director Sebastián Dominici, también reconocido por su labor como actor y docente y, en el proceso, apareció la figura del dramaturgo Juan Francisco Dasso, uno de los autores de la exitosa propuesta La revista del Cervantes. En escena, también realiza una participación la actriz Carolina Oviedo.
“Sarmiento es mucho más que el padre de la escuela, tanto en lo discutible como en lo que uno comparte”, remarca el actor y no deja de soslayar que “(Jorge Luis) Borges y (Julio) Cortázar hablaron maravillas de él”.
La estética del material gráfico de la obra es responsabilidad de un hijo de Leyrado, quien es artista plástico y reside en Alemania.
-Impacta su similitud física con el personaje histórico. ¿Cómo se llega a componer desde todos los matices físicos a una figura tan instalada, sin caer en la caricatura?
-Buena pregunta, también me la he hecho. La imagen estaba, pero nunca lo escuchamos hablar ni moverse, había que construirlo, imaginarlo.
El relato de la pieza ubica a Domingo Faustino Sarmiento en el presente. “Es traído para dar una clase en un aula magna. La excusa de esa charla es que se refiriera a él, pero aclara ´hablaré de otras cosas´”.
Anteriormente, el intérprete también se había atrevido al formato unipersonal con el espectáculo El elogio de la risa. “Fue muy interesante, me sentí muy bien haciéndolo, pero hacer Sarmiento es un tema aparte”.
Clásico y popular
Se formó como actor de la mano de grandes maestros y relacionándose con textos clásicos. Pisó la escena independiente, se hizo “desde abajo” y con todos los prejuicios que, a comienzos de la década del setenta, impregnaba a los “actores serios”, alejados de las rimbombancias del circuito comercial.
-En sus comienzos, en la Asociación Argentina de Actores se cruzó con Nora Cárpena, una actriz ya muy popular, y usted manifestó cierto prurito ante la posibilidad que sus compañeros y colegas de entonces lo vieran relacionarse con alguien que formaba parte de otro ecosistema artístico.
-Así fue. Nos cruzamos y me comentó que me había visto en una obra en el Teatro Payró. Me preguntó si estaba “laburando”. Le respondí que sí, de manera casí sobreactuada, y ella, rápida de reflejos, me subió la apuesta, “te pregunto si ganás dinero, tenés una familia que mantener”. Cuando le respondí que no vivía de mi profesión, me dijo que la fuera a ver al día siguiente a Canal 9. Allí le dijo a (Alejandro) Romay “él tiene que empezar a trabajar ya”.
-Gran gesto.
-Fue mi primer contrato. Hacía de un almacenero en uno de sus programas, mientras estudiaba y daba clases en el estudio de Agustín Alezzo. Tuve la gran posibilidad, aunque, en ese tiempo, los circuitos no se cruzaban y era mal visto que un actor intelectual fuera masivo y los artistas populares renegaban de los que tenían “vicios” de la Academia. Yo hacía Chéjov, Moliere, pero me encantaba también estar en la televisión.
-Esa mezcla es muy productiva.
-De una riqueza increíble. Entendí que mi profesión podía tener dos colores distintos, pero apuntar a lo mismo y, ahora que lo digo, siento que podría ser un pensamiento de Sarmiento.

Así como Nora Cárpena le abrió una gran puerta, un consejo de su maestro Agustín Alezzo lo marcó definitoriamente: “La segunda vez que llegué tarde a un ensayo de la obra Nuestro pueblo, que él dirigía, me preguntó las razones de la tardanza. Le respondí que tenía un hijo y que debía trabajar en cualquier cosa para sobrevivir, entonces, me ofreció dar clases en su estudio".
-Los gestos de Agustín Alezzo y Nora Cárpena dan a entender que veían un potencial en usted.
-Y me impulsaron a dedicarme a esto, a pesar de los momentos económicos duros que podía transitar.
Fue Cyrano y Don Juan, y también Héctor Melchor Panigassi, ese campechano personaje de la tira Gasoleros, que lograba picos inusitados de audiencia. “Mi forma de actuar estaba mezclada con la cosa barrial de Panigassi, fui en busca de la filosofía del barrio y la mezclé con Shakespeare y Moliere”.
-Invocamos presencias. Aparece Panigassi, ¿qué le dice?
-Nos damos un abrazo, pero él no va a venir, está dentro mío.
-Y le dirá “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”, su frase existencial para explicarse los hechos de la vida cotidiana.
-Son textos que yo le ponía al personaje, los tomaba de mi viejo que se justificaba cuando tomaba fernet de la botella. Tenía que ver con la filosofía popular. Hacer Gasoleros fue una hermosa oportunidad que me dio Adrián Suar.
-Filosofía popular tan valiosa como hacer a Henrik Ibsen.
-Ahí es donde yo me paro. Somos un yin y yan, tenemos todo.
-¿Cómo se lleva con la exposición pública?
-Soy un gran agradecido, incluso agradecido a mí mismo que me jugué por lo que quería.
Nacido en Barracas, hoy su regreso al barrio es algo doloroso. “Ya no está mi casa, se la llevó la autopista. Cuando hicieron esa traza, demolieron nuestra casa de la calle Olavarría, tiraron toda la cuadra, solo sobrevivió la esquina”.
-Una postal dolorosa e inusual.
-No están las casas de los vecinos ni las de mis amigos.
Si ya no quedan vestigios del inmueble, en el proceso de demolición la postal que devolvía el lugar lograba movilizar y conmover a Leyrado: “Cuando pasaba, veía cómo la tiraban abajo y quedaban expuestas al público las paredes de los ambientes, el marco de la foto que ya no estaba colgando de un clavo, era como estar desnudo frente al barrio”.
-Nada sencillo de procesar.
-Me preguntaba “¿habré tenido casa?”, porque no quedó nada, ni siquiera se construyó un edificio, por allí sólo pasa una autopista.
Menciona a la pizzería Los campeones, como un vestigio aún vívido de ese barrio que mutó en busca de un progreso forzado e impostado. Se emociona y entusiasma al repasar su rincón en el mundo, como si se tratase de construir su propia versión de Recuerdos de provincia, otro de los textos fundamentales de Domingo Faustino Sarmiento.
De aquellos tiempos de infancia en su Barracas natal también recuerda sensaciones dolorosas que le fueron conformando su personalidad: “Algo me pasaba, no lo tenía claro y no lo podía decir”.
-¿Qué le sucedía?
-Era un gran soñador y un jugador en soledad. Si bien jugaba a la pelota, en la mitad del partido, me ponía a joder.
En esa época iniciática, el arte era un concepto algo esquivo en el ecosistema familiar: “La primera vez que fui al teatro fue para trabajar, pero era fanático del cine, iba solo y me veía hasta tres películas. Imaginaba ese mundo y, cuando jugaba, me miraba desde arriba. Todo eso no se lo podía decir a mi mamá, porque me hubiera internado. Tampoco yo entendía qué me sucedía con ese mundo tan particular que me había creado. No decía ´quiero ser actor, lo pude comprender a través de la terapia, que sigo haciendo hasta el día de hoy”.
Esa característica de joven soñador lo diferenciaba del resto de sus amigos, “algo que no me hacía del todo feliz”. Aquel niño que husmeaba en mundos diferentes, que imaginaba otras realidades y que se separaba del resto, en medio de ese sufrimiento por percibirse “distinto”, fue encontrando el rumbo: “Lo hice solito, con el análisis desde mis veinte años. Antes sufría, me dolía, porque me sentía muy aislado”.
-¿Le costaba relacionarse afectivamente?
-Iba a bailar porque había que ir a bailar y salir, pero era muy tímido. Cuando entre tema y tema se hacía un silencio, el tiempo en que la púa pasaba por la ranura de los discos, me moría, no sabía qué decir, no era un gran levantador de “minas”.
Sin embargo, se puso de novio y se casó. El padre de María, su esposa de toda la vida, y madre de sus hijos, fue Mario Lozano, reconocido actor y expresidente de la Asociación Argentina de Actores.
“Proyectos”, vuelve a remarcar con un tono pausado que invita a la charla escindida del bullicio de la Calle Corrientes a la hora del mediodía.
-Entonces, ¿de proyectos está hecha la matriz de la vida?
-Nunca hay que abandonarlos, es lo que pienso, no es una regla. Hay muchas otras cosas que ayudan al ejercicio de la edad.
-La muerte no es necesariamente física y también puede pensarse como la anulación de expectativas.
-Hay gente muerta en vida. Además, en un mundo como el que vivimos, es fundamental tener un proyecto propio, más allá que se realice o no. Pareciera ser que hoy hay que seguir los proyectos de otros y, a mi juicio, muchos de ellos están locos. ¿Por qué no se baten a duelo? ¿Por qué envían a otras personas a sus ejércitos? Además, lo hacen con un dinero que no es propio. Es una locura que tomemos eso como algo normal. No nos damos cuenta que la tierra es nuestra, de todos, pero la gente muere por las guerras.
Y sus circunstancias
A lo largo de la entrevista se pensará a sí mismo, pero siempre asociándose a un contexto. Sus referencias a la realidad del mundo, con una acertada mirada crítica, atraviesan sus reflexiones. Podría decirse que pone de relevancia aquella condición sine qua non de todo ser humano como un eslabón dentro de un todo social.
“Por eso aparece la necesidad de generar proyectos, pero, por supuesto, una posibilidad para aquellos que podemos sentarnos a pensarlos. Una gran mayoría no puede”.
-Esa mayoría tiene otras urgencias insoslayables para la subsistencia.
-Para esa gente, el proyecto es poder vivir, que sus hijos coman, que se puedan pagar los remedios. Cambió el orden mundial.
-No necesariamente para bien.
-Hay otra forma de pensar, tanto lo ideológico como lo político, incluso a lo tecnológico. Hay que crear nuevas cosas, pero, lo que veo como “nuevo”, y me atrevo a ponerlo entre comillas, no me entusiasma.
-En una entrevista que le realizó Gabriel Corrado en la Televisión Pública, se refirió al potencial humano y técnico con que cuenta ese canal y la paradoja que no produzca ficción. Recibió una ovación al aire de parte de todo el equipo que se encontraba detrás de cámara.
-Los espectadores y los televidentes lo aplauden a uno, pero detrás hay mucha gente trabajando. Teatro, cine y televisión son hechos culturales que le sirven al país en más de un sentido, fundamentalmente en la educación y en la proyección de mostrarnos al mundo. No sé cómo se le quita importancia a eso. Incluso, en su momento, hasta Estados Unidos lo hizo, donde en todas las películas aparecía su bandera. Se necesitan ganas y conocimiento, porque, seguramente, la ignorancia de algunos lleva a un desconocimiento de las cosas importantes.
-Hay un rol fundamental que debería cumplir el canal público en defensa y promoción de la ficción nacional, pero tampoco en las señales privadas hay intención de revertir esta anomia. Se argumenta la falta de recursos, pero un programa como Situación límite, de innegable valía artística, se realizaba bajo el formato de la “cámara negra” y sin secuencias en exteriores, con lo cual su costo de realización no era elevado.
-Es una cuestión de ignorancia, prefiero llamarlo así. La gente que está en el área de Cultura debería ser conocedora de esta industria.
Lleva anteojos cuyo armazón va en sintonía con la paleta de colores de parte de su vestuario. Cuando se le remarca el detalle, trata de pasarlo por alto. No busca hacer foco en su coquetería, pero le agrada que se le diga que aparenta menos edad que los 73 años que indican su calendario. Posiblemente, su lozanía sea un espejo de una vida caminada de la mano de esos proyectos que acunó y acunará.
Revisionismo
-Siempre es conveniente contextualizar para poder emitir opinión sobre los hechos de la historia, que nunca son aislados, sino que forman parte de un todo.
-Sarmiento murió hace 137 años y fue el que dijo la brutalidad de “no hay que ahorrar sangre de gaucho”.
-Expresado en una carta dirigida a Bartolomé Mitre.
-Y también le escribió otras cartas de tono opositor. Él desarrolló una ideología, pero, creo que lo que más le interesaba era ser el Shakespeare de América, entonces escribía como los dioses. Cuando uno lee y lo comienza a investigar, se da cuenta de por qué reacciona políticamente ante determinadas cosas.
-Fuera del bronce escolar, un hombre con una debilidad por las mujeres.
-Muy mujeriego y con un gran egocentrismo.
-¿Qué pesa más, su empatía o su alejamiento en torno al imaginario ideológico del prócer?
-Tengo mis pensamientos, no siempre estoy de acuerdo con él, pero tuvo un proyecto de educación, una idea en torno al desarrollo de los ferrocarriles, y lo hizo en un escenario de guerra donde Juan Manuel de Rosas también hacía lo suyo.
-Fue discutida su “importación” de maestras estadounidenses.
-Yo también lo discutía cuando no sabía, pero, al comenzar a leer, me pregunté qué había que hacer si se quería construir una educación sólida.
-¿Qué se respondió?
-Que había que apelar a lo mejor, qué importancia tenía que fueran de Estados Unidos o de China.
-¿Le cambió su mirada sobre Sarmiento?
-No sé si me cambió tanto, vi lo que no había visto.
-En la versión de Un enemigo del pueblo que usted protagonizó, con dirección de Lisandro Fiks, se rompía la “cuarta pared” adrede y los espectadores participaban. ¿Piensa que puede suceder algo similar con Sarmiento sin proponérselo? ¿Imagina a la gente interpelando al personaje?
-No me da miedo, el teatro es la interpelación con el público. Además, en este caso, se trata de una clase de un Sarmiento llegado del descanso eterno, vestido de época, pero para hablarle a la gente de hoy.
-¿Quién le gustaría que regrese del “descanso eterno” para hablarle?
-Se mezclan muchas cosas. Aparecen todas las personas que no están. Mis padres, amigos, Agustín Alezzo, quien me gustaría que me viera en un ensayo de Sarmiento, la clase.
Allí va, nuevamente al escenario para desandar su monólogo. “Leí tanto que me siento tomado por Sarmiento”. Se ríe. Pero no se resiste. “Gloria y loor” para el prócer. Y para el actor.
Para agendar.
Sarmiento, la clase. Sábados a las 22 (abril), sábados a las 22 y viernes a las 20 (mayo), Centro Cultural de la Cooperación (Av. Corrientes 1543)
Más notas de Entrevistas
"Nunca corté mi relación con el país". Emiliano Brancciari: su niñez en Buenos Aires, sus primeros años en Montevideo, la banda de su vida y la timidez que superó
"Es el amor de mi vida". Franco Poggio, de GH: de su infancia en San Juan a la difícil etapa que atravesó y el comienzo de un inesperado romance
1Elizabeth Hurley causó revuelo en las redes con una sensual foto
2Los videos del accidente de Barby Franco y el descargo de su pareja Fernando Burlando
3Barby Franco estuvo involucrada en un accidente de tránsito a bordo de un Tesla en Ruta 3
4Propofol: la droga que estuvo en el centro de la escena del histórico juicio por la muerte de Michael Jackson





