Mientras descansa en Pinamar con su mujer, Florencia Cardarelli, y sus hijos, presenta a Camilo, el bebé de cinco meses
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La ansiedad pudo más y, ni bien Carlos José "Bebe" Contepomi (44) descubre el auto del equipo de ¡Hola! Argentina estacionando en la entrada de su casa, abre la puerta y sale al encuentro para dar un cálido saludo de bienvenida. Tras él, sus hijos Elena (5) y Vicente (3), vestidos para la ocasión. Se lo ve contento. "Es la primera vez que no tengo que sacarme fotos en la playa, algo que me aburre mucho y siempre me piden. Así que me encanta que vengan a mi casa", dice mientras recibe de brazos de su mujer, Florencia Cardarelli (30), al pequeño Camilo, de cinco meses. El periodista elige Pinamar, un lugar que le permite combinar vacaciones y trabajo.
–¿Te gusta ir a la playa?
–No soy amante del mar ni de la arena, pero sí soy fan de mis hijos, y como a ellos les gusta el programa de ir a la playa, yo me sumo. El otro día, por ejemplo, la descubrí a Elenita hablándole al mar y me dio una ternura inexplicable… Esas son las cosas que me emocionan cada vez que estoy con los chicos de vacaciones. Eso sí, todavía no lograron que me meta al agua. Creo que hace 35 días que estoy en Pinamar y nunca desafié las olas. Soy muy friolento y, de hecho, tampoco me baño en la pileta.

–¿En qué características de tus hijos te ves reflejado?
–Sin duda, mis chicos tienen esa energía arrolladora que tenemos mis hermanos y yo. Son muy enérgicos y de ir siempre para adelante. Elena, además, heredó el buen humor de mi familia, que es contagioso: todo el tiempo está riéndose. Y, este verano, con Flor nos dimos cuenta de que también lleva en su sangre la torpeza [risas]. Y eso claramente lo sacó de mí. Elena tira todo, se le cae la comida y, así como ella vuelca el jugo en la mesa, yo, a los 44 años, hago lo mismo con el vino. Vicente, en cambio, es fanático de los deportes. Sé que a muchos de los chicos les gusta el deporte porque tienen padres que practican uno, pero la realidad es que yo no me pongo pantalones cortos en todo el día y jamás me ven correr. Sí me gusta ver los partidos por la tele. Vicente se sienta a mi lado y juntos seguimos los programas de tenis, golf, fútbol, básquet, lo que se te ocurra. Este año lo hice socio de Independiente, así que en algún momento lo llevaré al palco a ver un partido tranquilo. Es un genio. Cada vez que puede, me pide jugar al tenis, al fútbol… hasta quiere acompañarme a jugar al golf.
–Te tienen a las corridas...
–Y sí, me consumen mucha energía. Tal vez no sea políticamente correcto decir esto, pero mis verdaderas vacaciones surgen cuando viajo a hacer una nota a alguna banda a Nueva York. Ahí descanso en serio [risas].
–¿Cómo se vinculan con la música?
–Después de la etapa del sapo Pepe, María Elena Walsh y Violetta, Elena se volvió fanática de Tan Biónica. Y lo mismo Vicente. De repente, no para de cantar "Cuando no estás", de Andrés Calamaro. Les gustan las canciones que yo escucho.
–¿Ya los llevaste a algún recital?
–Sí, a Tan Biónica, Elenita muere de amor por Santiago "Chano" Charpentier. Cuando la llevamos y los presenté, se puso toda colorada de la emoción. Algo muy parecido nos pasó con Adrián Dárgelos, de Babasónicos. El es muy amigo de nosotros, y su hijo se lleva bien con nuestros hijos, así que viene seguido a casa. Un día compartimos un asado al mediodía, y esa noche él tocaba en Figueroa Alcorta. Los llevé a Vicente y a Elena, y quedaron flasheados. No podían creer que el tipo que había comido con ellos el choripán, el tío Adrián, era el mismo que cantaba para toda esa gente vestido con calzas y todo su look.

–Hablemos del benjamín de la familia. ¿Por qué le pusieron Camilo?
–En realidad, Camilo se iba a llamar León, hasta que en el sexto mes cambiamos de parecer. También pasó que justo Germán Paoloski anunció que su hijo se iba a llamar León; entonces lo dimos de baja. Lo más gracioso es que, cuando aún pensábamos en nuestro bebé como León, me encontré a León Gieco en un recital de Abel Pintos. Te digo, Gieco para mí es un emblema de la cultura, de la música argentina. Es un tipo único, intachable. Y entonces le dije que mi hijo se iba a llamar como él. Me abrazó, se emocionó y todo. Al final se llamó Camilo [risas]. Le pusimos así un poco por el santo Camilo de Lelis (nos convenció Juampi, mi hermano sacerdote) y otro poco por Camilo Cienfuegos.
–Así que todavía le deben el nombre a Gieco….
–Pero la "fábrica" no está cerrada, así que todavía hay esperanzas [risas].
–¿Alguna vez imaginaste que tu vida iba a ser así?
–Nunca tuve duda de que mi fin en este mundo era tener hijos. Lo supe toda la vida. Si bien fui padre de grande, creo haber cumplido con ese sueño. Esa fantasía también tenía que ver con estar rodeado de mis hijos y mis nietos. Ahora, lo que nunca me imaginé es todo lo que vino después. Además del sueño personal, soy feliz con mi profesión y con toda esa buena gente que trabaja conmigo.
–¿Qué admirás de tu mujer, Florencia?
–Me encanta que sea mucho más inteligente de lo que en verdad te hace creer. Flor observa mucho, se calla, y vos pensás que no se dio cuenta de que dejaste la ropa tirada en el piso, pero sí lo sabe. Te la deja pasar una, dos veces, y espera a que lo corrijas, hasta que reclama. Es muy pilla y también una gran madre. Te diría que es el pilar de esta familia; es tan madraza como mi vieja, a quien todos conocen como Malele.
–¿Cómo te imaginás el futuro de tus hijos?
–No me hago mucho la idea sobre eso, aunque me parecería divertido ver a Vicente jugar en Los Pumas y que la gente enseguida piense si es hijo de Felipe o Manuel y diga: "No, es del otro, del Bebe, del que tomaba whisky desde los 18 años".
Texto: Jacqueline Isola
Fotos: Juan Huerta
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