De asesina a ícono pop: el documental de Yiya Murano: el espejo incómodo de una Argentina que regresa
Un nuevo documental de Netflix reconstruye el caso desde fuentes inéditas y va más allá del relato criminal: presenta a “la envenenadora de Monserrat” como el producto de una época que hoy parece haber vuelto
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¿Es posible volver a contar la historia de Yiya Murano sin caer en la figura mediática que la propia asesina construyó? ¿Qué hay detrás de la mujer que mató a sus amigas para ocultar sus deudas en plena dictadura y que, años después, se paseó por los medios, masitas en mano, hasta convertirse en un ícono pop de los 90, mientras de las víctimas casi no se hablaba?
El nuevo documental de Netflix, Yiya Murano, Muerte a la hora del té, retoma la figura de una de las asesinas seriales más conocidas del país y propone un giro: por primera vez la reconstruye desde el expediente judicial y la voz del investigador, pero también la piensa como el exponente de una época que la sociedad creyó dejar atrás, pero cuyos rasgos hoy vuelven a imponerse. Además, les da un lugar central a las víctimas y sus historias.
Dirigida por Alejandro Hartmann y producida por Haddock Films y Vanessa Ragone —el mismo equipo responsable de El fotógrafo y el cartero: El crimen de Cabezas y Carmel: ¿Quién mató a María Marta?—, el nuevo film sobre Yiya Murano tendrá su gran estreno en el cine Gaumont este viernes en el marco del Bafici y se podrá ver a partir del 23 de abril en Netflix. En la previa a su llegada al público masivo, Hartmann y Ragone charlaron con LA NACION sobre el desafío de correrse del policial para indagar en lo que representa la historia de uno de los mitos más grandes de la historia delictiva del país.
-¿Por qué eligieron a Yiya Murano para hacer un documental?
Vanesa Ragone: -Mi acercamiento al caso tuvo que ver con dos temas. Primero me atrapó esto de convertir a una criminal que pagó una sentencia en un personaje mediático. También me interesó el concepto de la estafa piramidal en ese momento, y que lo hiciera una mujer. Tanto a mí como a Alejandro nos interesa más lo que pasa alrededor de los crímenes que los crímenes en sí. El crimen a veces es como una especie de Caballo de Troya para hablar de una época, de un momento del país.
-En el documental retratan a Yiya como una persona seductora, encantadora, algo teatral, psicótica. ¿Por qué eligieron mostrarla desde ese lugar?
Alejandro Hartmann: -Yiya tiene varias cosas que la traen hasta el hoy y que hacen que siga siendo un personaje popular. Por un lado, el hecho de matar a sus amigas, algo muy fuerte en la argentinidad que pega mucho y que es como un gran tabú. Pero por otro lado está el propio personaje que ella misma construyó, esa especie de máscara de cera que veías en las entrevistas con Chiche Gelblung en los 90. Nos intrigaba mucho entender qué había detrás de esa viejita buena pero mala, que se ríe un poco y deja entrever que mató pero a la vez dice: “Bueno, no es posible”.

-La historia de Yiya está muy trabajada: hay cientos de notas, libros de investigación, programas de televisión, una serie y hasta una obra de teatro. ¿Les resultó difícil “contar” a una mujer que la sociedad cree que conoce tanto?
Ragone: -Ese es el hermoso desafío que tiene el documental, y el género en general. Y esa profundización solo la permite un documental con investigación, con trabajo, con meses de montaje.
Hartmann: -Además, el hecho de que el personaje estuviera tan machacado nos impulsó a animarnos a algo que por ahí en otros documentales no hubiésemos hecho: representarla. Nos encontramos con un desafío. Había muy poco archivo, pocas fotos y material personal de Yiya de la época de los crímenes. En parte porque Martín [el único hijo de Yiya Murano] quemó todo en un momento de enojo, y en parte porque tiene muy poca o nula relación con el resto de su familia. Teníamos el expediente, que era muy rico, algunas fotos que aparecían ahí, pero poco material. Entonces me pareció interesante representarla de una manera muy explícita, con una actriz, e incluso darle textos. Al ser un personaje popular, me pareció que estaba habilitado mientras nos atuviéramos a los testimonios y a la investigación. Tratamos de ser muy fieles al expediente, que era súper descriptivo del personaje, desde lo físico hasta las características psicológicas.

-En el documental se destaca la presencia de Horacio Romeo, el perito que intervino en la causa. ¿Cómo fue encontrarse con ese testimonio?
Hartmann: -Sabíamos que existía pero nunca había hablado, y hubo que ir a buscarlo. Fue una sorpresa increíble porque empezamos a descubrir que gran parte de lo que estaba en el expediente lo había redactado él. Es una fuente de primera mano espectacular.
-¿Y con relación a Martín, el hijo de Yiya?
Hartmann: -A Martín lo conocíamos porque tuvo actividad pública. Cada tanto aparece en los medios, entonces sabíamos cómo era. Acercarse a él fue muy ameno, porque es una persona muy dada, le gusta la cámara, es conversador; pero a la vez carga con su historia. Fue complejo, interesante y desafiante.
Ragone: -Y creo que el que se ve es un Martín diferente: una persona atravesada por una vida muy jorobada, con mucho dolor. Le tengo mucho cariño porque siento que es un tipo que sobrevivió a experiencias muy difíciles, y el documental deja ver eso: lo muestra más frágil de lo que él suele mostrarse, pese a que es un fortachón. Logramos dar con un Martín distinto al que uno escucha en una nota corta.

-La palabra de los familiares de las víctimas es un elemento del proyecto que resulta muy novedoso. ¿Buscaron darles un lugar destacado?
Ragone: -Yiya calza perfecto en todo ese mundo televisivo y pop que es muy de los 90, porque después en los 2000 se va apagando y su vida entra en una etapa más marginal. Nadie tomaba mucha conciencia, o era parte de una especie de gracia popular. Por eso considerábamos muy necesario que los familiares de las víctimas estuvieran en el documental. Quienes hablaron en la película nos hacen dar con la realidad de que esta mujer tan divertida era una asesina, y punto. Que detrás hay muertos. Por eso tienen un lugar muy sustancial.
Hartmann: -En este caso sucede algo muy interesante: todas las víctimas conocían a Yiya. Son víctimas pero también son parientes o amigos muy cercanos, y eso le da un dramatismo tremendo, porque hay algo espeluznante en la cercanía: el asesino puede ser alguien que conocés.
-¿En algún momento tuvieron miedo de aportar a la banalización del personaje?
Ragone: -Siempre estuvo ese riesgo, pero trabajamos para alejarnos de esa banalización. Si no hubiéramos podido contar con la palabra de los familiares de las víctimas en lo que pudieran y quisieran decir, no hubiera habido proyecto. Sin ellos no tenía sentido hacer este documental.
Hartmann: -Por eso es importante relacionar el contexto y las víctimas, poder contar ese momento y dar cuenta de que Yiya, más allá de su propia locura y su perversión, fue el producto de una época. Nos pareció fundamental contar eso, en especial porque sentimos que hay mucho de esa época en el presente.

-¿Por qué decidieron incluir la voz de la periodista Candelaria Botto?
Hartmann: -Nos pareció fundamental incluirlo: usamos lo criminal, lo legal y lo policial para poder contar otras cosas. La aparición de Yiya en la tele tiene que ver con lo que pasó en los 90 en la Argentina, donde cualquiera podía tener un espacio para decir cualquier cosa y todo eso estaba normalizado. Y creo que hay paralelismos con el presente. También hay algo más que señala Candelaria: la idea aspiracional de las clases medias. La pregunta es cómo construimos ese lugar y cómo lo buscamos. Y eso es algo muy representativo de los argentinos: nos la pasamos buscando atajos y suponemos que la plata se va a producir mágicamente. Eso, tan característico del argentino, es en lo que se metió Yiya hasta el cuello y de donde trató de salir de la manera más ridícula y horrorosa posible.
Ragone: -Yo agregaría otro punto: la banalización de los monstruos en nuestro país. Cómo, en algún punto, todo nos resbala. En aquel momento pasaba y hoy vuelve a pasar, con niveles que a veces sorprenden en los medios, en lo que se dice, en cómo todo circula. Los 90 son muy específicos en ese aspecto. Después quizás tomamos cierta conciencia, pero ahora todo parece haberse liberado otra vez y cualquier cosa es posible de decir.
Hartmann: -No es casual que eso pase en los 90, en la época de los indultos, la época en la que alguien como [Antonio Domingo] Bussi llegó a ser gobernador de Tucumán. Un tipo que diez años antes había sido enjuiciado y visto como un demonio. Ahí hay una banalización real de los monstruos. Yiya es el ejemplo pop de eso, es algo que pasa en nuestra sociedad y hoy calza justo porque muchos de esos consensos que construimos durante años se rompieron. Esa es la banalización de la monstruosidad.

-¿Hay algo de Yiya que haya cambiado en la mirada de ustedes luego de hacer el documental?
Hartmann: -Pude terminar de entender la idea de que fue el producto de una época y de una sociedad, una clase media que busca seguir salvándose. La plata dulce es un gran ejemplo de eso que incluso se replica hoy: esta idea de que tenemos que seguir estando en un lugar que supuestamente nos merecemos y que la realidad nos niega. Creo que Yiya es la demostración extrema de eso. En ese sentido, eso es lo que descubrí de Yiya: detrás del crimen, algo muy nuestro.
-Además llama la atención que se convirtió en un ícono pop: tiene una estética particular y una forma de ser que trascendió generaciones. Hoy, incluso, es un meme muy utilizado.
Hartmann: -Cuando hacíamos la película decíamos: “Yiya nos gana”. Nosotros queríamos mostrarla, pero ella se nos escapaba, hacía un poco lo que quería. Porque en realidad ella quería eso: ser un ícono. Y está la idea, que las víctimas también lo sienten, de que Yiya se salió con la suya.
-Sin embargo, a partir de esa premisa, Yiya se les escapaba...
Hartmann: -Tratamos de hacer todo para contarla desde ahí, pero a la vez hay algo del propio personaje de Yiya que tiene un costado muy colorido y pop que entra en tensión: al contarla también la retroalimentás, y ahí es donde se sale con la suya. Tenía fama y la sigue teniendo. Es paradójico.

-Hace un tiempo comentaron que se sentían privilegiados por poder trabajar en proyectos en medio de una industria en crisis. ¿Cómo ven hoy el escenario?
Ragone: -Es un escenario complejo, con mucho interés por nuestro cine y contenidos audiovisuales desde el mundo y las plataformas. En ese sentido somos privilegiados por poder trabajar, incluso en más de un proyecto, aunque también es bastante azaroso. Pero estamos en un momento de crisis tremenda, con una lucha constante por la falta de fomento al audiovisual. Eso afecta a todo el sistema: el ecosistema cruje, porque necesitamos seguir trabajando, generando empleo, pensando contenidos. El cine se aprende haciendo. Si directores y directoras no pueden filmar por falta de financiamiento, todo se resiente. Y lo que está pasando a nivel institucional va en contra de un momento que podría ser de gran crecimiento para la producción argentina. Ojalá esto se revierta y se nos escuche. Se generó un problema donde no lo había, cuando en realidad estábamos en un momento de crecimiento.
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