Diego Pérez: el gesto de Maradona que no olvida, la dolorosa pérdida de sus padres en poco tiempo y su vínculo con “El jefe”
El querido actor es uno de los protagonistas de Toc Toc, la exitosa pieza que lleva quince años en cartel y actualmente se ofrece en la sala Bristol de Mar del Plata
17 minutos de lectura'

MAR DEL PLATA.- La escenografía no podía ser más exacta. Una búsqueda que dialoga entre la esencia del actor de raigambre popular con el símbolo inequívoco de esta ciudad.
Diego Pérez en La Rambla es saludado por veraneantes que se disponen a disfrutar del día sobre la arena y que, en muchos casos, comenzarán a barajar qué espectáculo disfrutarán por la noche, ese otro ritual de las vacaciones marcado a fuego en este rincón del país de características tan propias como infrecuentes en otros balnearios del mundo.
El actor es uno de los protagonistas de Toc Toc, la deliciosa pieza escrita por el actor y dramaturgo francés Laurent Baffie, cuya versión en nuestro país es dirigida por Lía Jelín.
“La risa es un tónico, un alivio, un respiro que permite apaciguar el dolor”, sostuvo Charles Chaplin.
Diego Pérez ya no solo aplica mucho de esa lógica en su rol de comediante, sino también cuando le ha tocado atravesar dolorosos momentos personales.
La terapia psicoanalítica ha sido un salvavidas cuando decidió correrse de ese lugar autoimpuesto de generar el oasis en medio del dramatismo. Un papel que ha jugado, incluso, para acompañar el dolor de su núcleo familiar. Así en la vida, como en la escena.
Desafío
“Interpreto a Camilo, quien padece aritmomanía. En la obra es el único que niega lo que tiene. De hecho, llega a la consulta con el médico obligado por su mujer, porque él, en realidad, siente que lo que hace es un hobbie”.
Toc Toc, que lleva quince años en cartel en Argentina, desembarcó este verano en el escenario del teatro Bristol marplatense.
El material encuentra a seis personas que padecen algún tipo de TOC (Trastorno obsesivo compulsivo) aguardando por la consulta con un médico psiquiatra que jamás llegará. En clave de humor, se repasa diversos diagnósticos que logran atormentar a quienes los poseen y modificar drásticamente su vida cotidiana.
“Mi personaje cuenta las baldosas de una vereda, los libros de una biblioteca, los cuadros colgados en un living. No lo puede controlar, lo hace compulsivamente, por eso se le transformó en un TOC, va más allá de una manía, que todos tenemos, para dominar su vida, convirtiéndose en algo que ya le resulta insostenible”.
En el bar de La Rambla le sirven el café con leche y el actor hace un testeo previo: “Tengo 61 años, soy tradicional, ahora hay una moda sibarita de servirlo tibio, pero a mí me gusta caliente”. La poción cumplió con su estándar térmico.
Es hora de desayunar mientras conversa con LA NACION antes de refugiarse en un toldo de playa durante todo el día.
-¿Te cruzaste con personas que padecen lo mismo que tu personaje?
-Sí. Recuerdo a una chica que se me acercó y me dijo: “No podía dejar de contar todo, pero, gracias a un tratamiento, pude exorcizar lo que me pasaba y ahora soy CEO de una multinacional”. Hoy gana una fortuna gracias a su inteligencia para los números.
-Sin embargo, no siempre la ecuación se resuelve así...
-El Síndrome de Tourette, que también se muestra en la obra y consiste en no poder dejar de realizar determinados movimientos, es el único que no se cura, pero se puede tratar. Mauricio Dayub, que hacía ese personaje, ayuda en una fundación especializada en el tema.
Uno de los personajes insulta sin poder detenerse, otro debe verificar decenas de veces si apagó las luces y cerró las perillas de gas de su casa; una mujer no puede dejar de limpiar todo aquello que roza, está quien repite la última frase de lo que dice otra persona y quien debe observar todo en simetría, negándose a pisar rayas y dobleces. A partir de una estructura de humor, no deja de tener un trasfondo duro que espeja a millones de personas.
-La visibilidad desde la ficción puede ayudar mucho.
-Colabora a que mucha gente tome conciencia al tipo de padecimiento que tiene.
-Lía Jelín, directora de Toc Toc, tiene fama de exigente y extremadamente rigurosa. ¿Cómo es tu experiencia trabajando bajo su mirada?
-Nos “compramos” de entrada. Se enojó mucho cuando le dije que era la versión femenina de (Norman) Briski, pero él es un libro abierto del teatro y ella es igual.
“Preparé la obra en seis días. La primera vez que me encontré con Lía (Jelín) fue en su casa, llena de libros; jamás se sentó, de pie, me fue contando la obra y cómo era cada uno de los personajes. Una maestra. He ido a comer con ella, sólo para escucharla a hablar sobre teatro. Tiene una sabiduría extraordinaria. Lo mismo me sucede con (Carlos) Rottemberg, tomaría café con él todos los días para poder escucharlo".
-¿Cómo se dio tu ingreso a la compañía?
-Un domingo al mediodía, mientras almorzaba con mi mujer y mis chicos, me sonó el teléfono y era Carlos Rottemberg. No podía no atenderlo, era Rottemberg. Con mucha formalidad, como habla él, me explicó que Miguel Ángel Rodríguez, mi amigo, se bajaba de Toc Toc, porque tenía un compromiso en Uruguay.
-¿Aceptaste rápidamente?
-En el momento, (Carlos) Rottemberg me quería hablar sobre el porcentaje que me tocaba, pero eso no me interesaba. “No me contés nada, la quiero hacer, porque me estás ofreciendo la obra y el personaje que siempre quise hacer”.
Una semana después debía debutar. Un “toro”, como se dice en la jerga artística cuando no hay demasiado tiempo para elaborar un personaje.
“Estrené un 16 de julio, dos meses exactos después del fallecimiento de mi mamá. Cuando Carlos (Rottemberg) me confirmó la fecha, no se lo dije a él, pero, interiormente pensé: ´mi vieja me va a ayudar´”.
-Te ayudó.
-Me ayudó.
El actor comienza a llorar recordando a su madre. Las pérdidas de sus padres se dieron con muy poca diferencia de tiempo. Un duro revés que lo llevó a pensar la vida de una manera diferente. Hoy, con casi 62 años, mira hacia atrás y no puede dejar de emocionarse.
Duelos
“Mis padres murieron con tres meses de diferencia. Cuando mi vieja se fue, mi papá, que tenía demencia senil, cayó rápidamente”.
Durante la pandemia, sus padres compartieron internación. “No fallecieron por Covid, pero sí por efectos colaterales”.
-¿Por qué?
-Mis viejos vivían en una casa con un patio adelante y otro atrás. Cuando nos encerraron a todos, que era obvio que había que hacerlo, todos teníamos pánico. Ellos ya eran gente grande y veían noticieros todo el día, estaban al tanto de los contagios y de las muertes.
-Para buena parte de la población, esas estadísticas se habían convertido casi en un TOC.
-Les pedía que no miraran tanto ese tipo de programas, que buscaran películas, pero no sabían ponerse Netflix solos y yo no los podía ayudar, los veía a través de un ventanal y les pasaba comida y medicamentos por la ventana. Antes de la pandemia salían solos a caminar, como dejaron de hacerlo, las piernitas se les debilitaron.
La caída de su madre, con la consecuente rotura del fémur, fue diezmando su salud. Su padre, afeitándose, también se cayó, rompiéndose la mandíbula debido al golpe.
“Siempre le agradeceré al sanatorio Güemes por cómo los atendieron. No pudieron compartir habitación debido al Covid, así que me quedaba con ellos por separado. Cuando visitaba a mi mamá, me preguntaba por mi viejo. ”¿Papá se fue?“, me preguntaba. Para que me creyera que estaba vivo, compraba el diario, se lo ponía en las manos a mi viejo y le grababa un video”.
Con ese “documento” en su celular, llegaba a la habitación de su madre y le mostraba la grabación reciente. “Ahí se convencía de que mi papá estaba vivo”.
Nuevamente comienza a llorar. Justamente él, que hizo de la risa un arte, conmueve verlo desconsolado ante el relato de los recuerdos que lo atraviesan.
También en ese llanto emerge la satisfacción de haberlo hecho todo y más. “Mi mamá amaba tanto a mi viejo que me llegó a decir: ´si me voy antes, no lo lleves a mi velorio, no quiero que me vea en un cajón´. Un acto de amor. Estuvieron 57 años juntos”. Su madre falleció antes que su padre y, el actor y su hermana, cumplieron con su pedido final.
“Como mi vieja no volvía, una vez mi papá me preguntó: ´mamá se fue, ¿no?´”. Una terapeuta de confianza le dijo: “no retengas a tu padre si se quiere ir, si se queda será peor el desenlace. Papá dejó de comer, así que con mi hermana comenzamos a despedirlo”.
-Quería acompañar a tu mamá.
-Con mi hermana teníamos muy claro eso, así que le comenzamos a manifestar lo buen padre que había sido y que lo íbamos a recordar con todo el amor del mundo. Papá nos agarraba fuerte de las manos, no me olvido más ese cuadro. Un 21 de septiembre se fue.
Corría 2021, el mundo se iba despidiendo de la pandemia atroz y Diego Pérez y su hermana, de esos padres amorosos que partieron con tres meses de diferencia. A pesar del dolor, aquella noche de duelo el actor hizo su función de Toc Toc.
-¿Cómo fue esa función?
-Mis compañeros son increíbles, esta gente es un sol. Me abrazaron, me contuvieron.
Se refiere a Ernesto Claudio, Natacha Córdoba, Diego Freigedo, Gabriela Grinblat, Gabriela Licht y Mora Lestingi, los actores con los que comparte escenario y, ahora, la vida de playa.
Profundamente conmovido, Pérez recuerda: “Mi viejo tenía carnicería y, en pleno invierno, aunque tuviera pulmonía, se ponía una bufanda, abría las heladeras y bajaba la media res. Yo lo ayudaba. No faltó nunca a su carnicería. Entonces, el mejor homenaje que le podía hacer a un hombre trabajador y honesto, era ir a trabajar al teatro, a hacer lo que amo, porque a él no le gustaba la carnicería, lo hacía a su pesar, porque le tenía que dar de comer a la familia. Nunca nos faltó nada, pero jamás nos sobró”.
Una pausa reparadora y conveniente. Sorbo de café. Una compañera de elenco llega y lo saluda. El comediante de sonrisa campechana se recupera. Y su interlocutor también.

“Mis viejos no habían terminado el secundario, porque tuvieron que salir a laburar”, cuenta el actor, casado desde hace casi tres décadas, padre de dos hijos y fanático de Platense. En su haber lleva protagonizadas un sinfín de obras como Extraña pareja, Taxi, Taxi 2, Los Grimaldi y Rumores, entre tantas otras, y que también se ha probado, en reiteradas oportunidades, como conductor televisivo.
-¿Cómo reaccionaron tus padres cuando les manifestaste que querías seguir una carrera artística?
-Me pidieron que terminara el secundario, fue la única condición. Ya en el colegio demostré mi vocación, me postulaba para actuar en todos los actos, donde representé a todos los próceres, de Belgrano a Larrea. Mi vieja me armaba la levita con papel crepé. Por eso, para mí, el teatro es jugar a ser otro.
De niño, era exigente en torno a su debilidad por la escena. Cada día su madre debía vestirlo con los atuendos de un personaje diferente. Si el lunes era Batman, el martes podía ser un cowboy del Lejano Oeste y, desde ya, varias veces por semana, la camiseta de Platense emulando a los jugadores del club de sus amores.
Así transcurrió su infancia en San Martín, la localidad donde se crio y donde también pasó su adolescencia y primera juventud. Los Pérez vivían en una “casa chorizo”: “Yo le digo ´casa Polka´, donde tenía que pasar por la pieza de mis viejos para poder entrar a la mía”.
En ese tiempo lo llamaban por su primer nombre, “Fernando”, pero como había otro chico de la cuadra que se llamaba igual, decidió comenzar a utilizar “Diego”, su segundo nombre.

Para ganarse la vida y costearse los cursos de teatro, sus primeros trabajos los realizó en su barriada pegada a la ciudad de Buenos Aires, como boletero de la estación y hasta abriendo un pequeño kiosco y librería con un socio amigo.
-Nunca aprendiste a sacar fotocopias.
-¿Cómo sabés eso?
-¿Era muy complejo?
-Nunca pude hacerlo, no me salía, entonces, cuando me venían a pedir que fotocopiara libros, decía que no andaba la máquina y postergaba el trabajo para que lo hiciera mi socio, un querido amigo. Me decía: “no sabés cómo camina el tema de las fotocopias, no paran de traerme libros”.
La primera vez que recuerda haber ido a un teatro con su familia fue una verdadera revelación: “Nos sentaron en un palco para ver El violinista en el tejado, con Raúl Rossi. Vi la obra de pie, fascinado, no podía dejar de aplaudir”.
Su otra vocación siempre fue el fútbol: “No tenía tantas condiciones, pero, cada verano, sigo jugando con mis amigos de Mar del Plata y, en Buenos Aires, lo hago dos veces por semana”.
Accesible
Diego Pérez se formó con sus maestros Agustín Alezzo, Norman Briski, Lito Cruz y Carlos Moreno y transitó, en los inicios de su carrera, unos cuantos textos clásicos. Esos que llevan la etiqueta de “prestigiosos” y que validan a la profesión desde el prisma más conservador.
Sin embargo, su carrera dio un vuelco hacia el humor y la comedia, convirtiéndose en una figura muy cercana para la gente. Su trabajo en VideoMatch, el programa de Marcelo Tinelli, lo ubicó en un pedestal de notable popularidad.
-Todo artista desea que el público empatice con él.
-Siento ese cariño de la gente, pero también me sucede con mis colegas. Más de una vez, algún productor me dijo que, al mencionar mi nombre, el resto del elenco se puso contento con mi incorporación a ese proyecto. Es un premio bárbaro. Te pueden dar todos los galardones, pero si no te quiere la gente, no tiene ningún sentido. El amor del público se nos da mucho a los que hacemos reír. Es un don que viene de naturaleza, que se puede perfeccionar o no. Ser un actor popular es lo más hermoso que te puede pasar. No hay que renegar del lugar donde te pone el público. Muchos actores populares quieren ser prestigiosos y los prestigiosos buscan ser populares, pero no siempre te sale.
-De todos modos, hay un malentendido en torno a lo prestigioso.
-El prestigio te lo ganás haciendo bien tu trabajo y siendo buena persona. Los grandes premios se los llevan los actores prestigiosos, pero en el corazón de la gente están los populares. La gente se acuerda qué estaba haciendo cuando murió el “Negro” Olmedo. En Corrientes y Uruguay está el monumento con las figuras de (Alberto) Olmedo y (Javier) Portales; el de Carlitos Balá lo pusieron en una pizzería de Chacarita; en otro lugar se puede ver a (Jorge) Porcel haciendo el personaje de “Don Mateo” y también la ciudad homenajeó al “Cala” (Juan Carlos Calabró).

Pensando en estas cuestiones, con una gran conciencia de la realidad y de los engranajes que, muchas veces, se mueven en determinados espacios, reconoce: “Si no me llaman para hacer un (Antón) Chejov, no me voy a morir, pero me gustaría que de un lugar como el Teatro San Martín me convocaran para hacer clásicos como El viejo Hucha o Jettatore, eso me encantaría. También me interesaría hacer Justo en lo mejor de mi vida, obra que ya tuve la oportunidad de interpretar dirigido por Beto Brandoni”.
Agradecido
-¿Qué significa Marcelo Tinelli en tu vida?
-Venía de hacer bolos en televisión, en programas como Los Benvenuto, Mi cuñado, Brigada Cola, Más allá del horizonte y El agujerito si fin. En una oportunidad, me llamó Julián Weich para preguntarme si me animaba a hacer el casting de unas cámaras ocultas para el programa de (Marcelo) Tinelli.
En esa época no existían los teléfonos celulares, así que su madre le dejaba anotados los mensajes que llegaban al teléfono de línea: “Como tampoco se usaban los imanes en las heladeras, mi vieja, cuando recibía una llamada, anotaba en un papel y lo pegaba en el botón del inodoro, así, cuando yo volvía a la noche de las clases de (Agustín) Alezzo, podía leer el mensaje”.
Aquella madrugada, la misiva no decía “Pagar Segba”, un clásico. “Estaba el mensaje de Julián Weich para que viera a un tal Chato Prada, que era el productor de los programas”.
-¿Ya existía VideoMatch?
-Sí. En 1993 ya había comenzado a ofrecer humor, junto con los contenidos deportivos, y le había ido muy bien.
Diego Pérez ingresó en la temporada 1994 a formar las huestes de ese tanque de Telefe. “Fueron seis años maravillosos. Hasta ese momento, yo solo conocía Mar del Plata, Miramar y Bariloche, gracias a que mis viejos me pagaron como pudieron el viaje de egresados. De repente, me encontré ganando bien, comprándome mi primer departamento y cambiando mi Dodge 1500 ‘hecho percha´ por un auto cero kilómetro. Pasé a conocer el mundo y a los personajes de la época, como Diego Maradona, Michael Jordan, Kevin Costner, Roberto Benigni y a la (Maria Grazia) Cucinotta, que me deslumbraba. Todo eso gracias a Marcelo (Tinelli)”.
El sketch más conocido que hizo en el formato de Marcelo Tinelli fue “El insoportable”, donde hacía tándem con José María Listorti. Se trataba de “entrevistas” donde Pérez lograba atormentar y sacar de las casillas a las celebridades -de primerísimo nivel- que les tocaba abordar.
“¿Qué querés que te diga de (Marcelo) Tinelli? Conmigo se portó como un rey, junto con Julián Weich, que lo es de otra manera, es mi padrino artístico”.
-Actualmente, ¿tenés trato con Marcelo Tinelli?
-Sí, cada tanto hablo con él, le cuento qué estoy haciendo, le brindo mi apoyo. Sabe cuánto lo quiero y él me quiere mucho también. Fue un excelente jefe. Sacaba lo mejor de vos y te daba mucho.
-¿Era muy exigente?
-Muy exigente. Hacíamos hasta tres “Insoportables” por día para que saliera al aire el mejor. Nos movíamos por la ciudad como una “patrulla del humor”, de Wanda Nara al “Burrito” Ortega.
-Tenían que estar muy informados para poder abordar esa diversidad de figuras y conocer su actualidad.
-Siempre me gustó leer los diarios, estar al día con todo lo que pasa. Aún leo el diario en papel, el olor de la tinta no tiene igual. En algunas cosas no me quiero aggiornar.
-¿Alguna anécdota en torno a las celebridades que conociste?
-Cuando mi viejo cerró su carnicería entró en una profunda depresión. En esa época, le fui a hacer un “insoportable” a (Diego) Maradona en las piletas Coconor, donde iba a jugar un partido con amigos. Cuando lo vi, le dije: “Diego, vos y Carlos Gardel son los ídolos de mi viejo, ¿no le darías unas palabras de aliento?”.
-¿Qué te respondió?
-“Llamalo ya”. Agarró el teléfono y se fue a hablar tranquilo con mi papá. Cuando cortó, me dijo “cuídalo mucho”. Al año, lo llamé nuevamente para hacer otro “insoportable”. “¿Qué hacés, Gordillo?”, me dijo, en alusión al jugador de River. “El jefe quiere hacer una cámara de El insoportable con vos”. Y al toque me respondió, “después lo arreglamos, pero ante decime, ¿tu viejo anda mejor?”. Un año en la vida de Diego Maradona eran como treinta de una persona común, sin embargo, se acordó de mi viejo.
Diego Pérez siempre se refirió a Marcelo Tinelli como “El jefe”. Respeto, admiración y cariño. Pero también una clara conciencia de roles y estatus.
-No todo el mundo es agradecido hacia la figura de Marcelo Tinelli.
- Se portó muy bien conmigo, me dio mucho. ¿Cómo no le voy a estar agradecido?
Toc Toc. De martes a domingos a las 21.15. Teatro Bristol, Santa Fe 1751, Mar del Plata
- 1
De Betiana Blum en Calle Corrientes a Graciela Borges en Mar del Plata, los famosos disfrutan del teatro veraniego
2Mirtha Legrand, a solas: qué la emociona del público, cómo ve al país y su secreto para estar activa con casi 99 años
- 3
La actriz que sufría frente a las cámaras, huyó de Hollywood y fue docente de una estrella de la actualidad
4Julieta Ortega habló de la recuperación de Palito y reaccionó, contundente, a una pregunta directa de Mirtha




