Gonzalo Heredia: de la guerra de los egos de los actores a su relación con Brenda Gandini y su cambio de perfil
El actor acaba de estrenar El estado de la unión, material de Nick Hornby sobre los vínculos de pareja, donde comparte nuevamente el escenario con Eleonora Wexler
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Actúa. Y por ese rol alcanzó el estatus de figura popular, pero Gonzalo Heredia también es un escritor persistente en su afán. Y no le va nada mal. Y, sobre todo, y acaso lo que mejor lo define es su condición de lector consecuente, incansable. Posiblemente, este rol ejercido en la soledad sostiene a los demás, incluso al del actor.
El viernes estrenó El estado de la unión, material escrito por el dramaturgo británico Nick Hornby —también autor de Alta fidelidad— en el que comparte la escena del Teatro Picadero con Eleonora Wexler, bajo la dirección de Andrea Garrote y producción general de Sebastián Blutrach.
-Sos un personaje particular.
-¿Yo?
-Salís de la norma.
Se sorprende ante la aseveración. Lo cierto es que Gonzalo Heredia se desdobla en varios alter ego. Y todos conviven con armonía. De hecho, en la pieza que acaba de estrenar, se encargó —junto con la directora— de la adaptación del material antes de calzarse las ropas de intérprete.
“Es la historia de una pareja con hijos, que cumplió quince años de convivencia, y que comienza a hacer terapia. La obra muestra sus encuentros en un bar antes de cada sesión”, explica el actor sobre el eje de la comedia al que le pone el cuerpo.

“Se trata de pensar el paso del tiempo, los vínculos y su reconstrucción, en un mundo donde todo es más inmediato”, desliza, meditando sobre el material que lo convoca en escena, pero también sobre su papel sin ficción, el rol de padre que ejerce en la vida: “Los padres de este tiempo criamos hijos hipercomunicados”, se interpela.
-En términos generales, podría aseverarse que tu generación experimenta lo opuesto a la crianza recibida.
-Cuando era chico, se hacía lo que te decían, por eso somos bisagra, pero nadie nos enseñó cómo hacerlo.
Heredia entiende que el relato de la obra de Hornby está atravesado por el devenir del tiempo, lo cual conlleva “un trabajo del espectador, porque nada está cerrado”.
Con Eleonora Wexler hizo teatro, cine y televisión. No son pocos los proyectos que los han reunido una y otra vez. “Es la actriz con la que más trabajé, hemos transitado todo, incluso no bancarnos en el escenario”.
-Entonces...
-Hablamos sobre eso, nos reímos y volvimos a conectarnos. Cuando con una persona pasás por todos los estadíos, es genial, se gana en confianza. Por eso, ahora, estoy tan receptivo a ella.
Anteriormente, el escenario los reunió en La mentira, obra de Florian Zeller, que también se dio en la sala del Teatro Picadero. “Esta vez, la trama es más intensa y ninguno de los dos sale de escena. Es fundamental poder hacerlo con ella porque uno se da cuenta cuando el otro actor no es generoso sobre el escenario, algo que es de mucha miserabilidad”.

Su mundo privado
Su pareja es la actriz Brenda Gandini, con quien tuvo dos hijos, Eloy (14) y Alfonsina (8). Ambos comparten un estricto bajo perfil. Desde el vamos, se permitieron pensar en las cuestiones de la perdurabilidad del vínculo: “Siempre entendimos el tema de la separación como un no tabú, como posibilidad existente, pero, de hecho, es la pareja más larga de ambos, llevamos 16 años juntos”.
-Quizás por no haber manifestado un tabú en torno a la temática.
-Creo que sí, es un vínculo donde podemos hablar de todo. Brenda es quien más me conoce porque es la persona con la que más conviví en esta tierra, ni siquiera lo hice con mis padres, ya que me fui a los diecinueve años de mi casa.

Heredia tiene 44 años y si bien aún se le percibe cierto physique du rôle de aquel galán televisivo, lo cierto es que también convive con él la atmósfera de un hombre que no vive pendiente de su aspecto.
“La obra también habla del amor maduro, de lo no idílico, de lo que no es perfecto ni ciego”, remarca pensando en la ficción teatral, pero también en su propia vida. “Cuando te levantás a las seis y cinco de la mañana y te encontrás en la cocina haciendo el desayuno y la lunchera del colegio para los chicos, ahí aparece el amor; ese es el lugar donde se manifiesta”.
—¿Cómo entra en juego el erotismo y la sexualidad en una pareja extensa?
—Va cambiando de lugares. Comienza como un aspecto muy protagonista, pero luego se va acomodando y pasa a ocupar otros espacios. Puedo trazar un paralelo con una casa...
—¿Cuál es la relación?
-Hay ambientes que, en determinada época, son ocupados permanentemente y, con el paso del tiempo, eso va mutando y pasan a ser otras las dependencias que se habitan más frecuentemente.
El ego del actor
No se para en una zona de defensa del hombre seductor. Prefiere ser realista y cotidiano. Alcanzable. No fabricarse una vida para el afuera, aspiracional. Ni finge transitar una vida sexual que no es. “Desde que escribí mi primera novela, entendí que el rol de galán, incluso el de figura pública, era un traje de neopreno que había construido y que era útil al engranaje de la gran maquinaria del espectáculo, pero que me lo podía poner y sacar cuando quería”.
—No todo el mundo entiende que se puede poner y sacar ese traje ficticio.
—Me resulta llamativa la persona que queda atascada en eso y que cree que su personaje es su persona. Es maravilloso.
—¿Quizás patológico?
—Y maravilloso.
—¿Por qué?
-En el no poder quitarse la máscara aparece algo muy literario, es apasionante.
—¿Te ha tocado convivir con esa estirpe de artistas?
—Sí, claro. En este medio, el ego es necesario, quizás como en todos los trabajos, pero aquí es diferente.
—Se percibe más exacerbado.
—De pronto se ven discusiones y peleas por el lugar que ocupa el nombre de cada uno en la marquesina o si tiene comillas o no, me parece una idiotez, pero tan llamativo y gracioso que también me resulta admirable. Por otra parte, me parece que hay que reírse de uno mismo.
—Quien se sumerge en esas disquisiciones no encuentra humor allí y padece la contienda.
—Me parece alucinante lo que sucede alrededor de ese tipo de discusiones. En general, nada se habla de frente, sino a través de representantes o managers. Esos actores que pelean por un cartel se muestran cordiales; la guerra va por atrás.
—¿Lo padeciste?
—Por supuesto, y también fui parte activa hasta he sentido celos por alguna situación. Incluso me he deprimido por haber perdido un Martín Fierro, pero luego hay que socavar ese sentimiento, reírse y pensarlo, para hacer algo con todo ese material vivido.
—La frustración como construcción.
-De eso se trata, de poder hacer también desde la decepción, los celos o el dolor. Estoy muy atento y cercano a eso.
En la plataforma de streaming Blender, realizó Entre libros, cápsulas donde hurgaba en las lecturas de escritores reconocidos y, este año, en ese mismo medio, recomendará títulos. Un mundo propio. Constructo de sus deseos más profundos. Radio Cultura y Radio con vos fueron algunos de los medios donde también pudo adentrarse en la intimidad del mundo literario. “Me interesa meterme en la intimidad de la creación de los que nos cuentan historias, me gusta esa cocina”, remarca.
—¿Cómo construís?
—Justamente, estoy escribiendo un ensayo para el Fondo de Cultura Económica que se titulará, posiblemente, Persona a personaje, que habla sobre la cruza y cómo se va difuminando la línea que separa realidad y ficción.
—A veces es sumamente endeble...
—También tiene que ver con cómo la ficción te interpela en tu vida.
Construcción de la mentira
Su primera novela fue Construcción de la mentira, título que tomó de una frase de Mauricio Kartún dicha en un taller que el actor tomó con el excelso dramaturgo.
Menciona autores, títulos y personajes de los más variados. Aparece Jean-Paul Sartre y La náusea y también Samantha Schweblin y El buen mal. “A veces leo y siento que soy esos personajes, comparto dudas y no tengo respuestas certeras”.
—Hoy se piensa la escena como refugio, ante la escasa producción cinematográfica y de ficción televisiva.
-Ya no es un refugio, es una especie de balsa en el medio del mar y no se ve tierra por ningún lado, solo algunas islas muy alejadas. Genera incertidumbre, pena y tristeza. Hay un gobierno que fue por eso, pero lo que más miedo me da es lo que va a quedar en el futuro. Siempre es más fácil destruir que reconstruir. Y, por otra parte, redes sociales mediante, hay una generación que no está aprendiendo el lugar de la reconstrucción, ya que siente que todo es inmediato, incluso la belleza y la plata.
Heredia reconoce que, junto con su mujer, educan a sus hijos tratando de romper con esos parámetros imperantes: “Con Brenda (Gandini) les recalcamos que las cosas llevan tiempo y esfuerzo, y que uno debe salir a buscar aquello que tiene ganas de hacer. Los chicos hoy no saben lo que significa esperar para obtener un resultado”.
“Me construí como lector”
No terminó los estudios secundarios porque decidió salir a trabajar. Pasó tiempo colaborando en el taller mecánico de su padre, en Munro, su barriada natal. La vocación por la literatura le abrió un mundo nuevo, inesperado, insospechado. Allí fue. Dejó su hábitat natural para explorar otras zonas. Escribiendo su propio relato, que lejos de ser ficcional, fueron las páginas que irían prologando al hombre en el que se convirtió.
Si de metaforizar se trata, aquellas herramientas de su padre que eran creación y reparación le fueron simbólicas a la hora de entender su propia elaboración en función de la actividad artística, actoral y literaria.
“Me construí como lector, lo cual implicaba salir del contexto donde había vivido, del mundo que mis padres me habían mostrado con las herramientas que ellos tenían en la mano. Me hicieron creer que el mundo tenía bordes y que esos bordes eran más amplios y que había que salir a buscarlos. Por eso, el acto de leer es la libertad más absoluta. Incluso, para adquirir el pensamiento más independiente, que nadie te diga qué tenés que pensar, que no te puedan manipular”.

Lo primero que llegó a sus manos de lector neófito fue El túnel, de Ernesto Sábato. “Venía de regalo como primer volumen de una colección en un diario y apareció de casualidad. Esa historia de un femicidio me impactó, no sabía que se podía escribir algo así”. Fue una llama. “Desde ese momento, con un libro en la mano perdía la noción de tiempo y espacio, no podía dejar de leer. Es lo más parecido a una adicción, te genera abstinencia”.
—¿Qué vino después?
-Me fui dando la cabeza contra la pared, algunos textos me comenzaban a expulsar. Me planteaba “tengo que leer a Friedrich Nietzsche“, pero no sabía ni quién era, aunque lo veía en los libros usados de la librería de Munro.
-No claudicaste.
-No abandoné la lectura, la había probado.
—“Quien lo probó lo sabe”, como sostuvo Lope de Vega sobre el concepto del amor.
—Si probás la literatura, no te podés bajar más.
—¿Qué estás leyendo?
—El Nix, de Nathan Hill; estoy terminando La tercera aberración, de Flor Canosa; y estuve leyendo El que no sabe morir soy yo, de David Muchnik.
—¿Te arrepentís de no haber concluido el secundario?
—Sí.
—Nunca es tarde...
—Ya no, perdería el tiempo, preferiría involucrarme en un taller literario.
—Alguna vez dijiste que la escritura no la entendías como una acción de sanación.
—No creo que el acto de escribir sea una suerte de terapia con la que se sana. Ningún dolor se sana escribiendo, uno intenta responderse preguntas.
Para agendar
El estado de la unión. Viernes a domingos a las 20, Teatro Picadero (Pasaje Enrique Santos Discépolo 1857). Entradas desde $48.000.
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