Héctor Olivera: las películas que más disfrutó filmar, la pequeña venganza personal de Perón y el éxito infantil que desconocía
El prolífico productor y director, de 94 años, recibió un premio a la trayectoria en el Festival de Punta del Este; en diálogo con LA NACION, repasó sus títulos más recordados y se refirió al difícil presente del cine nacional
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PUNTA DEL ESTE – “En unos días voy a cumplir 95 años, y es bonito ver en el fin de la vida que no ha sido en vano aparecer en estas tierras”, expresó sobre el escenario del cine Cantegril un emocionado Héctor Olivera. Así agradecía el realizador argentino la larga ovación que el público le brindó al momento de aparecer para recoger el premio que, de manos de las autoridades de cultura de la Intendencia de Maldonado y de la cónsul argentina en el Uruguay, recibiera en reconocimiento a su trayectoria por parte del 28 Festival Internacional de Cine de Punta del Este.
“Cuando me llamaron para decirme que se había resuelto esto me sorprendió, porque hacía tiempo que no venía por acá, aunque por primera vez estuve a los 7 años, en 1938”, agregó con prodigioso recuerdo para expresar su agradecimiento a las autoridades presentes. Olivera conserva una memoria que le permite revisitar casi un siglo de historia del cine argentino, pero también reflexionar sobre su presente convulsionado, tal como lo hizo luego en charla con LA NACION.
-¿Cómo recuerda esas primeras visitas a Punta del Este?
-Enormes recuerdos. En principio venía con mi madre que trabajaba en LA NACION haciendo rotograbado de figuras del cine que después ilustraban las crónicas de Manuel Peña Rodríguez. Nos bajábamos del Vapor de la Carrera y después tomábamos un tren, que parecía un trencito eléctrico, que nos dejaba cerca de la península, que era todo lo que había, y con mi tío abuelo, que tenía curiosamente la misma edad de mi madre. Desde entonces, de tanto en tanto, hemos venido a este balneario que ahora me sorprendió de manera extraordinaria por su crecimiento.
-El inicio del sello Aries coincide con el del sistema de financiamiento del cine argentino, porque El Jefe (1958) es la primera película que tuvo un crédito del Instituto de Cine...
-Es muy curioso porque El Jefe fue la consecuencia de la creación del Instituto Nacional de Cinematografía y, además, del impuesto cinematográfico que era para la creación de films largometrajes de ficción preferentemente, y algunos documentales. El Jefe fue la primera película apoyada por el Instituto pero también de una empresa que hizo más de un centenar de películas. Jamás se nos ocurrió a su director, Fernando Ayala, y a mí que estábamos poniendo una piedra basal para el nacimiento de una empresa que tuvo el apoyo del Instituto del Cine en sus distintas administraciones. Fernando Ayala además ya era un reputado director de cine de primer nivel con películas como Ayer fue primavera y Los tallos amargos y yo tenía una labor en la industria desde los estudios Baires.

-¿Qué pasó después?
-Luego de El Jefe hicimos El Candidato; Sábado a la noche cine, y Paula Cautiva, que fue un fracaso en todo el país, salvo en el cine Gran Rex donde estuvo varias semanas. Tuvimos en un momento el apriete de la otra plata, que no era la del Instituto, y que nos costaba mucho en materia de intereses. “¿Cuál es la película más exitosa de los últimos tiempos?”, le pregunté a Fernando, y me respondió: La cigarra no es un bicho, entonces hicimos Hotel Alojamiento. Y eso abrió un camino que luego fue seguido por Luis Sandrini, las Argentinísimas, las de dos grandes cómicos -que fueron Alberto Olmedo y Jorge Porcel- significaron un enorme respaldo financiero que nos permitía explorar otras películas. Fueron quince años con treinta y seis películas con los dos cómicos o uno solo en cada caso, pero eso nos dejaba el margen para otro tipo de propuestas.
-¿Si se retira el 10% del impuesto de las entradas, puede sobrevivir el cine argentino?
-De ninguna manera. El problema es que los costos son muy altos. Debe existir una combinación de costos: apoyo oficial, financiación de terceros, estrenar en el momento preciso y con la publicidad debida. Los costos son demasiado altos. A mí me quedaron dos proyectos por hacer, dos películas de época, y tenían una posible coproducción con España. Ahora hay que hacer las películas con grandes estrellas que garanticen algo, no hay salas que, como sucedía antaño, tengan su público. Había una industria y había un comercio bien establecido. Hoy la industria es costosa y el comercio, que es la exhibición de las películas, se encuentra con ese problema.
-El streaming suma su cuota a los cambios de producción y comercialización...
-Con el proyecto de La bandolera inglesa tuve una aceptación por parte de capitales norteamericanos hace dos décadas, pero desde entonces la situación del otro socio, que es el mercado argentino, se ha empequeñecido. Hemos tenido en estos años del cine argentino como 200 películas y 2 o 3 fueron muy exitosas, llegando al millón de espectadores. Pero para Aries Cinematográfica una película que hiciera solamente un millón de espectadores no era un éxito precisamente. Con la pandemia y todos los cines cerrados, no tuvo después el retorno de los espectadores al cine y el streaming vino como consecuencia del daño que se le hizo al espectáculo. Es un momento muy difícil para el cine.
Películas con historia
Resumir la trayectoria de Héctor Olivera es una tarea titánica e imposible, considerando que comenzó a los 16 años como segundo ayudante de dirección en los Estudios Baires, lugar al que su madre lo había llevado cuando tenía 14; a los 19 ya trabajaba en la parte de producción de Artistas Argentinos Asociados y no había cumplido 30 cuando ya tenía su sello propio. Además, todas las películas cabalgan los años a caballo de impresionantes aniversarios.
En este 2026, el sello Aries cumple 70 años y La noche de los lápices, 40. También transcurre el año aniversario del cincuentenario del estreno de El Muerto, basada en el cuento de Jorge Luis Borges, quien presenció el rodaje y donde el famoso escritor uruguayo Juan Carlos Onetti colaboró en un guion que acercó a Olivera al Uruguay. “Estuvimos filmando aquí, en Uruguay, en Colonia y también en Tacuarembó. En todo momento tuvimos apoyo y eso sucedió también con Los viernes de la eternidad, con Héctor Alterio y Thelma Biral, y que se filmó también en Colonia. Y el distribuidor me contó luego que la película estuvo seis semanas en cartel”.
Sobre el aniversario de La noche de los lápices, en tanto, apunta: “Cuando leí el testimonio de Pablo Díaz sentí que este criminal hecho tenía que ser testimoniado en una película. Rodamos casi toda la película en La Plata, participaron muchos estudiantes de entonces y fue el debut de Alejo García Pintos, quien interpretó al único sobreviviente, que fue Pablo Díaz, quien por otro lado nos ayudó mucho y asistió muchas veces al rodaje. La estrenamos en septiembre de 1986 porque en ese mes fue que sucedió el real secuestro”.

En Punta del Este, acompañado por Dolores Bengolea, Olivera desafía el pulso de los años no sólo con sus recuerdos sino también con una actividad que aún lo lleva a ver películas, atender a la prensa y conversar con el público que lo reconoce y quiere sacarse una foto con él.
-Hay películas que forman parte del imaginario del espectador argentino, y La Patagonia rebelde es una de ellas.
-Fue un proyecto que surgió de enterarme de que, efectivamente, en la década del ’20 había tenido lugar un fusilamiento de obreros por parte de un coronel del Ejército Argentino que no tuvo duda alguna y ordenó ese castigo para los obreros de esa zona. Un hecho que, curiosamente, no se había tocado en el cine nacional. Lo de trabajar con Osvaldo Bayer, que fue el autor de Los vengadores de la Patagonia trágica, no fue el típico del escritor que estuvo con la Remington escribiendo y nada más.
-¿Estuvo muy involucrado Bayer en el rodaje?
-Estuvo en todos los lugares conmigo, incluso cuando fuimos a ver al gobernador Cepernic de Santa Cruz, que nos solucionó el problema que necesitábamos sesenta soldados para el rodaje y nos permitió que fueran estudiantes avanzados de la Escuela de Policía de la provincia. Soy un convencido de que las películas tienen su razón de ser en ciertos momentos. Con la película tuvimos la detención de la calificación y, años después, nos enteramos que el General Perón la había visto con su médico de turno y este hombre contó que mientras miraba la película musitaba: “Así fue, así fue”, Y en el pasillo del cine de la Quinta de Olivos, solos, le dijo: “Así fue, pero esto no se puede exhibir en este momento”.
-¿Qué razones pesaban para que Perón dijera eso?
-En la película estaba retratado el general Elbio Carlos Anaya, que era el segundo al mando de la represión a los huelguistas de la Patagonia. En ese momento su sobrino, Leandro Anaya, era comandante general del Ejército y, poco antes de mitad del año 74, Perón tuvo un altercado con este Anaya, y le pregunta a Emilio Abras, que era su Secretario de Prensa y Difusión: “¿Cómo se llamaba esa película de la Patagonia donde aparecía el tío de este Anaya?”, e inmediatamente al conocer el título Perón exclama: “¡Que se dé en todos los cines del país!”. Un día viernes me llama Abras y me dice que Perón terminó de promover su exhibición. El lunes bajaron el estreno de una película norteamericana, nos dieron el cine Trocadero y estuvo varias semanas en cartel y fue fantástico. Perón autoriza la exhibición y se muere dos semanas después, y si Perón no la autorizaba en ese momento la película no se estrenaba hasta el gobierno de Alfonsín.
-¿Cúal fue la película que más le gustó realizar?
-No creo que tenga una en especial aunque No habrá más penas ni olvido es una película que yo quiero mucho porque tiene la combinación desconcertante de comicidad provinciana del comienzo y una tragedia cívica en el final. Pero eso comparado con La Patagonia rebelde es otra cosa, también El caso Maria Soledad o, incluso las últimas que hice, como ¡Ay, Juancito! y El Mural, que tenía la apasionante historia del mural de Siqueiros con Natalio Botana. Pero, en el interín, hice películas de todo tipo. Incluso, a través de Alejandro Sessa, que era uno de los directores de Laboratorios Alex, se habla con Roger Corman y me proponen entrar en una serie de películas como servicio de producción. Era una de las Sword & Sorcery que se llamó The Warrior and the Sorceress y luego vinieron Reina Salvaje y Wizards Of The Lost Kingdom. La cuestión es que en un momento nos mandaron un director caprichoso y complicado, entonces Sessa habló con Roger y le dijo: “Mandámelo de vuelta, nos quedamos sin director”. Cuando vuelven de filmar unas tomas en Cataratas me dicen que tengo que tomar la dirección.
-Todo un desafío...
-Yo no había leído el guion, sabía de qué se trataba pero nada más. Y Sessa me dice: “Héctor, pensalo como socio de Aries, Roger no quiere problemas quiere soluciones y él sabe que sos un señor que gana premios en festivales internacionales”. Tomé la dirección y me pasó una cosa muy graciosa años después, cuando visité a Roger en su oficina en Los Ángeles. En el pasillo había placas, premios y una a Roger Corman que decía: “Al productor de Wizards Of The Lost Kingdom como el video infantil más vendido en Gran Bretaña”. Así que también tuve un éxito infantil y no lo sabía.
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