Joan Crawford: la diva que no supo amar

Joan Crawford, una de la estrellas de la época de oro de Hollywood
Joan Crawford, una de la estrellas de la época de oro de Hollywood Crédito: AP
A 40 años de su muerte, la serie Feud le devolvió estelaridad a su nombre; la gran estrella de Hollywood tuvo una vida marcada por el fracaso de sus matrimonios, el maltrato a sus hijos, la competencia feroz con sus colegas y largas jornadas sumidas en el alcohol
Pablo Damián Mascareño
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10 de mayo de 2017  • 00:08

"¿Quieres decir que durante todo este tiempo pudimos haber sido amigas?", la pregunta de Jane a Blanche en el final del film ¿Qué fue de Baby Jane? encierra una declaración filosófica que bien podría definir lo que fue la vida de Joan Crawford . La gran diva de Hollywood no se caracterizó por sembrar los vínculos amorosos ni con sus hijos, ni con sus parejas y mucho menos con sus compañeras de trabajo. Podría haber sido una figura querida, pero su modo de vida la convirtió en una estrella reconocida y, paradójicamente, odiada.

Fue la diva que no supo amar y aunque sus fanáticos le rendían, y le rinden, culto reverencial, lo cierto es que la mujer de mirada férrea hizo honor a ese rictus implacable. Hoy, se cumplen 40 años de su muerte. A los 73 se apagó su llama rígida dejando un tendal de heridos que fueron víctimas de sus malos modos, desavenencias, y destrato tal como lo refleja la flamante serie Feud de Ryan Murphy, centrada en los pormenores de la filmación de aquel emblemático film que la unió en el cartel con su archienemiga Bette Davis. Cada episodio de Feud se convierte en una comidilla para alquilar balcones. Una radiografía despiadada que desnuda los trapitos sucios de una mujer que eligió la contienda y la frialdad como patológico modo vincular. Acaso ¿Qué fue de Baby Jane? es el botón que sirve de muestra para desenmascarar a una de las figuras que más éxito tuvo en el star system internacional.

La chica de Texas

Lucille Fay Le Sueur, tal su verdadero nombre, nació en 1904 el seno de una humilde familia de San Antonio. Su madre tuvo que hacer malabares para poder mantenerla debido a que su marido la abandonó antes que naciera la pequeña Lucille. Fue gracias a su posterior matrimonio con un empresario teatral que pudo darles un mejor bienestar a su hija y hermanos.

Desde pequeña las tragedias cachetearon su vida. Uno de sus hermanos falleció muy joven y ella misma debió reponerse de un severo accidente automovilístico que no impidió que sus primeros pasos estuviesen vinculados a la danza, mientras se ganaba la vida como camarera.

Sus primeros pasos en Texas la llevaron a transitar los sets cinematográficos como artista de reparto en films mudos. Pero ávidamente, dado su enorme talento, perseverancia y carisma frente a la cámara, comenzó a escalar la montaña de una carrera estelar. Se adaptó rápido al cine sonoro debido a su caudal vocal. Algo que no sucedió con todas las estrellas de su época como Mary Pickford. Joan vestía raro. Y no le escatimaba a las relaciones con los hombres. Era de avanzada. Una cualidad, para muchos y motivo de discriminación, para otros.

AMORES POR CONVENIENCIA

Se casó en cuatro oportunidades. ¿Siempre por amor? Sus detractores dicen que jamás se enamoró de nadie y que solo estaba con los hombres por el placer que le daba el sexo y por el rédito que podían otorgarle a sus cuentas bancarias. ¿Habladurías? ¿Chismes infundados? Sus tres primeros matrimonios acabaron en divorcio. El último, con la muerte de su marido. Se casó primero con el actor Douglas Fairbanks, Jr., quien impulsó su carrera. Su último esposo fue el director de una multinacional empresa de gaseosas. Con su fallecimiento, la actriz comenzó a participar activamente en las decisiones de la compañía a partir de haber “heredado” el puesto. Pero no duró mucho.

Con tres nominaciones y un premio Oscar obtenido; una merecida estrella en el Paseo de la Fama y una filmografía tan abultada como prestigiosa; transitó una carrera brillante que tuvo alguna pausa esporádica debido a algunos fracasos de taquilla que no lograron opacarla. El éxito marcó el rumbo de sus decisiones. Pero todo tiene un fin y la carrera de Joan también lo tuvo. En 1970 se retiró definitivamente, no quería mostrarse decadente. Por otra parte, el peso de una vida familiar desastrosa la llevó a un ostracismo en el que rumió sus penas. La mayoría de ellas germinadas en su falta de amor y cariño, sobre todo para con sus hijos. No quiso, no supo o no pudo querer. Pero así fue.

Mamita querida

Mommie Dearest fue llevado al cine en 1981, con Faye Dunaway en la piel de Crawford
Mommie Dearest fue llevado al cine en 1981, con Faye Dunaway en la piel de Crawford Fuente: Archivo

Joan no tuvo hijos biológicos. Sin embargo, canalizó su maternidad adoptando a Christina, Christopher, Kathy y Cyndi. No tenía buena relación con ellos. A tal punto que Christina escribió el famoso Mamita querida, un libro que fanáticos y detractores de la diva se devoraron ni bien se editó. Tal fue el suceso editorial, que el texto fue adaptado a un guión cinematográfico con el mismo título. El morbo siempre vende y, se sabe, las intimidades de las celebridades son un gancho irresistible. La edición del libro generó un verdadero escándalo. Nunca nadie había osado hablar así de mal de una figura tan arraigada en el público, con el plus que quien rubricaba las habladurías era su propia hija.

En Mamita querida se retrata, teóricamente, la infancia de Christina con su madre famosa. Libro y película reflejan a una mujer monstruosa imposibilitada de brindar cariños. Mientras en los sets brillaba, en la intimidad, según su hija, padecía arrebatos de bipolaridad y profundas maratones marcadas por el consumo de alcohol. Siempre se dijo que Joan era una mujer manipuladora. Hacía y deshacía a su modo y no lograba entablar con sus hijos una relación profunda y confiable. Cruel, así la definieron.

La suciedad afectiva se contraponía con una de las grandes obsesiones de la actriz: la pulcritud. Este trastorno la paralizaba a ella y a sus vínculos. Sus hijos debían respetar el reglamento de la limpieza doméstica sin contradecir a su madre.

Cuando las borracheras acechaban, los hijos se recluían dejando sola a su madre que, ante la menor contrariedad, podía irritarse y desparramar insultos y objetos al aire. La batalla campal doméstica era escuchada por los vecinos. En alguna ocasión, según contó la prensa, debió intervenir la policía para que la mujer dejara de agredir verbalmente a sus hijos. Luego de estos escándalos, Joan se recluía en su habitación a llorar por días. Sin embargo, jamás modificó su temperamento ni su accionar. Esos días en el ostracismo se contraponían con otras jornadas “luminosas” donde se la podía ver producida para asistir a estrenos, fiestas y reuniones sociales donde deslumbraba a todos los caballeros. Ella no tenía reparos en mirar a quien le gustaba, aún si estuviese acompañado. Joan no conocía los límites. Y lograba siempre lo que quería.

La peor compañera

Una escena de ¿Qué fue de Baby Jane?, la película que en 1962 la unió a su eterna rival, Bette Davis
Una escena de ¿Qué fue de Baby Jane?, la película que en 1962 la unió a su eterna rival, Bette Davis Fuente: Archivo

"La peor compañera", así la definieron muchos de los colegas que trabajaron con ella. No se trató solo de la encarnizada lucha con Bette Davis, que se convirtió en todo un mito de Hollywood. Joan no tenía, en general, buena relación con sus compañeros de elenco. Mucho menos si se trataba de mujeres. La actriz Norma Shearer fue otra de las víctimas de sus dardos. Debido a que Norma estaba casada con un alto ejecutivo cinematográfico de la MGM, obtenía los mejores papeles. Esto irritaba hasta la ira a Joan quien criticaba, en público y con dureza, las habilidades de su contrincante. Tal era su despecho que, en el momento en que debía concretar las tomas su colega, se instalaba a tejer en un rincón del set generando ruidos y molestias en la concentración de sus compañeros. Tan perjudicial era su presencia que el director del film The Women decidió echarla del lugar.

The End

Las escenas finales de su vida transcurrieron en su departamento de Nueva York. Debió mudarse a un reducto más pequeño, pero en el mismo edificio, debido a que la empresa de gaseosas en la que oficiaba de “embajadora” la despidió de su puesto.

Sus últimos años se caracterizaron por el ostracismo, no quería mostrarse decadente. Solo contestaba cartas de sus fanáticos y miraba televisión. El alcohol seguía siendo su gran “aliado”. Sus hijos no la veían con frecuencia y ella solo salía de su casa para asistir a alguna consulta médica impostergable. No se dejaba ver. Se camuflaba con gorros y anteojos. Y si alguien le preguntaba si era Joan Crawford, ella lo negaba con un “imagínese que no estaría así vestida si yo fuera Joan”. Estaba convencida que nadie la quería, una secuela de aquella vejación que había sufrido de joven y la marcó para siempre.

Tuvo un infarto de miocardio y luchó contra un cáncer de páncreas, demasiado para un solo cuerpo. El 10 de mayo de 1977 murió dejando un tendal de enemigos. Sobre todo, en el seno de su familia.

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