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En su sueño había nieve, un arbolito de Navidad y mucha (''pero mucha'', insiste) gente. Todos andaban con las orejas bien cubiertas, patinando sobre una pista de hielo en pleno Central Park. Como en las películas, por supuesto. La fantasía de conocer Nueva York le rondaba la cabeza desde hace años. Y la temporada de Navidad, tan característica, esta vez apuró su decisión. En los últimos días de noviembre, Maru Botana (la cocinera más famosa, conductora de Sabor a mí) sorprendió a sus hijos mayores, Agustín (11) y Lucía (9), con los pasajes en la mano. Un par de llamadas y algún intercambio de mails fueron suficientes para arreglar su ausencia en el programa y cubrir -al menos por unos días- su lugar en la dirección de los locales de repostería que llevan su nombre. ¿Y el resto de la familia? Acordó con Bernardo Solá, su marido desde hace catorce años, para que se quedara en Argentina a cuidar a sus otros hijos: Matías (6), Sofía (5) y Santiago (3).
Así, de repente, el 1° de diciembre, la cocinera de rebeldes rizos se embarcó junto con tres de sus hijos para visitar por primera vez la Quinta Avenida, el mítico Rockefeller Center y hasta la célebre juguetería FAO Schwarz. ¿Habría nieve? ¿Estaría toda esa gente, esa multitud, patinando en el Central Park? ''Es un viaje que les había prometido a los chicos. Después de vivir momentos muy duros, me pareció que una forma de cerrar el año era con esa cuota de buena onda y alegría que tiene la ciudad en esta época. Me encanta la Navidad y lo que tiene Nueva York es que allá despiden el año con mucha energía. Quise irme con los dos chicos más grandes, que pensé que lo iban a disfrutar más, y también con el chiquito, Juan Ignacio, del que no me separo ni loca'', afirma.
-¿Cuál fue el mejor momento del viaje?
-Una de las situaciones más emocionantes fue cuando sorprendí a Lucía y Agustín con un paseo en limusina. No lo podían creer, estaban fascinados. Todo el tiempo me decían: ''Gracias, mamá, te queremos… son las mejores vacaciones''. Es increíble esa alegría genuina que te dan los chicos. A veces está bueno poder llenar de sueños la vida de un hijo. Es una felicidad que te queda grabada toda la vida.
-¿Qué fue lo que más te impactó de Nueva York?
-Lo que más me llamó la atención fue descubrir lo segura que es la ciudad. La vida urbana continúa aun de noche. No hay miedo a nada. Y no sabés cómo esa seguridad te cambia el viaje. La tranquilidad de caminar libremente convierte todo en un lugar alegre. Me caminé la vida, viajé en tren sin nada de miedo. Se podía sentir una linda libertad… ¡La gente comprando los arbolitos de Navidad era impactante!
-¿Y cómo pensás festejar la Navidad?
-Este año la vamos a celebrar todos juntos en mi casa. Mis dos hermanos más grandes y sus familias también vienen. Es lindo, siempre me pasa que encuentro las fiestas como un buen momento para conectarme con los sentimientos, la familia.
-¿El menú ya está listo?
-Sí, con mi familia preparamos una mesa muy tradicional. Pavos, muchas ensaladas frías y al final, el pan dulce… ¡pero nunca nadie lo come! Hay demasiados platos en el medio.[Risas.]
-¿Cuál es el secreto para mantener a tu familia tan unida?
-La verdad es que me desarmo por los chicos. Con Bernie siempre tratamos de hacer lo mejor. Les hablamos mucho y no les ocultamos nada. No sé si está bien o mal, pero es lo que nos hace estar unidos y más a tono con lo que vivimos a diario.
-¿En qué momento del día viven el reencuentro familiar?
-Por lo general, a la tardecita. También en el momento previo a la cena y después de comer. Cuando terminamos, ellos me esperan en sus cuartos. Charlamos un rato y les cuento un cuento a los más chicos. Si bien están los libros, lo que más les gusta es escuchar historias de cuando Agustín era chico o de mi vida con Bernie. Después, cuando llega el fin de semana, no me muevo de casa. Estoy a su disposición.
-¿En dónde te refugiás en los momentos de dolor?
-Todo lo espiritual me ayudó un montón. De alguna manera, fue lo que nos mantuvo unidos como familia. También me ayuda mucho el cariño y el amor de la gente, la familia y los amigos. La fuerza, el ''dale, Maru''… es impresionante.
-¿Cuál es el plato favorito de la familia?
-Antes que las milanesas con fritas, les gusta los pinchos de pollo, que son pedacitos de pollo con pan rallado. El pavo también les encanta. Y, por supuesto, son súper heladeros. Lo que está bueno es que, poco a poco, les empieza a gustar más la cocina. A Agustín, por ejemplo, le doy clase de cocina con sus amigos. Cada tanto viene con un grupito y los pongo a pelar papas. La idea es que después coman lo que cocinaron. Los más chicos también me piden, pero es otra historia, ahí la cocina se convierte en un caos, vuela la harina por todos lados.
-¿Ya pensaste en los deseos para 2011?
-Una cosa que me encantó fue la frase que uno de mis hijos me dijo una vez. Con los chicos me hago un tiempo para hablar de lo que nos pasa, de lo bueno y lo malo del día. ''Ma, que todo siga igual'', me pidió. Fue tan simple y a la vez súper profundo. ''Que todo siga igual'' es una frase que trae esa sensación de alivio, como para darnos tranquilidad a nosotros mismos frente a todo lo que vivimos.
Fotos: Javier Ocaña
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