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A Holanda y Luxemburgo los une mucho: proximidad, historia, amistad, negocios… y, desde hace cinco años, también el corazón latino de sus mujeres consortes. Es que la reina Máxima nació en Buenos Aires, Argentina, y la gran duquesa María Teresa, en La Habana, Cuba. Y en su último encuentro, durante la visita de los soberanos holandeses al ducado de Luxemburgo, ellas demostraron que sus reinos comparten un mismo latir: le pusieron brillo, color y encanto al programa de los tres días de visita oficial porque, además de compartir sus raíces latinoamericanas y una gran complicidad, tienen en común un vestidor repleto de outfits a todo color. Y aunque los Grandes Duques confiaron en sus herederos –los príncipes Guillermo y Stephanie– el cariñoso recibimiento a los reyes de los Países Bajos al pie de la escalera del avión en el aeropuerto de Findel, en la capital luxemburguesa, desde el instante inicial de afectuosos saludos entre la Reina y la Gran Duquesa, se pudo apreciar la afinidad y el buen entendimiento –en castellano– entre las damas.


Reinas de corazones
El encuentro entre Máxima y María Teresa fue en el Palacio Gran Ducal, donde los Grandes Duques agasajaron a sus invitados de honor con la tradicional bienvenida protocolar, que incluyó un homenaje delante del Monumento de la Solidaridad Nacional. Una ceremonia en la que Máxima de Holanda y María Teresa de Luxemburgo estuvieron cara a cara, sonrisa a sonrisa, latido a latido. No en vano se trata del segundo viaje oficial de los Reyes holandeses al Gran Ducado: hace exactamente cinco años, Guillermo Alejandro distinguió a Luxemburgo como su primer destino tras haber sido investido Rey unas pocas semanas antes. Decisión que tiene su explicación en que Luxemburgo y los Países Bajos formaron parte del mismo reino durante un período del siglo XIX y, junto con Bélgica, constituyen el Benelux, una unión económica y aduanera que está por cumplir 60 años. Y la relación entre las dos coronas también es muy estrecha, porque tanto el rey Guillermo Alejandro como el gran duque Enrique descienden de la histórica Casa de Nassau, una familia de nobles alemanes que extiende sus raíces hasta el siglo XII.

Y, según se vio, las segundas veces no siempre son (sólo) buenas, en algunas ocasiones son (aun) mejores. Para ese primer reencuentro, la Reina holandesa optó por un atuendo en clave de sol o, lo que es lo mismo, un vestido de seda amarillo de la firma Natan, con complementos en la misma gama. Se sabe que no hay tonalidad en la paleta Pantone con la que Máxima no se atreva por muy fuerte, clara, rara o común que sea. Así que el adorno floral en uno de los hombros de su traje, los guantes de red con abejas aplicadas, la pamela XL y el sobre y los zapatos de ante hicieron ese equipo inequívocamente suyo. Y hay que decir que la Gran Duquesa no se quedó atrás en ese "duelo" de estilismos, y vistió como una de las grandes reinas de la elegancia, para emular a Jackie Kennedy con un abrigo rosa de raso, sombrero pillbox haciendo juego y gafas de sol negras con forma de ojos de gato.

Ese primer día de visita, los reyes de Holanda se entrevistaron con el primer ministro, Xavier Bettel; el presidente del Parlamento, Mars Di Bartolomeo, y el ministro de Asuntos Exteriores, Jean Asselborn, y luego, junto con sus anfitriones, visitaron el Ayuntamiento de la capital, donde fueron recibidos por la alcaldesa Lydie Polfer, que los acompañó en un paseo por el centro histórico de la ciudad. Un dato: tanto Máxima como María Teresa "resistieron" la jornada entera –caminata incluida– con los stilettos, que recién se cambiaron para la comida de gala.
Estilo real
Para el banquete celebrado en el Gran Palacio Ducal, ninguna de las dos se salió de la nota. Mientras la Reina volvió a apostar por el amarillo, con un vestido asimétrico ceñido de Jan Taminiau y el resplandor de los brillantes de la tiara Stuart, que llevaba sin salir del joyero real desde 1972, cuando la lució la recordada reina Juliana, la Gran Duquesa recurrió a un diseño de Elie Saab para brillar. A su lado, los hombres vistieron de frac, una acertada elección para lucir sus distinciones. El segundo día comenzó con la visita de los soberanos de los Países Bajos a la zona industrial de Belval, la Universidad de Luxemburgo y el castillo de Vianden, ocasión para la que la Reina eligió un look más informal, compuesto por pantalón y blusa en tonos rosados, al que le dio el toque "royal" con una diadema de fantasía dorada. Esa misma noche asistieron a un concierto, cita para la que Máxima llevó un vestido rojo largo de Valentino con el que causó sensación. Y en la última mañana, antes de abordar el avión, volvió a hacer gala de su elegancia: lució un vestido de encaje, que complementó con guantes y pamela de gran porte.


Enrique y María Teresa de Luxemburgo se conocieron estudiando Ciencias Políticas en la Universidad de Ginebra, cuando él todavía era Gran Duque heredero. Ella, nacida en La Habana y miembro de una poderosa familia descendiente del rey Fernando I de Castilla –los Mestre– se mudó de Cuba a Estados Unidos después de la Revolución de 1959 y, seis años más tarde, se instaló en Europa definitivamente. Pese a que su suegra, la gran duquesa Josefina Carlota, se oponía al romance por el origen plebeyo de María Teresa, los novios terminaron imponiendo su amor: se casaron el día de San Valentín de 1981, en la catedral de Luxemburgo. Diecinueve años después –en 2000–, tras la abdicación del gran duque Juan, se convirtieron en Grandes Duques. Bodas como la de María Teresa o la de Silvia de Suecia (una ex azafata casada con el rey Carlos Gustavo), que tuvieron lugar hace más de treinta años y fueron casi excepcionales, marcaron un punto de quiebre en la historia de las monarquías y abrieron el camino al altar a las plebeyas del siglo XXI, como Máxima de Holanda o Letizia de España, que llegaron al trono en un momento en que las reinas de noble cuna son franca minoría.
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