Moria Casán será homenajeada en el Palacio Libertad
Desde el sábado se realiza además un espectáculo basado en su figura
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Moria Casán tendrá este lunes en el Palacio Libertad un reconocimiento oficial de la Secretaría de Cultura de la Nación como una de las grandes figuras de la cultura popular argentina. La distinción, que le entregará el secretario Leonardo Cifelli, llega precedida por una puesta escénica concebida especialmente para la ocasión. Moria, el misterio, una obra musical que intenta responder una pregunta tan amplia como inevitable: quién fue, quién es y qué representa la diva dentro del imaginario argentino.
La propuesta, ideada y dirigida por Valeria Ambrosio, con texto de Gabriel Patolsky y dirección musical de Gaby Goldman, se estrenó este sábado frente a un Auditorio Nacional colmado en sus tres niveles. Desde el comienzo quedó claro que no se trataba de una biografía lineal ni de un homenaje convencional. La obra elige la parodia futurista para abordar un fenómeno que excede cualquier definición cerrada. Es el año 2655, en una plena Buenos Aires postapocalíptica, que sirve como marco para que un equipo de arqueólogos inicie una excavación y descubra un enigmático sarcófago.

Y allí empieza la pesquisa. Cinco científicos vestidos de blanco, ubicados a lo largo de una mesa que remite a La última cena de Leonardo da Vinci, pero de laboratorio, debaten bajo el mando del Doctor Omega (Martín O’Connor). Sus colegas, interpretados por Mariano Magnífico, Julián Pucheta, Pablo Gelós e Irene Almus, completan el estrado. Frente a ellos, un cofre de estética egipcia coronado por una esfinge con el rostro de Moria. La imagen resume el tono general de la obra, una mezcla de solemnidad fingida, ironía pop y delirio teatral. El objetivo de los investigadores es catalogar a una figura que el paso del tiempo volvió indescifrable.
El inconveniente que se les presenta es que cada objeto extraído de ese arcón milenario abre nuevas hipótesis. Una pluma permite pensar en la vedette, un recorte periodístico recuerda la candidatura a diputada en 2005, frases célebres sugieren a una creadora de lenguaje, mientras referencias judiciales remiten a su paso por la cárcel en Paraguay. Pero todo coincide en un punto, su persistencia mediática la eleva a categoría de mito nacional. Los arqueólogos avanzan, retroceden y se contradicen. Cuanto más investigan, menos certezas obtienen. Y aquí surge el primer conflicto artístico, el diálogo le gana a la emoción escénica. Se debate mucho, se canta poco y se baila menos.

En esta dialéctica por descifrar el ADN de la ex Pantera de Mataderos, toma protagonismo uno de los hallazgos más polémicos del show, una esfera luminosa que funciona como inteligencia artificial que responde con la voz de la misma Moria. Bautizada en escena como “Alexa Turdero”, interviene con latiguillos, sentencias y modismos que forman parte de su archivo litúrgico. “El decorado se calla”, “Si querés llorar, llorá” y “¿Quiénes son?”, entre muchos otros, chispean como fuegos artificiales. Un repertorio verbal que se vuelve materia dramática y confirma hasta qué punto Moria construyó una identidad también desde la espontaneidad discursiva.
La platea colmada por un público heterogéneo es un ente autárquico en sí mismo y muestra un entusiasmo inesperado frente a lo que recibe desde el escenario. Familias completas, adultos mayores, adolescentes y hasta transformistas completan la paleta de plateístas. Vitorean y aplauden en todo momento. Hay risas inmediatas ante cualquier guiño con la actualidad y explotan cuando uno de los científicos incluye a Moria en ese Olimpo mitológico integrado por Susana, Carmen y Mirtha, al momento en que otro lo corrige al recordar que la Chiqui Legrand aún vivía, pese a que la acción transcurre en 2655. El chiste, básico pero eficaz, es celebrado por todos los presentes como un gol.

La obra se desarrolla con esporádicos cuadros musicales que se cuelan entre la reiterativa y exhaustiva investigación que cae todo el tiempo en la confrontación por saber quién es Moria. A su vez, dos pantallas circulares por encima de los protagonistas, proyectan sus imágenes de archivo y así se suceden fotos de revistas, escenas televisivas, registros cinematográficos y retratos que recorren distintas épocas de su carrera. La constante repetición de las mismas imágenes sugiere cierta desidia en la selección de material desclasificado, especialmente tratándose de una de las personalidades más fotografiadas del espectáculo argentino desde sus comienzos hasta su actualidad en teatro y televisión.

Un momento destacado y algunas llamativas ausencias
Uno de los momentos más teatrales llega de la mano de Virginia Kaufmann, quien al ritmo de una versión casanezca de “Ameno” (canción de ERA), aparece vestida de monja para solicitar la beatificación de Moria. Enumera con humor, milagros, virtudes heroicas y padecimientos, antes de cerrar el cuadro al estilo Whoopi Goldberg en Cambio de hábito.
Sin embargo, y frente a todos los pergaminos que esta karateca de la lengua tiene en la vitrina de su vida, el espectáculo no parece estar a su altura. Una idea basal simplona que remite a la icónica apertura de Tato Bores en su programa Tato de América que emulaba a un arqueólogo investigando sobre una tierra devastada, un país desaparecido llamado Argentina; humor intermitente y performances desiguales. Un coro de seis integrantes que no emociona desde lo vocal, nulo vestuario para una homenajeada asociada históricamente al exceso visual, y un elenco que no logra sostener la intensidad requerida. Ni siquiera el talento de Magnífico logra contagiar a un reparto encorsetado en la pobreza de un libro inconsistente y redundante. En contraste, la música en vivo de la orquesta de Gaby Goldman aporta virtuosismo y jerarquía.

También llama la atención algunas ausencias narrativas. La obra apenas se detiene en la dimensión familiar de Moria, con una sola fotografía que muestra a su padre y madre. No aparecen referencias a su hija Sofía Gala Castiglione ni a sus nietos Helena y Dante. Tampoco alusiones a sus romances y al mítico programa donde juntó a su examor y padre de su hija, Mario Castiglione con Luis Vadalá, por entonces su pareja. El recorte final pareciera privilegiar la herencia mediática del personaje por encima de la mujer real. La nostalgia nunca pasó por la Ballena Azul del Palacio Libertad.
Dentro de la serie de homenajes escénicos que se vienen realizando en el último tiempo, Moria, el misterio deja sensaciones desencontradas. Demuestra que Valeria Ambrosio, gran realizadora de teatro de prestigio, en esta ocasión se quedó en la superficialidad, no profundizó en la persona y por sobre todo, no alcanzó a darle espectacularidad a la puesta, que es el sello inherente, indeleble e intransferible de su homenajeada.
Por lo pronto, el plato fuerte llegará este lunes, cuando la propia Moria Casán asista a la función especial rodeada de su círculo íntimo, artistas invitados y prensa. Allí recibirá el reconocimiento oficial de parte de la Secretaría de Cultura. Entonces, el enigma tal vez pueda resolverse con su presencia. Ya no hará falta preguntarse quién fue Moria. Bastará con verla entrar en la sala para recordar que ciertos personajes no pertenecen al pasado y que siguen presentes, con arrolladora vitalidad.

Para agendar
La obra se repite hoy, a las 19, el sábado próximo a las 20 y el domingo 26 a las 19. Las entradas son gratuitas y las reservas se gestionan de manera virtual en la web del Palacio Libertad a partir de dos días antes del día de la función.
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