¿Qué es de la vida de Gachi Ferrari?

Gachi Ferrari, en el programa El libro gordo de Petete
Gachi Ferrari, en el programa El libro gordo de Petete
Pablo Mascareño
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7 de diciembre de 2019  • 00:55

"El libro gordo te enseña, el libro gordo entretiene, y yo te digo contenta, hasta la clase que viene". El latiguillo con el que Gachi Ferrari cerraba el famoso micro El Libro Gordo de Petete, resuena en la memoria colectiva de los que hoy pasan la barrera de los cuarenta y pico, se convirtieron en padres, abuelos jóvenes, y, seguramente, ya peinan algunas canas. Gachi, en cambio, está igual. "Con muchos años más", reconoce. Mismo corte de pelo. Ese que lucía en Telejuegos por la pantalla de ATC, o en El Club de Anteojito y Antifaz, junto al inolvidable Berugo Carámbula por la señal de Canal 9. Allí está ella, como si el tiempo no hubiese transcurrido. La Gachi que alguna vez tuvo como partenaire a Marcelo Marcote, aquel niño prodigio que se retiró pronto, a pesar del éxito. Ella también le dijo adiós a las cámaras en plena época de estelaridad. A diferencia de lo que sucede con muchos que no pueden vivir sin la repercusión masiva e inmediata, Gachi Ferrari se retiró joven. Y jamás extrañó. Lo curioso es que sigue vigente en la memoria de aquellos niños, adultos maduros hoy, que veían sus programas infantiles y cantaban sus canciones. Encontrarse con Gachi es un viaje al recuerdo, a aquellos tiempos de meriendas a las cinco en punto de la tarde, a esa época donde los personajes de García Ferré eran compañeros de ruta.

El Libro Gordo de Petete, el inolvidable micro educativo en el que Gachi Ferrari interactuaba con el famoso personaje.

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"Muchos me escriben, a través de las redes, y me preguntan si soy yo. Es increíble porque hace más de 25 años que dejé de trabajar frente a cámaras", explica a LA NACIÓN la hoy empresaria y diseñadora que, junto con su marido, Lando Simonetti, se encuentra al mando de La Martina, una de las pocas empresas textiles argentinas que se ha ganado un lugar en buena parte del mundo. "Me dediqué al diseño de la ropa de la marca. Acá, en Buenos Aires, hacemos lo que tiene que ver con América. Y, en nuestra oficina en Chiasso (Suiza), se crean los productos que se comercializan en Europa y Medio Oriente". Esa es la vida actual de Gachi. Entre la Argentina y ese pueblo suizo del Cantón del Tesino se divide la estadía de la exanimadora. "Está pegado a la frontera, al punto tal que voy caminando a hacer las compras a Italia porque me gusta más", explica, mientras se repone de su regreso de Japón, ciudad a la que viajó para acompañar a su esposo invitado a dar una charla en Nikkei, la bolsa de Tokio.

-¿Cómo nace esa vocación por el diseño?

-Nunca me lo propuse, se dio y, por esas cosas del destino, ya llevo casi cuarenta años dedicada a esta actividad.

-Curioso camino.

-Las circunstancias me llevaron y me encantó.

-Una suerte de vocación adormecida.

-La descubrí. Creo que ni siquiera estaba adormecida.

La cotidianidad de Gachi es poco rutinaria. Permanentemente viaja por el mundo visitando los mercados donde su empresa puso un pie. Algunos, de los casi 80 locales exclusivos en el mundo, se emplazan en sitios exóticos y distantes como Dubai, El Líbano, o Grecia. "El polo era el único deporte que no tenía marca, porque se trata de una disciplina no masiva, lo cual hace que, a nivel comercial, sea un nicho muy pequeño".

-¿Considerás que, de alguna manera, el emprendimiento implica llevar la bandera argentina por el mundo?

-Sí. Tenemos que reconocer dos cosas que hicimos: una tiene que ver con mostrar nuestra bandera. Nadie lo había hecho así. A la gente, sobre todo en Europa, le atrae mucho. Eso tiene que ver con los movimientos migratorios. E institucionalizamos el número 3, hasta ese momento, no se ponían números en las prendas.

El número 3, en polo, tiene que ver con quien arma la jugada. Gachi sabe de armar planes, sostenerlos y convertirlos en exitosos. Arma sus jugadas. Pero también supo deconstruirse, tarea aún más compleja.

Los años de la ingenuidad

"Hacer tres programas y viajar junto a mi marido era incompatible. Cada vez que viajaba tenía que adelantar las grabaciones, un caos. Hasta que un día dije basta"
"Hacer tres programas y viajar junto a mi marido era incompatible. Cada vez que viajaba tenía que adelantar las grabaciones, un caos. Hasta que un día dije basta" Fuente: LA NACION - Crédito: Patricio Pidal / AFV

-El diseño tiene que ver con el arte. Lo que hacías en los medios estaba vinculado a la creatividad en función de esa audiencia de niños que te seguía y ahí se puede encontrar un hilo conductor de tu vida.

-Exactamente. La creatividad, me define. Ambas actividades están relacionadas, en alguna medida.

-En pleno éxito, ¿por qué y cómo tomás la decisión de abandonar los medios?

-Fue en los primeros tiempos de la marca. Mi marido viajaba permanentemente tratando de abrirse camino, buscando clientes, y yo lo acompañaba. Era un momento en el que tenía tres programas en el aire. De lunes a viernes, por las tardes, hacía Telejuegos y, por las noches, participaba en La noticia rebelde junto a Carlos Abrevaya, Adolfo Castelo y Raúl Becerra. Y los sábados, salía con Jardincito, que iba dirigido a los nenes de jardín de infantes, bien chiquitos. Era mucho.

-Entonces...

-Hacer tres programas y viajar junto a mi marido era incompatible. Cada vez que viajaba tenía que adelantar las grabaciones, un caos. Hasta que un día dije basta. Por otra parte, en el canal también me habían dicho que no se podían adelantar tantos programas juntos. Me sugirieron dejar de viajar tanto.

-Preferiste viajar a seguir con tu carrera. Toda una decisión.

-Para nosotros, que vivimos tan lejos de todo, viajar es lindísimo. Así que decidí dejar un año.

Telejuegos, el ciclo de Argentina Televisora Color que se había convertido en un clásico de las tardes televisivas.

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-Y cuando se cumplió ese año...

-Me seguían llamando para volver a la televisión, pero me propuse tomar otro año más sin hacer programas. Al tercer año, sentí que ya estaba fuera del circuito de los medios y decidí dedicarme a mi nueva actividad full time.

En un mundo exitista, que sobrevalúa el éxito, donde la fama es un valor agregado, la animadora decidió bajarse de ese tren. Una rara avis. "Lo que más sufrí, en ese momento, era no tener el saludo de los chicos en la calle. Cuando trabajaban en televisión, iba a un restaurante o al supermercado, y siempre había chicos que se acercaban para saludarme. Pero el medio es una trituradora, rápidamente descarta y reemplaza. Que nadie me reconociera, que nadie me pidiera un beso, un autógrafo o una foto, me parecía rarísimo. Sentía esa ausencia y era horrible. Además ese cariño es una forma de gratificación, de reconocimiento a lo que estás haciendo. Eso fue lo que más sentí".

Que nadie me reconociera, que nadie me pidiera un beso, un autógrafo o una foto, me parecía rarísimo. Sentía esa ausencia y era horrible

Para concretar esta entrevista, Gachi abandonó una reunión de diseño. Es extraño, para quien no la conoce en intimidad, observarla deliberando sobre una gran mesa desbordante de telas. Allí está ella decidiendo sobre texturas y colores, en un puente que la conecta con su época de pasarelas. "Cuando era modelo, no tenía tanto reconocimiento. Éramos más anónimas. Muy monas, pero nadie sabía cómo nos llamábamos. Ahora las chicas son conocidas", reflexiona sentada en un cómodo sillón enmarcado por decenas de tapas de revistas donde se la ve posando, en tiempos previos a su fama como animadora de programas infantiles y actriz de comedias como Mi cuñado, en aquella versión primigenia protagonizada por Osvaldo Miranda y Ernesto Bianco; telenovelas como Pobre Diabla; o temporadas de teatro en Mar del Plata junto a Ricardo Darín y Raúl Taibo. "Antes de trabajar para los chicos, hice un popurrí de cosas importantes".

Luce idéntica a aquella chica que animaba las tardes televisivas, con su timbre de voz inconfundible: "Los que hoy tienen cincuenta, son los que conformaban mi público. De ahí, para abajo, no me conoce nadie. Aquellos, que eran chicos en los setenta y ochenta, se acuerdan de Petete, de la Mona Margarita, de Berugo".

"Los que hoy tienen cincuenta son los que conformaban mi público. De ahí, para abajo, no me conoce nadie"
"Los que hoy tienen cincuenta son los que conformaban mi público. De ahí, para abajo, no me conoce nadie" Fuente: LA NACION - Crédito: Patricio Pidal / AFV

-¿Y vos qué recordás de aquellos tiempos frente a cámara?

-¡Soy muy vieja para acordarme!

-No es para tanto...

-Todos los recuerdos son muy lindos. Me encantaba trabajar y hacerlo para los chicos y con los chicos. Realmente me gustaba y que creo que se notaba. Era algo natural para mí.

-El trabajo era en la tele y también en teatro y cine.

-Recorrí el país con Cantaniño y, en invierno, hacía temporadas de teatro en la calle Corrientes.

-¿ El Libro Gordo de Petete marcó un momento de nuestra televisión?

-Fue un hito importante. También obtuve mucha repercusión cuando salí elegida "la Chica Para Ti". Tampoco me puedo olvidar de Supershow Infantil, donde utilizábamos la "máquina de mirar" que había traído Cacho Fontana. Estábamos Berugo Carámbula, Mónica Jouvet y Alberto Muney.

-¿Conservás amigos del medio?

-No, porque me alejé hace mucho y eso te hace perder vínculos.

Lando, su marido con el que se casó luego de varios años en pareja, tiene un hijo y cuatro nietos. A su vez, Gachi, antes de conocer a Lando, tenía un hijo que, actualmente, está esperando a su primer descendiente: "Soy abuela de cuatro y pronto llegará el quinto". Lo suyo, sin dudas, es estar rodeada de niños. "Cuando dejé, estaba de moda Xuxa, que me parecía fantástica. Ahora no conozco mucho de lo que se hace para chicos. Me desinformé, pero supongo que debe haber cambiado mucho todo. La tecnología cambió la historia, los chicos están enfrascados en el teléfono".

-¿Cómo ves a los chicos de hoy con respecto a los de tu época como conductora?

-Son muy diferentes, manejan mucha información. Son más independientes a la hora de elegir la ropa, son más despiertos, pero también creo que tanta información y conectividad no está tan bueno. Habrá que pararse y pensar en eso. Hay que dosificarles esa dependencia con la tecnología porque los aísla, dejan de lado el juego en grupo, la participación con el otro. El exceso de tecnología los encierra.

-Hay un patológico individualismo...

-Totalmente. Están tan divertidos en lo que hacen solos, que no necesitan compartir. Hay que hacer un cambio. Poner límites a ese consumo de tecnología. Quizás estos chicos son más lúcidos, no sé. Es real que también tienen una agilidad que nosotros no teníamos. Me escucho y me acuerdo de mi abuela.

-¿Soñás con volver al medio?

-No, me fui, definitivamente. Además creo que el medio está muy cambiado. Aunque, también es cierto que, rápidamente, me adaptaría, pero, no, ya no. De todos modos, a nadie se le ocurrió la idea. Así que ni siquiera puedo decir que no, porque no me lo han ofrecido.

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