Con el cierre a cargo de la banda de los Followill se fue la jornada inicial del festival que reunió a más de 15 mil personas en GEBA
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Y siete años después, tenemos a los Kings of Leon de vuelta, cerrando la primera fecha de uno de los festivales anuales de la escena local: quién lo diría. Quién diría que esos cuatro pibes que encabezan la grilla de la edición 2012 del Personal Fest son los mismos que en 2005, en el marco del BUE en el Club Ciudad de Buenos Aires (esos tiempos en los que era la mano de Grinbank la que determinaba el line-up), dejaron sabor a poco o, peor, se fueron clavando otra espina en el cartel donde su nombre se escribía bajo la sombra del de sus pares neoyorkinos, los Strokes. Y por eso, también, el paralelismo con lo que pasó hace poco más de un año, en el mismo festival y sobre el mismo escenario, es inevitable: al igual que la banda liderada por Julian Casablancas, los Followill llegaron aquella vez con dos discos editados y su incipiente éxito planetario ostentado en su propia arrogancia posadolescente y volvieron para dar cuenta de los efectos del paso del –poco- tiempo no sólo sobre su metamorfoseado sonido. Igual, amén los datos fácticos, no es lo mismo; diez años después de su edición, eran los temas de Is This It los que seguirían impactando en la audiencia de los Strokes; casi-diez años después de Youth and Young Manhood, el disco debut de los KoL, acá además se busca otra cosa: la repercusión directa del impacto de ese hito popular llamado Only By The Night. El culpable del toque final del giro sonoro, el adiós definitivo a ese garage sureño y sucio de los comienzos, el culpable de la "bonoización" más notable de su increíblemente corta historia y, paradoja para la susceptibilidad herida de los fanáticos de la primera hora, el responsable del pico más alto de la divulgación de sus temas, ahora concebidos como himnos de estadios.
Las cosas cambian, inevitablemente. Pero antes de demostrarlo, o en plan de dar cuenta de precisamente todo lo contrario, que uno nunca deja de ser el que alguna vez fue, "Molly´s Chambers" es el primer tema en la lista, el mismo hit –el primero, el originario- que abrió aquel show de 2005. Y lo mejor de esta decisión es la certeza hecha pogo y grito unánime: el mismo que seguiría durante las inmediatas, desprolijas y punkis, "Taper Jean Girl" y "Four Kicks" (ambas del segundo, Aha Shake Heartbreak) y al igual que siempre: el público argento, en materia de coreo de fraseo de viola, es especialista.
Enseguida el quiebre queda ilustrado con los remolinos sónicos de "The Immortals": después de todo, es el último, Come Around Sundown, el disco que están presentando. El corte "Radioactive", por ejemplo, indica que el nivel de repercusión es constante en el recorrido a través de sus eras. Bien. Pero sería la densidad de "Crawl", la atmósfera introspectiva de "Notion" y la cabalgata oscura de "Be Somebody" (liderada por el repiqueteo de Nathan, que no paró de combinar ese talento con otro, envidiable, el de hacer globos inmensos con su chicle), la arenga del comienzo de "Closer" con Matthew comiéndose el guitar hero tocando con la boca, todas muestras del cuarto trabajo, lo que funcionaría como preámbulo necesario para la explosión final con "Sex on Fire" y "Use Somebody", ya en los bises (y antes de que James Murphy iniciara el DJ Set que significaría el cierre real de la jornada).
Desde su imagen, Caleb también destila esa transformación: la barba, el pelo bien corto, campera de jean y su versión estética más redneck sepulta para siempre al potencial Ashton Kutcher de crenchas lacias que supo ser. Un tipo de pocas pero precisas palabras; antes de "Knocked Up" recuerda que fue padre recientemente y felicita públicamente a su hermano Nathan por seguirlo, en seis días, en ese viaje de ida llamado paternidad. Ya no son los potenciales mojigatos pentecostales, no; tampoco los rockeritos descontrolados del pasado reciente: no sólo es el sonido lo que mutó. Las cosas cambian, inevitablemente.
Antes...
BABASÓNICOS
Ya no son tiempos de jugar al galán juvenil ni de querer encarnar a un cantante de boleros de corazón quebradizo. Sin tener que atenerse al libreto de la presentación de un disco nuevo, Babasónicos recorrió gran parte del 2012 mostrando su costado más eufórico y, vale decirlo, también más intenso. Con la carencia de localía que significa formar parte de la grilla de un festival, la banda compensa la ausencia de sus a esta altura destacables puestas en escena para ofrecer otro tipo de despliegue: el de comprimir una veintena de canciones en setenta minutos de show. "Fiesta popular", "Once" y "Desfachatados" son la prueba de esta reformulación: el costado más rockero al frente, un concepto que se refuerza poco después con "Pendejo" y "Sin mi diablo". La provocación fue y es una constante en la banda de Lanús, antes estilística y hoy discursiva. Si en el pasado se permitían pasar del thrash al hip hop y el boogie, el presente lo encuentra a Adrián Dárgelos haciendo corear a su audiencia encuentros orgiásticos con Satán en el Sheraton de Río o relatar el intercambio de opiáceos por armas en Plaza Miserere.
Se sabe que con el pasar del tiempo, Babasónicos revisita cada vez con menos frecuencia su pasado, lo que hace que cada tema pre-Jessico sea casi un acontecimiento en sus setlists. Por eso, la incorporación de "Perfume Casino" (una bossa nova lisérgica de "Dopádromo") es un acontecimiento reconocido como tal hasta por los propios músicos. Un par de temas más tarde, el vocalista incrusta a presión unos versos de "Egocripta" entre las estrofas de "¿Y qué?", sumándole una cuota de oscurantismo a lo que no es más una oda al histeriqueo promiscuo. La distribución de climas se compensa con el baile robótico de "Deléctrico" y "Muñeco de Haití", y también amansa la histeria con "Tormento", "Barranca abajo" y "Putita", otro estribillo destinado a la subversión de la moral. Pero el remanso es fugaz, y "Así se habla" y "Ciegos por el diezmo" ponen a Mariano Roger, Diego Uma y Carca a cruzar riffs de guitarra para que un público ABC1 se pase al headbanging con una naturalidad llamativa. Aun cuando la trifecta final de "Risa", "El ídolo" y "Cuello rojo" ofrece pocas sorpresas, Babasónicos se retira con saldo a su favor, porque años de ser un número fuerte de festivales dejan el aprendizaje de que se puede ser complaciente sin que eso signifique redundar en la obviedad.
THE CRIBS
Salir al escenario mientras suena "God Gave Rock & Roll To You II" es una invitación al desconcierto, si lo que le sigue a eso son setenta minutos de garage rock de espíritu lo-fi. Pero The Cribs no da espacio ni tiempo para la interpretación de los datos. "Come On, Be a No-One" y "Our Bovine Public" son una patada dirigida al parietal de la audiencia. Acá no hay sutilezas, lo que rige es el palo y a la bolsa. El grupo de los hermanos Jarman (los mellizos Ryan y Gary en guitarra y bajo respectivamente, y el menor Ross en batería, a los que se les suma el violero David Jones) apela a ser sucio y desprolijo, con guiños a la vista a Pavement, los momentos más rabiosos de Pixies y hasta cierto dejo a Johnny Ramone en el corte taza y en la manera de plantarse en el escenario que tiene Ryan. Hay tiempo para concentrarse en sus últimos tres discos más algún viaje en el tiempo con "Another Number" y la furibunda "Mirror Kissers". La experiencia se vuelve más espesa en el grito descarnado de la lúgubre "Back to the Bolthole" y "Be Safe" (compuesta junto a Lee Ranaldo y acompañada por un video en el que el ¿ex? Sonic Youth canta el tema mirando a cámara), pero "Men’s Needs" entrega una cara un tanto más amable, aun sin bajar los decibeles. Sobre la hora, la banda que supo tener a Johnny Marr como guitarrista rítmico sumerge al predio en una ola de acoples y ruido blanco con "City of Bugs", que desemboca en una situación en la que los tres Jarman revoleando sus instrumentos por el escenario con saña, una escena que ya se vio más de una vez en manos de otros y hace varios años, pero que no por eso va a dejar de estar bien y tener sentido, cualquiera que este sea.
THE VIRGINS
A veces, la zona de residencia de una banda es mucho más que una referencia geográfica, y la ciudad de origen es casi perceptible en el aire, e imposible de evadir. Y que The Virgins sea un cuarteto neoyorquino simplifica bastante las cosas, en una serie de guiños a la música de la Gran Manzana, tal como lo supo hacer The Strokes con el cambio de milenio. Pero ahí donde la banda de Julian Casablancas echó mano a un puñado de influencias obvias para trazar un camino propio, el combo liderado por el ex modelo Donald Cumming poco hace por escaparle a las referencias. De a momentos se cuela alguna melodía deudora de Talking Heads o Modern Lovers llevado a un sonido más actual, pero a la larga la pose le gana al mérito. Más concentrados en la apariencia que en la interpretación (al punto tal que Cumming y el guitarrista Xan Aird fueron vivados cuatro veces al comienzo del show… antes de tocar siquiera un solo acorde), los cuatro de Nueva York zigzaguearon entre su debut homónimo y algunas canciones de Strike Gently, su disco a editarse en marzo próximo a través del sello de Julian Casablancas, la prueba más fehaciente de que todo tiene que ver con todo. Y temas como "Private Affair" y el proto hit "Rich Girls" son pruebas de que The Virgins tiene con qué defenderse, pero quizás todavía no tenga en claro cómo explotar todo su potencial.
DIVINE FITS
Decisiones como estas justifican la sobreoferta a veces abusiva entregada por los festivales. La inclusión en la grilla de la suerte de superbanda liderada por Britt Daniel de Spoon y Dan Boeckner de Wolf Parade, con su primer disco lanzado apenas en agosto de este año, sirvió como introducción para muchos intrépidos y satisfizo a quienes ya sabían de qué iba la cosa con el primer agite rockero de la agonizante tarde. Electro rock sintético con influencia postpunk en el que los dos frontman intercambian sus instrumentos –bajo, guitarra- y rotan en la posición cantante tema a tema, o incluso durante el mismo track. Los fundamentos, al alcance de los oídos: los embriones de hit "My Love Is Real", "What Gets You Alone", "Baby Get Worse" o "Flaggin’ A Ride" o los pasajes introspectivos como "Civilian Stripes" o el comprador cierre, con su versión 2012 de "Shivers" de The Boys Next Door. La blancura (literal, aria y reforzada por su remera de Jeff the Brotherhood) de Daniel y la estética dark de Boeckner como las dos caras visuales de una unión complementaria y efectiva. Todas las fichas.
DEVOTCHKA
Ver a estos tipos trajeados, sobre un escenario azotado por los rayos del sol implacable de las cinco y pico de la tarde, duele. Pero así es la lógica de los festivales y ellos enfrentaron las condiciones térmicas con estoicismo, lentes oscuros y nada de pudor ante la gota gorda de sudor que recorrió sus respectivas frentes. Así sufrieron los Devotchka, mezcolanza experimental de impresiones cinematográficas (el dato de que su gran salto sucedió gracias a la banda de sonido de Little Miss Sunshine no es menor) con influencias gitanas, euro-orientales o balcánicas, combinadas con el folk yanqui, aires de Spaghetti Western y cabaret. Nick Urata y su dramatismo vocal lideraron el picadito a través de los siete mares y más allá de la geografía también. Comenzó con la flamencoide "Head Honcho", motivó a los pocos valientes que corrieron el riesgo de deshidratación con sus polkas y sus candombes progresivos y pintó paisajes oníricos durante sus vetas más contemplativas. Demasiado para tan poco tiempo.
Por Yamila Trautman y Joaquín Vismara
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