
Pinamar: el enigma de los espectáculos
Plaza dura en la que pocos funcionan
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Llevar espectáculos a Pinamar es entrar en un terreno resbaladizo y plagado de incógnitas. Mientras que en la cercana Mar del Plata, como ya lo consignó oportunamente la nacion, la oferta en la materia se diversificó nada menos que en 264 propuestas en más de 75 salas, con un incremento del 30 por ciento en entradas vendidas respecto del verano anterior, la ciudad marítima fundada por Jorge Bunge -y que ayer cumplió 61 años- tuvo en esta temporada tan sólo un espectáculo estable -"Smoke", de y con Aníbal Pachano-, una verdadera rareza en una plaza donde las compañías llegan y se van lo más rápido posible. Y si no, que lo desmienta el elenco de "Acaloradas" que un lunes en San Bernardo casi llenó una sala de 400 localidades, en tanto que al día siguiente en Pinamar arañó, con esfuerzo, las 70, muy lejos de las muchedumbres que supieron arrastrar, por ejemplo, Piñón Fijo al Polideportivo o Iñaki Urlezaga al Golf.
Copado el balneario en enero por nutridas huestes de adolescentes -cuya repetitiva diversión cada noche era arremolinarse en la esquina de Libertador y Bunge para luego marchar a bailar a Ku y a Distrito- y por sus respectivos padres, que preferían atestar restaurantes y cafés céntricos o ir a comer asados a las casas de amigos, lo que funcionó mejor fue el espectáculo al paso, gratuito y al aire libre; esas multitudes bulliciosas de bañistas que notables figuras del rock -Vicentico, Paralamas, Babasónicos, La Ley, hoy mismo Lito Nebbia, entre tantos otros- supieron movilizar convocados por marcas top en muy concurridos paradores playeros.
El club La Revuelta, en cambio, se jugó a armar una interesante programación musical de calidad en el hotel Ramada Resort, atendiendo al mejor target turístico que suele ostentar Pinamar en comparación con otros lugares de vacaciones. Pero después de un arranque alentador, la concurrencia se fue desmembrando hasta casi desaparecer. A la que mejor le fue, Ligia Piro, debió, aun así, levantar su segunda actuación y Delfina Oliver vendió tan sólo una entrada e igual cantó para ese espectador y doce invitados más. El segundo Festival Jazz del Mar tuvo poco eco de público y sus organizadores ya piensan en concentrar sus dardos, cuando despunte 2005, en la más segura Mar del Plata.
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Por razones inexplicables, hay lugares que son más acogedores que otros para los espectáculos. Sin dudas, desde hace rato, Pinamar no está entre los primeros. Bien lo sabe Carlos Rottemberg, que tuvo la desdicha de abrir su primera sala en esa playa en el verano de 1979. Se llamaba Teatro del Mar y funcionaba en la esquina de Bunge y Burriquetas, frente a los aún hoy vigentes cines Pinamar y Bahía (que, dicho sea de paso, deberían mejorar urgentemente sus equipos de proyección y modernizar sus incomodísimas salas). Concibió entonces una programación rotativa y de lujo: China Zorrilla, Marikena Monti, Edda Díaz, Luis Brandoni, Mercedes Sosa, Antonio Gasalla y otros. Duró sólo 22 días, ya que el mejor bordereaux fue de 123 espectadores, que no cubría siquiera los viáticos de los artistas. Pero eso no fue lo más grave: cerca del departamento en Buenos Aires donde vivía Rottemberg aparecieron unos inquietantes volantes que lo acusaban de "apañador de subversivos". Como se recordará, en 1979, Jorge Rafael Videla estaba encaramado al frente del Poder Ejecutivo y la lista de desaparecidos se incrementaba día tras día. Al año siguiente, su local fue alquilado para estacionamiento y Rottemberg emigró con sus 350 butacas hacia la que sería su primera sala marplatense, el Corrientes 1.
Aun con ese pésimo antecedente, en enero de 1997 -cuando, según lo dictaminó la Justicia, una confabulación de policías bonaerenses y custodios de Alfredo Yabrán asesinó a José Luis Cabezas en las afueras de Pinamar-, un ex empresario galletitero, Horacio Pappola, se animó a inaugurar el Teatro de la Torre, en Constitución y Valle Fértil. Aunque la sala anota algunos éxitos desde entonces -"El patio de atrás", "Confesiones de mujeres de 30" y "Venecia"-, los socios eventuales de cada verano -Pablo Pérez Iglesias (La Subasta, de Mar del Plata), Pepe Albistur (ND/Ateneo), etc.- emigran para no volver, y este verano, incluso, fracasó el marido de Patricia Palmer, en tanto que Pappola, asfixiado por los impuestos municipales -de los que en Mar del Plata los teatros están exentos-, arrienda en invierno su sala a la intendencia para achicar esa deuda.
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"Brujas", un éxito probado desde hace añares en cualquier plaza, tuvo este verano en Pinamar bordereaux mucho más flojos que los que logró en San Bernardo, Santa Teresita, Villa Gesell, Miramar y Necochea.
Como consignó la nacion en su edición de ayer, en tanto Villa Carlos Paz, con veinte espectáculos, registró un 40 por ciento más de entradas vendidas en relación con el verano pasado, con "Smoke" el auditorio del pinamarense Hotel del Bosque, con capacidad para 250 personas, no pudo mejorar su promedio de enero más allá de las 150 entradas por función, de miércoles -el mejor día, curiosamente- a domingos, a 30 pesos cada una. La compañía de Pachano se despedirá esta noche, a las 22.30, luego de atravesar un febrero más que magro, en el que ese promedio se desbarrancó a 60 espectadores por función.
Aun cuando el telón va cayendo inevitablemente sobre el verano 2004, los proyectos para el próximo hacen caso omiso del desaliento que marcan las experiencias aquí relatadas, a los que también les pone el cuerpo y el aguante la gente del Teatro del Mar, con actores locales.
Porque, afortunadamente, es inherente a la condición humana porfiar contra la adversidad, el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales realizará en las próximas horas una primera avanzada sobre la denominada "Playa Verde" de lo que será "Pantalla Pinamar", un nuevo festival cinematográfico, entre el 11 y el 18 de diciembre de este año. Como aperitivo, mañana, a las 22, se proyectará, a manera de preestreno, "Conversaciones con mamá", de Carlos Oves, y pasado mañana, a las 11.30, China Zorrilla y Ulises Dumont, como padrinos del acontecimiento, plantarán dos pinos con sus nombres y descubrirán una placa.
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¿Podrá esta movida ayudar a cambiar los vientos hostiles que se empeñan en voltear un espectáculo tras otro en Pinamar por una brisa más amistosa que los haga prosperar?
Carlos Rottemberg, viejo conocedor de estas lides y que probó el amargo sabor de la derrota en esas arenas, alega como posible explicación que, al contrario de lo que podría pensarse, no es el poder adquisitivo más alto el mejor aliado del teatro. Su tabla de salvación ha sido, es y será siempre la sufrida clase media.
Pero ¿acaso no hay turistas de clase media en los veranos pinamarenses?
El enigma sigue abierto...
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