
El resumen del segundo fin de semana del evento
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El fin de semana tuve un accidente de moto (*) que melló mi salud y casi me impide ir al Club Ciudad, pero apechugué porque no podía quedarme afuera del cierre del festival auspiciado por la segunda marca de gaseosa cola más importante del mundo, esa que junto al Fernet Ramazzotti hacen una especie de banda tributo al Branca con Coca que ni te cuento. Aparte dos de los grupos que conforman mi Top 5 de favoritos de toda la vida tocaban en estos días (¿quieren saber los puestos? 1. Pink Floyd; 2. Los Auténticos Decadentes; 3. Manowar; 4. Kapanga; 5. Los Rolling Stones), de modo que quedarme en el monoambiente a encontrar figuras escondidas entre los dibujos del empapelado no era una opción (porque ya las encontré todas, claro): había que marchar hacia allá y lo hice.
Igualmente el viernes ni pisé el Ciudad porque tenía un bar mitzvah y el sábado tampoco porque me dio fiaca, pero sí fui el domingo. La novedad fue que por una vez no tuve que pelear con la acreditación: me apiolé y, disfrazado de cadete (o sea, vistiéndome un poco mejor que todos los días), le mejicaneé las entradas a Alfredo Rosso, quien luego se enteró y me corrió desde Libertador y Callao hasta Obras tirándome cascotes y gritándome "puto, puto" en numerosas oportunidades. Al llegar al McDonald’s de Manuela Pedraza me percaté de que lo había perdido y aminoré la marcha. Enfilé para la entrada, le dejé unas monedas a cpicolini que estaba tirada en el piso mangueando pesopalabirra y me encontré con el primer contratiempo: un duro enfrentamiento entre un grupo de fans radicalizados de Leo García y la Policía Federal, que lógicamente terminó con una victoria aplastante de las fuerzas de seguridad, aún cuando estos sólo contaban con un Cabo Primero de 130 kilos y un Sargento con una muzzarella en cada mano. Igual después vino El Fantasma de Pappo con un gato hidráulico como arma y dio por terminada la batahola tirando todo a la mierda.
Traspasando una larga línea de controles de seguridad que incluyeron un cacheo, la revisión de mi mochila y una tomografía computada, logré llegar a la carpa de prensa, donde -luego descubrí- un laboratorio llevaba a cabo un experimento encubierto destinado a verificar cuánto tiempo puede vivir un periodista alimentándose exclusivamente de Twistos y Mirinda. Las bajas con respecto al fin de semana anterior eran cuantiosas (incluso se vio gente chapoteando en charcos de su propio vómito mientras desvariaba) pero unos pocos pudimos sobrevivir para contarlo.
De Kapanga mucho no voy a decir: todos sabemos que son la mejor banda argentina desde Los Beatniks. Entonces vi a The Ting Tings, y sumé a la junta de firmas que circuló por el predio para repudiar públicamente la decisión de la cantante de no mostrar las tetas en ningún momento; por lo demás, un intenso set de pop brillante, bailable y execrable. Allí, un nuevo contratiempo: un grupo de fans de Fidel llegaron al Club en caravana, sólo para descubrir que colgaron y llegaron al show de su ídolo con dos días de retraso. La reacción fue unánime: "Uuuuuuh boluuuuudo".
Fue en ese instante donde se produjo el incidente del que todos hablamos durante estos días: La Señora a la Que le Molestan los Ruidos, célebre en el ambiente rompepeloteril por otras actitudes similares como llamar a la yuta cuando el vecino festeja su cumpleaños un día sábado o no devolver la pelota cuando cae en su patio, se paró en la puerta con un MP3 y dijo "si el recital suena más fuerte que esto se arma goma". Un juez de la nación dijo "y bueno, dale" mientras se metía un chute de heroína, y la organización se vio obligada a bajar el volumen a niveles absurdos. Así, los conciertos de Los Deca y Gogol Bordello fueron lo más parecido a un dígalo con mímica que se haya visto por estas tierras, una especie de playback con el pause atascado. En un momento me sonó el celular y todo el mundo se dio vuelta a mirarme y me hizo "ssshhhhh". Lamentable.
Los Cadillacs, en tanto, siguen prolongando su regreso, esta vez haciendo versiones de las versiones de sus propias versiones, en una especie de metacoverismo digno del mejor Lalo Ranni. Su show fue contundente, pero toda la concurrencia extrañó el aporte de Luciano Jr.: la banda nunca será lo mismo sin su talento. En eso, una nave alienígena desembarcó en pleno show de Dante y volvió a irse inmediatamente.
Ya para esa altura, la prensa malnutrida alucinaba: comenzó a correr el rumor de que se produciría la esperada reunión de Oxizakre para tocar su hit "No tiene nombre" antes de Calle 13, pero la noticia quedó desmentida al instante al comprobarse que el violero original sigue en la colimba y su reemplazante Quique de Funeral empeñó la guitarra en 1999 para comprar un Rastrojero con el que actualmente hace fletes y lleva a los pibes a ver a Defensa y Justicia todos los sábados. Igual por las dudas le pregunté a Roberto, y me dijo "no".
En eso pensé que una horda de Fiats Duna tuneados habían dejado su hábitat natural de Conurbano Bonaerense para invadir el Club Ciudad pero no: era que había empezado a tocar Calle 13. Residente, el cantante del dúo de reggaetón culpógeno, se escribió con marcador la frase "Say No More" en la espalda, la cual a la hora de show se transformó -chivo mediante- en algo como "baylonwor", "sailormoon" o algo así.
Para cuando comenzó Catupecu Machu ya eran las cuatro menos cinco de la madrugada y hacían siete grados bajo cero de sensación térmica. Eso, sumado al efecto devastador de los Twistos en mi tracto digestivo, determinaron mi huída intempestiva. Al llegar a la puerta encontré a La Señora a la Que le Molestan los Ruidos tratando de imponer otras prohibiciones arbitrarias como la de sacarle fotos a un conejo un miércoles a la tarde, o la de incendiar el Teatro Gran Rex el día que toque Pimpinela. El juez de la nación, zarpado de morfina, le decía que sí a todo.
Cansado y sin un mango, le choreé las monedas que le había dado a cpicolini para poder tomar el colectivo y emprendí la vuelta a mi hogar, satisfecho por haber visto y casi escuchado otro festival inolvidable.
(*) Mientras caminaba por Sarmiento y Montevideo me golpeé la mano contra un scooter que estaba estacionado en la vereda y me hice un rayón que me dolió bastante, y hasta me salió sangre.






