
Primer plano de la intimidad
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"La Cruz" (Argentina, 1997), presentada por Cinemanía (Agresti Films-Orler).
Fotografía: Mauricio Rubinstein. Música: Paul van Brugge. Montaje: Alejandro Brodersohn. Arte: Guillermo Kohen. Intérpretes: Norman Briski, Mirta Busnelli, Carlos Roffe, Laura Melillo, Silvana Silveri, Harry Havilio, Sebastián Polonsky. Guión, 2a. cámara y dirección: Alejandro Agresti.
90 minutos.
Nuestra opinión: muy buena
Las desgracias de Alfredo, un crítico de cine, vienen de lejos, pero el relato accede a ellas cuando su jefe en la redacción le pide que reduzca el rigor de sus críticas y que las oriente por donde el medio desea. Alfredo da un portazo y elige la libertad de pensamiento, no sin antes pegar cuatro gritos. Paradójicamente, estas escenas fueron filmadas en la redacción de La Nacion, donde jamás se exigió semejante atrocidad a un crítico. En el medio de un estado de gran compresión espiritual, Alfredo empieza a arrojar por la borda su vida, sin perder nunca la simpatía, sin negarse a la tragedia que avanza implacable y sin olvidar que su profesión le viene del corazón. Alfredo es el protagonista de una película de Alejandro Agresti, director múltiple y prolífico, dueño de una poética individual inigualable, personal, inquietante y de segura repercusión en la piel y en el alma de los espectadores.
Hay dos espléndidos protagonistas en "La cruz": Norman Briski, por supuesto, en su descentrado Alfredo; y la cámara (una en manos de Marcelo Hans Bonato y en las de Agresti, la otra), convertida en un narrador puramente visual, anónimo, de vocación cubista en su voluntad de mostrar cada escena desde todos los ángulos posibles. Hay algunos usos de zoom, tan fuera de sitio habitualmente, aquí dirigidos a quitar de situación a los personajes gracias al primer plano.
Como casi siempre -en "La cruz" también-, hay una región porteña que Alejandro Agresti metamorfosea en una suerte de estudio callejero, donde es posible la acción casi mítica que construye. En las vecindades de las calles Corrientes y Paraná y de ésta con Sarmiento, suceden los encuentros de Alfredo consigo mismo en descarnada confrontación con la melancolía de lo que le falta: la familia (la encuentra en una formidable improvisación en el restaurante Chiquilín) y la pantalla para el crítico de cine, a la que acaricia desolado en los altos de la librería Gandhi, donde una vez estuvo el cine Lorraine. Todos estos nombres, espacios y situaciones imponen un personaje a quien hay que rearmar desde la platea. A cada paso, cuando lo tenemos, se nos escurre entre el humor, la falta de piedad, el comportamiento descabellado y la necesidad de entregarse al siguiente pasajero de esta historia.Sólo es posible semejante juego entre el drama y la payasada cuando quien mete a Alfredo en su cuero es Norman Briski, el divino Briski, ese actor que debe haber hallado en Agresti la horma para su libertad más absoluta de creación. El film se vuelve inmediatamente un "festival Briski" o un homenaje a la admiración con que el director debe haber apostado sus cámaras frente al dueño de tan inmenso circo de humanidad.
Agresti no le tiene misericordia a su intérprete: lo pone frente a la cámara y lo hace actuar: ¿cuántos minutos duran los mimos de Briski con la imagen antes de acariciar la pantalla del cine? ¿Qué habrá sentido la familia del restaurante a la que le pidieron que hiciera el silencioso contraplano de miradas para una improvisación del actor, mientras dos cámaras anticipaban un articulado montaje posterior?
Hay otros dos momentos inolvidables de actuación y realización tales como aquellos del encuentro en un restaurante de la avenida Callao entre Briski, con peluca de crin, y Busnelli, con el deseo sexual a costa de todo; y el de Briski con el nuevo marido de su mujer (Carlos Roffe). Uno se pregunta si Busnelli, Roffe y los otros estupendos antagonistas confían en Agresti o lo dejan hacer porque lo único que les pide es jugar. El espectador tiene la misma misión: jugar, aunque el final lo deje lastimado y aunque haya notado que, si se estira el relato, es porque a cualquiera le cuesta sostener bien arriba un film-monólogo, no sentencioso, pero elocuente en su sinceridad y austero en el manejo de medios. Es el costo de medirse con la más estrecha intimidad.





