
"Proponemos cincuenta minutos de oscuridad total"
A boca de jarro: José Menchaca
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El director hace las veces de lazarillo y maestro de ceremonias, está de espaldas e invita al recién llegado a apoyar sus manos en los hombros de él y dejarse conducir por un pasillo en penumbras. El viaje es corto y termina en la sala donde la oscuridad es total. Entonces, otras manos (ahora invisibles) reciben al espectador y lo guían a su asiento.
"Estrenamos hace tres años, el 25 de octubre de 2001, en Anfitrión, una sala de la calle Venezuela 3300. Estábamos muy nerviosos, nunca habíamos intentado algo semejante. De pronto, se descargó una terrible tormenta y hubo un corte de energía en toda la cuadra. El sonido enmudeció, pero enseguida se encendió la luz de emergencia. Los actores ciegos no se dieron cuenta, pero los videntes nos apresuramos a apagarla. ¡Seguíamos necesitando oscuridad! Algunos espectadores llegaron a creer que era un efecto de la puesta en escena. Todo era silencio, hasta que el sonido volvió y pudimos comenzar el espectáculo. Lo tomamos como un signo de buena suerte... y creo que no nos equivocamos", recuerda José Menchaca, director de La isla desierta, de Roberto Arlt, que en versión adaptada para teatro ciego interpreta el Grupo Ojcuro, desde hace dos años, en el Centro Cultural Konex.
–¿Qué es el teatro ciego?
–Un teatro que prescinde de la vista. Durante cincuenta minutos le proponemos al espectador asistir a un espectáculo donde la oscuridad es total, y seguirlo a través de sonidos, fragancias y sensaciones como viento, lluvia, mar.
–¿Cómo se les ocurrió?
–Una vez, hace tiempo, mi socio, Gerardo Bentatti, me invitó a ver un espectáculo de teatro ciego. El elenco era cordobés, la pieza se llamaba Caramelos de limón, y era una creación colectiva. Me maravilló, la oscuridad hacía que mi mente produjera una catarata de imágenes totalmente inéditas. Sin embargo, pasaron catorce años hasta que nos decidimos a montarla.
–¿Por qué Roberto Arlt?
–Es mi autor preferido, y no soy el único. La isla desierta fue escrita en 1937 y estrenada en el Teatro del Pueblo, que dirigía Leonidas Barletta, como casi todas las obras de Arlt. Esta versión tiene algunos cambios: los relatos de Cipriano, el cordobés que hace soñar a los agobiados empleados, están teatralizados.
–¿Cómo consiguieron los actores?
–No fue fácil, porque las instituciones especializadas tienen mucho miedo de que los usen. Los protegen y cuando uno se acerca, en general, lo rechazan. Finalmente, en la Biblioteca Argentina para Ciegos descubrimos a un grupo que hacía teatro leído y eso fue la base. A la convocatoria (contra lo que esperábamos) concurrieron 25 candidatos, de los que seleccionamos seis. Al comenzar éramos nueve: cuatro ciegos, un chico con una importante disminución visual y cuatro actores videntes. Lamentablemente, hace muy poco falleció Diana Ziseskind, una gran pérdida.
–¿Y la escenografía?
–Por supuesto, la escenografía es sonora. La acción transcurre en una oficina de contaduría, en un décimo piso cuyos ventanales dan al puerto. Hay un fuerte ruido de máquinas de escribir y de calcular, teléfonos, bocinas de barcos. Todo esto está grabado y es lo que denominamos colchón sonoro, es la base. Sobre ese colchón se construye la acción.
–¿Qué pasa?
–La rutina, el fastidio y la expulsión de Manuel, un viejo empleado, desencadenan una suerte de revolución efímera, pero revolución al fin. El motivador es Cipriano, un empleado de limpieza cordobés que cuenta que fue marinero y que recorrió el mundo, que vivió aventuras en Shangai, el Caribe, Arabia, etcétera.
–¿También está grabado?
–No, es sonido en vivo. Y tuvimos que crear una serie de objetos para imitar ruidos, voces de pájaros, rugidos, fragancias, brisas marinas y lluvia.
–¿Cómo eran los ensayos?
–Lo actores ciegos están acostumbrados a moverse en la oscuridad, pero para no chocar necesitan referencias, un espacio que les dé seguridad. Por ejemplo, pequeños ruidos o cosas que pueden tocar.
–¿Y los actores videntes?
–A los actores videntes les hicimos crear un mapa mental del escenario para que lo grabaran en las retinas, con los espacios para desplazarse, posición de los objetos, situación del público. Luego les vendamos los ojos y los hicimos ensayar en medio de una oscuridad progresiva: 50% de falta de luz, 60%, etcétera. Recordé que cuando era chico jugaba al cieguito o al gallo ciego y que trataba de aprender de memoria referencias que me ayudaban a no caerme. Bueno, esto era igual.
Entretelones
Los ensayos duraron un año. Nos reuníamos en la Biblioteca Argentina para Ciegos dos veces por semana, durante tres horas al principio, y en los últimos meses, tres veces, con jornadas de cuatro horas. Por otra parte, los solos de clarinete que interpreta Rubén Oscar Ronchi, actor no vidente y miembro de la Banda Sinfónica de Ciegos, no están grabados. Rubén los improvisa al comienzo de las escenas más importantes.
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