"Pulgarcita...", la vieja magia del títere
"Pulgarcita me contó". de Sarah Bianchi. Actores titiriteros: Adela Litvak, Laura Ferro y Luciano Padilla López. Puesta en escena y dirección general: Sarah Bianchi. En el Museo Argentino del Títere de la Fundación Mane Bernardo-Sarah Bianchi. Piedras 905. Sábados, a las 16. Nuestra opinión: muy bueno.
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"Los títeres del museo no quieren estar en vitrinas. Algunos son como personajes que se quedaron sin compañeros de cuento, pero muchos a mí me dicen que quieren seguir trabajando". Más de una vez, Sarah Bianchi ha hecho este u otros comentarios similares, cuando presenta el material en exhibición en su Museo. No es de extrañar que en su espectáculo actual "trabajen" algunos muñecos que protagonizaron otras historias en la trayectoria de la Compañía de Mane Bernardo-Sarah Bianchi. Es preciso tener en cuenta que los títeres son muy viajeros.
Presenciando "Pulgarcita me contó", uno puede comprobar que a los niños no les preocupa demasiado si los muñecos responden a distintas estéticas, les importa que sean personajes creíbles y que estén contando un cuento. Es indudable que Sarah Bianchi lo sabe y en homenaje a estos viejos actores de tantos retablos crea una estética propia, en una especie de collage de técnicas de manipulación, de texturas, colores y materiales de elaboración, unidos por la vigorosa puntada de la historia narrada por Pulgarcita.
Lo único que los chicos piden es un relato convincente, creíble. Y eso está. Por eso, tal vez suceden situaciones de fuerte comunicación, momentos mágicos entre los niños y los títeres.
Pulgarcita le cuenta al presentador sus aventuras y cada una es un apasionante episodio resuelto con técnicas que van del tradicional guante, las siluetas, las transparencias, teatro negro, hasta los títeres de varilla y el marote. Los espectadores siguen con interés la narración, se maravillan con las transparencias y la luz negra e intervienen espontáneamente para asesorar y proteger a la protagonista, que viaja en busca del Príncipe de las Flores, y corre en el camino numerosos peligros.
"Yo te avisé", dice un chiquito de no más de cuatro años, "pero vos te quedaste dormida. No hay que dormirse cuando a una la persigue un monstruo", concluye con paternal lógica admonitoria.
Un hecho comunitario
El teatro funciona como lo que realmente es: como un hecho comunitario, un rito. El entorno contiene a los niños y con distintas señales les está diciendo: allí adelante está por pasar algo. La historia tiene el equilibrio necesario y reúne con ingenio los ingredientes del cuento de hadas: el personaje, la búsqueda, el viaje, los obstáculos, los amigos que ayudan. La manipulación es cuidadosa; revela un buen trabajo de técnica y oficio.
Es importante la dosificación: las escenas no se extienden en demasía, los detalles no se explotan demasiado, los diálogos son breves, la acción, necesaria. Hay un ritmo interior que se respeta y pauta todo el trabajo.
Los niños regresan a ver a "Pulgarcita..." varias veces. Es indiscutible que pueden practicar con entusiasmo la reiteración del placer. Es un disfrute agregado: se descubren nuevas facetas, se recuerda lo que más gustó y se intensifica el placer de anticipar.






