
Pudo haber sido cocinera, traductora de inglés o psicóloga. Pero es top model. Es una de las mujeres más soñadas del país y sólo sueña con vivir en la playa. Tiene un cuerpo perfecto y miedo de ser un embole.
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El peor problema que Dolores Barreiro enfrentaba la primera vez que nos encontramos era el color de su pelo. Por el contrato que firmó con Clairol, todavía era rubia. Pero ella odia estar rubia. Tal vez porque, como imagina, rubia le gusta más a los hombres. Y ella ya no quiere ser carne de la fantasía de nadie.
Por eso, la top model mejor paga del país (a excepción de las globalizadas Valeria Mazza y María Inés Rivero) decidió, además de abandonar los desfiles en ropa interior, suavizar su maquillaje, adoptar atuendos más casual y quitarse el platinado de la cabeza. Para una profesional de la imagen, estos cambios son, casi, un terremoto fashion: transmiten cierta rebelión, una forma de hacerse fuerte y mostrarle al mundo que esos labios diseñados y ensanchados por el bioplastic (un compuesto permanente que reemplaza al colágeno) también saben decir no.
A los 23 años, Dolores es una señora, está casada desde hace catorce meses y piensa más en hijos o en trabajar y volver rápido a su casa que en recibirse de diosa. "Al principio desfilar era divertido, tenía mucho de juego histérico; pero a esta altura, para mí, los desfiles no son ni divertidos ni lindos ni nada. Es mi laburo, voy, los hago y ya está", susurra mientras fuma, casi nerviosa, uno de sus diez cigarrillos diarios. Por un momento, el humo del tabaco trata de confundirse con el de los inciensos dulzones que arden por toda la casa (hasta en el baño hay dos); es la primera vez que un periodista entra aquí, en su refugio del barrio privado Los Angeles, en Ingeniero Maschwitz, y Dolores ofrece un café que finalmente hará su "chico" Matías porque ella, que odia la palabra "marido", tiene algunos problemas con la cafetera. La leche para cortarlo llega en un sobrecito robado de algún Mac Donald’s y, mientras se disuelve, el humo silencioso y fugaz del café también comienza a perderse por esta casa de ánimo protector y sobrio, donde hasta los gatos -Thelonius y Babilonia- son de lo más pacíficos. A un lado, el equipo de música, las guitarras de Matías, los casi trescientos CDs de la pareja y el telescopio ("es un hobby de él, y a mí me encanta que mi chico sea el hombre de las estrellas"); del otro lado, detrás de la salida a un bosque portátil en cuyo centro está la piscina y cruzando el minibar que rodea a la cocina, un pasillo sinuoso conduce al baño y a la habitación donde sueña una de las mujeres más soñadas del país.
Despierta pero ronroneante, sentada en el suelo de su living de algarrobo y llovizna, después de casi tres horas ininterrumpidas de preguntas y confesiones de invierno, es difícil olvidar que, en su ambiente de envidia siliconada, a esta chica le dicen La Reina. ¿Por qué? Porque, entre otras cosas, es la única que se anima a decir, con todas las letras, que "hay modelos que se divierten porque les encanta que les miren el culo, el culo musculoso que tienen. Pero yo ya no necesito eso y tampoco me hace gracia: ahora soy absolutamente consciente".
¿Consciente de qué? Antes que nada, de que es una marca exitosa; por eso no quiere decir cuánto gana, un promedio mensual que -según confían discretamente los más moderados- rozaría los 10 mil dólares. También se da cuenta de que ha vivido muy rápido: a los 17 era una alumna "demasiado alta, demasiado flaca", incapaz de llevarse una materia; a los 18 explotaba en las pasarelas y se ponía de novia con Pancho Dotto (21 años mayor); a los 19 se hablaba de casamiento; a los 20 hacía unos diez desfiles semanales y comenzaba a viajar por todo el mundo, y a los 21 rechazaba ofertas para vivir y trabajar en Europa, reemplazaba a Deborah de Corral como cara bonita de El Rayo y se casaba con Matías Camisani, aspirante a rockero, actor incipiente en Gasoleros y modelo cuyo manager también es Pancho Dotto.
Ahora admite que su precocidad le crea "un poco de confusión" y que, cómo no, le habría gustado "ser más anónima y normal". Con la vida que lleva, que implica marchas forzadas a la dermatóloga, listas negras de tortas y helados y un ritmo de exposición pública que genera en ella ganas de salir a matar cholulos, asume que "es difícil aceptar tanta popularidad porque quita un poco de autonomía. Pero, en definitiva, hay que aceptarla y disfrutarla. Ese es el secreto, ¿no?". De hecho, si se siente presa del glamour y la fama, Dolores sabe muy bien cómo recuperar su libertad: se tiñe el pelo lo más parecido posible a su castaño natural y enseguida vuelve a ser ella.
-Dos de tus músicos favoritos son Jim Morrison y Bob Marley. ¿Se puede saber si probaste drogas?
(Risa entre sospechosa y cómplice.)
-¿De qué te reís?
-Bueno, está el tema de la marihuana, suponete. Yo he leído muchos libros que hablan de sus propiedades curativas, calmantes de marihuana... Y también leí estudios que dicen que te hace peor emborracharte mal que fumarte un porro, así que creo que la marihuana podría legalizarse.
-Ajá. Podría legalizarse. ¿Pero probaste o no probaste?
-Sí, probé.
-¿Y, qué te parece?
-¿Qué me parece qué?
-Lo que probaste. Por ejemplo, Clinton dijo que probó, pero que no tragó el humo. (Risas de ella.) ¿Sabías?
-Sí, sabía, pero eso...
-Entonces él dice: yo no puedo opinar porque no tragué el humo.
-Qué sé yo. Me ponés en un compromiso.
-Es una cosa muy personal, pero sería interesante que vos digas algo sobre esto.
-Y... Me parece que, viste, que todo es... qué te puedo decir al respecto.
-Por ejemplo, podrías decir... ¿Yo tengo que decírtelo? (Más risas, divinas, de ella.) A ver, podés hacer diferencias entre una droga y otra.
-Ah, bueno, pero yo no probé otra cosa que marihuana, ¿eh? Y me parece que es como todo, todo en extremos es malo y hay drogas que nunca probaría. Cocaína nunca probaría.
-Ni probarla.
-No, sí, por ahí, viste, qué sé yo. Lo malo son los excesos, me parece.
-¿No creés que es un poco absurda la condena social y legal a la marihuana?
-Y sí, es absurda. Además, me parece que hay tanta gente que fuma marihuana... Lo que pasa es que hay todo un tema de prejuicio, y la sociedad argentina es muy prejuiciosa.
-Si se legalizara, la gente tendría menos oportunidad de ser prejuiciosa.
-Sí, pero hay tantos dinosaurios prejuiciosos... ¿Vos creés que se iría el prejuicio?
-No inmediatamente, pero...
-¿Viste el tema "te fumaste un porro, sos un drogadicto"? Eso es ridículo. Me parece que hay drogas que sí son fuertes y yo no sé bien por qué no las probé, pero no recomendaría idealizarlas porque sería un descontrol.
-El ácido. O el éxtasis.
-Sí, y además son químicas. La marihuana es una hierba, es producto de la naturaleza, y yo creo que la naturaleza es sabia y que, bueno, también es cierto que te podés morir de cosas naturales que son venenosas, pero se han hecho estudios sobre la marihuana de gente grossa, científicos grossos, no cualquiera.
-Los rastas dicen que tiene origen divino. Es una posibilidad.
-También hay unos hongos alucinógenos que...
-¿Te dan curiosidad?
-Sí, sí, claro que me dan muuucha curiosidad. Me dan mucha curiosidad.
-¿Y no te animarías a probar?
-¿A probar qué? ¿Hongos, por ejemplo? Sí, sí, me animaría. De una.
-En aquel desierto mexicano de Carlos Castaneda y Don Juan.
-Uy, en México, obvio. Sí, sí, no tengo miedo. Y además no soy una mina adictiva. Por ejemplo, yo fumo cigarrillos, y si tengo que dejar porque me agarra un ataque al pulmón, dejo de fumar de una. No soy una mina que me haga adicta a todo. Así que me animaría a probar perfectamente.
¿que tiene esta chica para que el fóbico de Spinetta le haya concedido su única entrevista televisiva de los últimos tiempos? En El Rayo, Maradona le dijo que no va a Jamaica "por miedo a no volver", Lanata no tuvo problemas en recordar que de chiquito era "el boludo de la clase" y Cavallo, a quien llamó "Minguito", se dejó acariciar la pelada. A menos de un metro de distancia, un tipo sensato como Chacho Alvarez se volvió loco, le tomó la mano izquierda y, ya con la palma en su corazón (de él), le preguntó si no sentía nada (?). Otro menos sensato, Silvio Soldán, directamente la avanzó: "Yo le preguntaba cómo era, para él, una noche ideal", cuenta Dolores, "y él me hacía toda la descripción y después me decía adónde podíamos ir, juntos. Yo no lo podía creer, es impresionante lo mal de la cabeza que está el pibe. Fue el que más me chocó".
Lo que tiene Dolores salta a la vista: una belleza caliente, curvas peligrosísimas y las mejores piernas del país. Invisibles pero igualmente palpables están su atrevimiento, su simpatía y muchas ganas de aprender. La chica ha declarado públicamente que es "incapaz de hacer una nota sola, sin el equipo de producción", y hay que creerle. Lo suyo es poner la cara, darle voz y rostro al tono de modernez bamboleante con el que El Rayo revolucionó la estética y el diseño de la imagen televisiva. No es periodista. Tampoco le preocupa demostrarse que podría serlo, y quizás ése es uno de sus mayores méritos.
"Dolores tuvo que bancarse algo que, me parece, fue un error", dice Diego Guebel, productor ejecutivo de El Rayo y uno de los cerebros de la productora Cuatro Cabezas, la usina creativa de donde también brotaron Caiga Quien Caiga y Delicatessen. "El programa cambió de canal, de horario, de contenidos y de conductora, todo al mismo tiempo. Además, nosotros ni siquiera habíamos hecho un casting para elegir a la sucesora de Deborah. Simplemente teníamos el feeling de que Dolores podía funcionar. Y lo que le pedimos, ella nos lo da muy bien: manejo de la información y mucho esfuerzo personal. Su fuerte está ahí, en el manejo de esa data, que utiliza con una inocencia bárbara para preguntar."
Con Dolores al frente (pero no al mando, ya que los guiones de sus entrevistas le pautan hasta los chistes), El Rayo se estacionó en un rating promedio inferior al que tenía durante la época con Deborah de Corral: 7 puntos contra casi 11 de Deborah en Canal 13, aunque este número se relativiza si se tienen en cuenta los 5 de De Corral en su última etapa, ya en América TV. De todas maneras, tanto el programa como el estilo de conducción se han vuelto más atractivos y maduros.
Desde que está Dolores, El Rayo se dedica menos al mundo fashion y más a la actualidad, un cambio de rumbo arriesgado, pero que enriqueció su propuesta. Paradójicamente, la televisión -cuyos rasgos principales son la banalidad, la vulgaridad y el embobamiento- abrió los ojos (marrones, profundos) de la modelo convertida en conductora y le mostró que hay vida más allá de la frivolidad. "A partir de El Rayo me cambió totalmente la visión. El tema de las modelos pasó a un segundo plano. Hay algo que es muchísimo más importante que la belleza y todo eso; antes lo sabía, pero me choqué con esa realidad desde que estoy en la tele. Ahora tengo claro que por más que seas divina, no pasa nada", dice.
-Pero durante unos cuantos años sólo vendiste belleza, y ahora decís que con la hermosura no pasa nada. Es como si, habiendo trabajado para los principales diseñadores de moda, de pronto dijeras que la ropa no es importante.
-Es que no es importante. Por mi laburo tengo que darle bola, pero a mí me encantaría tener nada más que dos pares de jeans, dos remeras y listo. No es necesario tener mucha ropa, ni un montón de zapatos. Si mi atuendo preferido es jean, remera y zapatillas...
Mientras la espero en el estudio del fotógrafo Urko Suaya, donde va a grabar la entrevista de El Rayo con Arnaldo André, sus compañeros de trabajo destacan esa humildad insólita en una aprendiz de estrella. "A los dos meses de conocernos, ya estábamos descontrolando en su casamiento", dice alguien del equipo, con la secreta intención de diferenciar el estilo Dolores del de Deborah de Corral; "es así: los que no la conocen primero tienen prejuicios, pero después terminan adorándola".
Tal vez para subrayar que, por más accesible que sea, ella sigue siendo La Reina, Dolores llega tarde. Tiene suerte y menos años de divismo: por eso André llega más tarde todavía y arma un revuelo por el que consigue ser el centro de la atención. Dolores no compite y ahí se deja ver su inteligencia. Quiere hacer bien su trabajo, progresar y nada de histeriqueos. Durante el reportaje, arrincona a Arnaldo para saber si "besa con la mirada". En plena tarea de seducción, al ataque con el guión y su minifalda, miro sus ojos (ahora más grises, como cansados) y me doy cuenta de que sabe perfectamente de qué está hablando.
-Sabías que el polista Ignacio Heguy... ¿lo ubicás?
-No sé bien cuál es. Conozco a uno, pero no sé bien cómo se llama. Horacio, creo.
-Nueve de hándicap, juega en Indios Chapaleufú II. Bueno, le puso Barreiro a su caballo preferido, por vos.
-¿Eh? ¿En serio me decís?
-Sí, se llama Barreiro.
-¿No será por Jorge Barreiro?
-No . Dijo: "Le puse así por la Dolores."
-¿De verdad? ¿Qué es, una yegua o un caballo?
-No, una yegua. Su yegua preferida: supongo que para un polista su yegua preferida es muy importante.
-Y, sí, debe ser importante.
-¿Cómo te tomás eso? ¿Como un halago o te parece feo?
-No, me sorprende, pero tampoco me parece feo.
-Es un halago, entonces: pensás "qué bueno".
-Tampoco es un halago, ni me va ni me viene. Que haga lo que quiera con su yegua. Igual es un poco fuerte que le ponga Barreiro a su yegua, ¿no? Pero la verdad es que no me importa ni el Heguy ni su yegua.
en internet hay una foto trucada de ella. es porno y la muestra dándole cierto uso previsible al bioplastic. Qué dirá su padre, pienso, teniente coronel retirado, actual dueño de una empresa de seguridad privada, administrador del dinero de su hija hasta que se transformó en esposa y tipo bastante "rígido" según la propia Dolores. "Cuando era chica defendía a muerte a mi viejo y a los militares, trataba de explicar que no todos los militares eran malos... Y algunas discusiones eran grossas, aunque yo medio que vivía en una burbujita. Pero hoy soy consciente de que hubo mucho abuso de poder y que fue una época de mierda", aclara, mientras ve aterrizar una cuestión que para ella fue, o es, complicada. "Y es que nunca estuve muy informada de qué fue lo que pasó durante la dictadura. En un momento tuve curiosidad y me dieron ganas de hablar de eso con mi papá, pero al final nunca lo hicimos. Ahora no lo necesito tanto porque sé perfectamente que mi viejo es una persona superhonesta y bondadosa. Pero ya crecí y no me da para defender a los militares en general", remata.
En todo caso, Dolores trata de no darle mucha importancia ni a ese tema ni a la dichosa foto. Ni siquiera se molesta en enterarse cómo llegar a ese site espeluznante, si por Yahoo o Alta Vista. Desde que vive con Matías ("el Chu"), los hombres y sus ilusiones eróticas han pasado a ser una abstracción tan difusa como en algún momento lo fue su futuro: en un mismo año pasó del interés por la psicología a las dos clases de traductorado de inglés que tomó antes de dejar porque la trataban "como a una nena". Después pensó en intentar algo con la gastronomía, última esquina de la indecisión estudiantil que la vio alejarse definitivamente rumbo al brillo de las pasarelas. "Cuando empecé a trabajar como modelo estaba en 5º año del secundario, era muy chiquita y no tenía definido qué quería hacer. Pero surgió esta posibilidad y acá estoy. Supongo que, en el fondo, me gustaba hacer lo que estoy haciendo ahora", explica.
Y en realidad cuesta verla en otra profesión. ¿Encerrada en un estudio en penumbras, entre diccionarios de inglés? ¿Cortando calamares, acalorada por los vapores de ollas y salsas? ¿Hundida en libros de Freud, enamorando pacientes acomplejados por sus ganas de arrastrarla al diván? Ni hablar. "Dolores tiene una combinación de bebota y mujer fatal, con su edad y ese físico impresionante", escribió Pancho Dotto alguna vez, y él sabrá bien por qué lo dice; "lo tiene todo: sus proporciones físicas son únicas y es lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que éste es un momento que no debe desaprovechar".
-¿Es verdad que antes de ser modelo te sentías un escracho?
-En la escuela, sí. Pero después, con este laburo y la aceptación de la gente, aprendí a mostrar lo mejor de mí.
-¿Y qué es lo mejor?
-¿Físicamente? Supongo que mi cuerpo es lo más lindo.
-¿Todo?
-No, no, no todo, ¿eh? Hay cosas que me disgustan. Pero me parece que mis piernas son lo más lindo que tengo.
-¿Y lo que no te gusta?
-No sé, estoy bastante conforme...
-Qué coqueta. Seguramente hay cosas que no te gustan.
-Sí, hay cosas que no me gustan, qué sé yo.
-Pero no lo dirías.
-Y, es medio...
-...como revelar el peor de los secretos.
-No sé, tengo épocas. Hay épocas en las que me llevo mal con mi nariz, otras en las que no me gustan mis manos, que son muy grandotas. Casi de hombre, mirá.
-¿Y los pies? Los orientales, que saben de estas cosas, dicen que no hay nada más sensual que los pies.
-Uy, son muy grandes. Calzo 39. Pero lo peor es que soy muy larga. Hay veces que, como soy bastante torpe, me siento re-larga y no coordino mucho.
Realmente es muy larga y flaca, tal vez demasiado para paladares más que exquisitos. Un metro ochenta y dos, 55 kilos (a veces, ¡53!), orgullosa de lo que ella llama "mis pechitos" y, quien quiera oír que oiga, retirada de la democracia sexual a partir de su casamiento. Ahora, como buena esposa, dice estar (casi) segura de que no perdonaría una infidelidad, pero en tiempos de soltería descubrió a Matías cuando ella todavía salía con Dotto y él con la modelo Yamila Díaz Rahi. "Nnno es tan así, los dos estábamos terminando nuestras relaciones anteriores", explica, en lo que es la versión oficial de un romance top de lo más discreto.
Otras estrellas de los desfiles fueron estridentes a la hora de exhibir su destino matrimonial: Valeria Mazza vendió los derechos de su boda y luna de miel, y María Inés Rivero dejó colgado al francés Alé de Basseville, quien en venganza resucitó en Punta del Este para salir a la caza de una infante -16 años-, Juanita Viale del Carril. "A mí no me va el show de los tipos, onda Machos de América. Lo que me gusta, y me seduce, es la dulzura, la ternura, la bohemia, la honestidad, el ir de frente. Lo sensible, el lado femenino de un hombre. Bueno, el masculino también; si no, ya sería otra cosa", confiesa. Por eso le debe gustar tanto Matías. A riesgo de parecer un pollerudo infame, él le pidió público perdón a su entonces flamante esposa por el tierno piquito que le dio a Claudia Fontán y Elizabeth Vernaci en Infómanas. "Dale, que un piquito no es besito", le tuvo que rogar Vernaci. Después, le mandó sus disculpas a Dolores. Sin caretas. Las que ella también evita para seducirlo "porque en el amor y en el sexo hay que estar relajada. No es importante ni cómo es la ropa interior ni nada. Es más, en bolas es mejor".
dolores barreiro está cambiándose detrás de esta puerta entreabierta. Estoy solo, sentado en un banco, en el patio del estudio fotográfico que servirá para la producción de Rolling Stone, y la escucho canturrear mientras espera a su productor. Supongo que no muchos hombres han tenido el privilegio de estar, en plena intimidad, a esta distancia, mínima y tentadora, de una mujer tan hermosa. Pienso (no mucho) y me corrijo: el verdadero privilegio sería verla ahora mismo, romper el pacto de tanto profesionalismo inoportuno y sí, espiar por esa cerradura de una buena vez; lo otro, conformarse con ser vecino de su piel, es dejar pasar una oportunidad genial, inesperada, irrepetible. No sé por qué se me ocurre que si abre la puerta y me ve, agachado y capaz de todo por una postal de su ombligo, me perdonaría irremediablemente. Cuando una mujer es tan linda, es casi imposible imaginarla enojada; puedo soñarla ofendida, piadosa, perdonavidas, pero el enojo o cualquier otra vileza comienza a parecerme propiedad exclusiva de las feas. Por alguna razón, que la lógica atribuye a sus piernas y a una zona inasible entre el recuerdo de su mirada y el tono de su voz, mis pensamientos se van haciendo cada vez más irreales y ruidosos. En un brote místico advierto que esta situación es un regalo de Dios, que coloca esa cerradura a mi alcance como premio por mis performances ante otras pruebas, de todo tipo, que nunca creí haber superado. Finalmente sospecho del origen divino de mi voyeurismo y acepto que el Diablo también puede andar detrás de todo esto. Aprovecho para tararear la canción en la que Tom Waits asegura que "no hay Diablo, sólo es Dios cuando está borracho". En algún lado, una puerta se abre y escucho una voz: no la de Dios, ni la del Diablo, sino la del productor. Dolores lo recibe con un "llegó la estrella" y se encierra con él. La verdad es que me alivio y, mientras me avergüenzo muchísimo, una pizca de lucidez me ayuda a comprender por qué ella desdeña y se compadece de ese costado entre perverso e infantil de las fantasías masculinas. Dos horas y cuarto después, Dolores sale de ahí adentro. Ahora el desdén y la compasión son míos: ¿qué clase de vida es la que consume, como si tal cosa, casi dos horas y media frente al espejo?
una de sus mejores amigas, la modelo bárbara Durand, dice que "lo que ha hecho Dolores hasta ahora es impresionante. Se casó muy jovencita y lleva bien la casa, hace de todo... Lo que sí, se nota que no tiene tiempo para nada. Es terrible ir al supermercado con ella porque, como anda de un lado al otro, casi nunca hace las compras. Así que agarra de todo, cualquier cosa, es capaz de salir con tres carritos". Para Bárbara, que la conoce hace ya tres años, "el pelo rubio le queda horrible, como el orto, pero como es parte de un contrato muy bueno hay que felicitarla. Lo importante es su trabajo, y en la tele se nota que ahí es realmente ella".
Con las fotos, la propia Dolores admite que es otra cosa. "En las sesiones yo trato de no forzar nada y ser lo más natural posible, pero para ser modelo hay que saber actuar un poquito", explica; "ahí, lo que una hace es un personaje. Y hay momentos en los que me agarra la inseguridad y me pongo tímida. Pero es mi laburo y todo bien, me pongo en la piel del personaje aunque no me la creo ni ahí: yo no soy como salgo en las fotos".
Mientras el fotógrafo de Rolling Stone se prepara para empezar a inventarla, ella se pasa un aceite por las piernas, para que salgan mejor. Pero su bata suelta unas bolitas de algodón, blancas, y bajo el efecto de la luz tornasolada sus piernas embadurnadas parecen sucias de barro cósmico. Con rastros de aceite todavía en sus manos, Dolores no puede limpiarse. La ayudan un asistente y su productora, quienes deben acariciar, a la vista de todos, lo que ella misma dice que es lo mejor que tiene. Entonces se ríe, sugestiva, ¿pero es ella o su personaje? Detenida un instante, con el rostro fijo ante una luz que apenas si la ilumina, queda claro por qué se habla de "monumento" para piropear a ciertas (pocas) mujeres.
-Si tu trabajo consiste en encarnar un personaje, ¿a veces no soñás con largar todo y ser realmente vos?
-Es que yo no tengo ese problema en la televisión. Pero claro que tengo un sueño.
-¿Y cuál es?
-Irme a vivir a la playa. O al sur argentino, tranquila, con Matías y un hijo.
el remise lleva tres horas esperando afuera y Dolores me invita a cenar. No acepto, pero nos quedamos charlando y me inquietan varias cosas, en el siguiente orden: que justo ahora sea absolutamente franca, que haya algo de traición a su confianza en mi necesidad de trascribir lo que ahora me cuenta y, por último, que no tenga manera de encender el grabador sin que lo note. "¿Estuve muy mal? ¿Soy un embole?", me pregunta, encantadora, y me resisto a hacerle el juego a su coquetería. Huyo hacia adelante y suelto un discurso bastante sincero acerca de la presión que las modelos deben sentir para parecer no sólo bonitas sino también inteligentes. Ella está de acuerdo en mi diagnóstico de su presunto mal y, mientras me convida un bombón de chocolate amargo, importado, uno de tantos de los que acostumbra comprar porque sí, le doy vuelo a mi teoría en oferta y le digo que los famosos por inteligentes no generan el grado de histeria que rodea a los lindos y nada más. En síntesis, la gente se toma unas atribuciones bárbaras con la belleza; ella coincide y agrega que "sí, es como si les pertenecieras. Pero, aunque les importa saber cosas de vos, no todos te quieren. Al final, no sabés qué esperan realmente de una".
Por un segundo pienso en quedarme a comer (¿cocinaría ella? En algún momento me dijo que hace una sopa de verduras espectacular. ¿Debería creerle, cuando el café que tomamos lo tuvo que hacer Matías?), aprovechar este bonus track de sinceridad y serle fiel a lo que se me aparece como su mejor verdad. Lo pienso, pero no puedo hacerlo.
Llueve durante el camino de vuelta a Buenos Aires, la Panamericana simula una escena de Blade Runner y los telos, solitarios, parecen esqueletos del Deseo fósil. "Es terrible, pero hay minas que son modelos desde hace diez años y para ellas lo más importante en la vida es tener la cola dura", me dijo Dolores, con tono de escándalo, poco antes de irme. Quisiera pensar en eso, pero la recuerdo más preguntándome si estuvo mal, si fue aburrida, si creo que se parece a lo que rechaza tanto.
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