El hombre de la voz y los silencios

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28 de enero de 2002  

Hugo Guerrero Marthineitz no respiraba el aire de un estudio de radio desde 1995, hasta que Samuel Gelblung, a fines del año último, le dio al célebre locutor la bocanada que tanto estaba necesitando, al contratarlo como estrella invitada de su ciclo "Edición Chiche", que se emite de lunes a viernes por Radio Diez.

"Estoy de regreso en el dial gracias a un acto de generosidad del señor Gelblung. Y como los actos de generosidad nunca vienen de a uno, la radio en donde ahora participamos ha sido buena conmigo y también me dio un programa semanal", comenta.

El otro envío al que hace referencia el peruano parlanchín es una versión remozada de su ya legendario "Reencuentro", en el que se lo puede escuchar "en estado puro" los domingos, de 15 a 18, por la misma emisora.

Pero más allá de las diferencias que pueda marcar sobre sus apariciones en ambos ciclos, Guerrero Marthineitz parece ser siempre el mismo en uno y otro lado, y también en la entrevista exclusiva con LA NACION, donde nunca abandona su estilo permanentemente reflexivo y matizado de ironía. Ni lo hace, siquiera, para explicar por qué insiste en llamar "Reencuentro" a su programa semanal. "En la década del setenta, el señor López Rega me echó del canal donde trabajaba, y a partir de entonces todos mis programas de radio y televisión, con excepción de "A solas", llevan ese nombre. ¿Por qué debería denominarlos de otra manera, si el autor y sus mañas siempre son los mismos?"

Una cadena de reencuentros

Si bien ya perdió la cuenta de la cantidad de "reencuentros" que lleva en su extensa carrera, él advierte que el actual no es "exactamente igual" a los anteriores. "Lo que ha cambiado es que en esta ocasión no voy a volver por mucho tiempo, porque sé que me quedan menos días de vida."

Su comentario, entendible para una persona que como él está cerca de cumplir 80 años, parece una broma en boca de Guerrero Marthineitz, quien habla, camina y luce como en la época en que su rating y la inflación se perdían entre las nubes.

"Yo me siento bien, muy bien. Aunque muchos no entienden por qué me gusta hacer chanzas sobre mi propia muerte. O sea, por qué practico ese humor que la gente de Buenos Aires no soporta, como si no hubiese muertes que nos dejan vivos todos los días", explica.

Esta particular visión sobre la vida tiene su origen en 1976, un día en que, internado en un hospital, descubrió sangre en su orina. "Allí me dije: "Caramba, la menstruación tardó en llegar, pero ahora por fin seré una señorita". Pero los médicos más tarde me dijeron que el responsable de esa pérdida no era otra cosa que un cáncer."

Pero el alma dos veces mestiza de Guerrero Marthineitz ("de blanco, negro e indígena") superaría pronto, aunque no sin esfuerzo, aquel sofocón. "Más allá de que al principio me preocupé, con el tiempo pude conocer un montón de gente que había vencido la enfermedad, cuyo tratamiento, que cada día cuenta con más recursos y variantes, depende de la predisposición psíquica que la persona tenga para enfrentarla", afirma.

Y esa fortaleza mental que hace un cuarto de siglo lo alejó de la depresión y lo llevó luego a hacer "A solas", uno de los grandes éxitos televisivos de los ochenta, fue la misma que en los últimos seis años no lo dejó sentirse un desocupado.

"Tuve la educación que tenemos la mayoría de los latinoamericanos, que se basa en la idea de que al tiempo hay que ocuparlo. Los desempleados de las grandes ciudades de América latina por lo general se inventan trabajos, como los aborígenes, que juegan con el espacio y con el tiempo, y que parecen alucinados, aunque en realidad no lo sean", cuenta.

Aquella imagen del americano nativo lo acompañó en los últimos seis años, cuando sólo volvió a la radio "esporádicamente y lejos de la comunidad profesional", en FM La Isla y en una emisora del sur del conurbano bonaerense.

En Japón y por monedas

En todo ese tiempo, asegura, nunca se preocupó ni se deprimió. "Ya es demasiado trabajo el hecho de pensar que hay que tener trabajo. Uno piensa que al estar sin trabajo tiene que trabajar, y llega un momento en que la desesperación se convierte en un mal que socava la mente."

Sin embargo, él cree haber encontrado la solución. "Si uno llena ese vacío y lo convierte en espacio, y busca dónde poner en ese vacío una imagen propia, la situación empieza a cambiar. Allí tal vez aparezca un pintor, un tallador, un individuo que va a limpiar automóviles o un hechicero que puede salvarnos la existencia", dice.

Más allá de que ninguna de estas imágenes le devolvió el empleo a Hugo Guerrero Marthineitz, él aún piensa que una de ellas, muy curiosa, algún día podrá ayudarlo. "En mi soliloquio, me vi en una calle de Tokio, con un equipito de audio, haciendo mi programa, en mi idioma y en la acera, a cambio de unas monedas. En esa imagen se me aparecía un señor de ese país y, aunque no entendía nada, me ofrecía hacer un programa en su emisora. Y es probable que algún día lo haga. ¿Por qué no?"

Música y silencio, maestro

"No puedo quejarme, siempre disfruté de la vida. Soy de esa gente latinoamericana que, como los brasileños, con la pobreza inventó el samba y la bossa nova, sin quedarse a pensar que la escasez material implica un destino trágico. Eso es tan tonto como querer ser rico sin trabajar lo necesario." La reflexión es tan propia de Guerrero Marthineitz como lo son la musicalización de sus programas -ya desde la época de su famoso "El show del minuto"- y sus silencios, dos recursos con los que revolucionó la radio en la Argentina.

Pero él, que cuenta entre sus admiradores incondicionales a otros referentes de las generaciones más recientes, como Lalo Mir y Bobby Flores, no lo cree así. "No me siento un innovador, aunque tengo que agradecerle este calificativo a la exagerada estima que han tenido conmigo muchos colegas y hombres de prensa. Lo que sucede es que llegué contratado al país en 1955, en un momento en que la libertad era escasa, y yo no hice más que emplear el humor caricaturesco que antes había hecho en Perú, Chile y Uruguay, donde no estaban esclavizados como aquí."

Para Guerrero Marthineitz, la realidad de la radio argentina de la que volvió a ser parte no es "ni mucho mejor ni mucho peor" que la de la época de sus comienzos. En los años en que estuvo lejos del micrófono pudo advertir algunos cambios que le permitieron volverse "al menos un poco" optimista. "Lo mejor que le pudo ocurrir a la Argentina fue la privatización de los medios, aunque es una lástima que los intelectuales no estén a cargo de ellos. Pero es muy bueno que se hayan multiplicado las estaciones de radio y los canales de cable", apunta.

Este aparente progreso parece ser, aunque no lo diga de manera explícita, una de las causas que dejó fuera del éter a este locutor poco afín al manejo de las empresas. "En la Argentina de hoy sólo son capaces de hacer proyectos los audaces hombres de negocios que, contra viento y marea, pueden mantenerse en pie. Pero para los pobres diablos del mundo del espectáculo como yo, hacer un proyecto equivale a que se rían en tus narices."

-¿Se considera un pobre diablo?

-Sí. Lo de diablo lo dejamos para otro momento, pero puedo decir que soy pobre, dignamente pobre.

Así dice el hombre que, irónicamente, enriqueció como pocos la historia de la radio vernácula.

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