"Me gusta que me den palmadas en la cola. Me gusta que me aten": una entrevista con una la sex symbol más complicada del pop
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Rihanna es su segundo nombre. Viene del árabe y significa "albahaca". Su verdadero nombre es Robyn, y así es como la mayoría de sus amigos y familia la siguen llamando. "Me torra un poco escuchar Rihanna, Rihanna, Rihanna", dice. "Cuando escucho Robyn, pongo atención." Nació el 20 de febrero de 1988 en Bridgetown, Barbados. Su papá, Ronald Fenty, administraba una tienda de trajes; su mamá, Monica Braithwaite, era contadora. Ella era una niña bonita, con trenzas que le llegaban a la cintura, y que pasaba todo su tiempo libre en la playa y trabajando como cajera en la boutique de su tía. En cuanto a los chicos, floreció tarde. "Mi primer beso fue en la secundaria, y el chico prácticamente me embutió sus glándulas salivales. Me traumó. No di besos por mucho tiempo." Le gustaba más salir con sus amigas, tomar Passoã con naranja y bailar hasta las tres de la mañana. "Siempre fue fuerte e independiente", dice su mamá. Cuando tenía cerca de 15, Rihanna ganó el concurso de belleza de su colegio y un show de talentos. Siempre supo que quería ser una estrella pop.
¿Cómo es ella de cerca? Casi demasiado como para digerir de una sola vez. Unos ojos verdes imposibles. Piel luminosa. Piernas que llegan casi al techo. (Con razón Gillette las aseguró una vez por un millón de dólares.) "Es asqueroso lo hermosa que es", dice Perry. Rihanna lanzó su primer simple, el chicloso y bailable "Pon de Replay", cuando tenía sólo 17. Desde entonces sacó cinco notables discos en seis años que, juntos, vendieron 7 millones de copias. Dieciocho de sus canciones han alcanzado el Top 10; entre las mujeres de la escena, sólo Whitney, Madonna, Janet y Mariah tienen más. Su último simple, "S&M", fue su décimo número 1: más que Beyoncé y Lady Gaga juntas.
A esta altura, Rihanna es una industria en si misma. Ha llegado a acuerdos de publicidad con Nike, Gucci, CoverGirl y Clinique, sin mencionar su propio perfume, Reb’l Fleur (huele increíble en ella). Para su último disco, Loud, ella y Reid reunieron un batallón de expertos –compositores, músicos, cantantes de demos– y los instalaron en varios estudios de Los Angeles, durante dos semanas, para que escribieran canciones para ella. Reid cree que fueron cincuenta personas y terminaron con unos doscientos tracks. Los mejores son parte del álbum.
Rihanna ha cambiado mucho desde la dulce niña de la pollera de jean hasta esta última encarnación, una diosa sexy y punk que gime: "Me gusta la forma en que me tirás del pelo". Al día siguiente, durante una cena a la luz de las velas en Beverly Hills (spaghetti), se abre aun más. "Me gusta tener el control, pero me encanta ser sometida en la cama. Tener a un macho en el control, eso es sexy para mí. Tengo que tomar muchas decisiones ejecutivas, así que en mi intimidad, me gusta sentirme la chica de alguien." ¿Qué otra cosa le gusta? "Me gusta que me den palmadas en la cola. Estar atada también es divertido. Me gusta mantener la espontaneidad. Los látigos y las cadenas requieren demasiada planificación –tenés que parar, ir a buscar el látigo al cajón–, prefiero que use sus manos."
En parte, toda esta conversación sobre el dolor y la dominación es sobre la emoción transgresora que siente por ser mala. Pero también es, en gran parte, defensiva. Porque si hay una cosa que uno sabe sobre Rihanna es probablemente ésta: la noche antes de los Grammy de 2009, su novio de entonces, Chris Brown, la atacó en su Lamborghini alquilado, ahorcándola hasta que casi se desmaya y dejándola tirada a un costado de la calle. Las fotos de la policía, que se filtraron después del ataque, muestran su cara hinchada y ensangrentada, con cortes y moretones en su frente y labio. "Subí mucho la guardia", dice Rihanna sobre aquellos meses. "No quería que la gente me viera llorar. No quería que la gente sintiera compasión. Fue una época muy vulnerable de mi vida y me rehusaba a que ésa fuera mi imagen." Adoptó una permanente cara de desprecio y se vestía de negro, luego lanzó Rated R, una colección de canciones más lentas, que trataban de asesinato y venganza. Y ahora está Loud, lleno de letras en la borrosa línea entre sexo y violencia. "Pienso que soy un poco masoquista", dice ahora. "No es algo que me enorgullezca, y no es algo que noté hasta hace poco. Yo creo que es algo común para la gente que ve abusos en su casa. No podés sentir lo bien que huele una rosa a menos que te pinches con una espina." Ella cree que eso explica su gusto por los tatuajes, así como también su "relación amor-odio" con los medios. "Obtengo cierto placer de lo negativo", dice. "No quiero decir que me excita, pero me excita."
Por Josh Eells | Fotos de Mark Seliger
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