
Sabina, ese lírico atorrante
Nuestra opinión: Muy Buena
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"Sabina, viuda e hijos, en paños menores", recital de Joaquín Sabina (voz, guitarra), acompañado por Pancho Varona (guitarra, voz), Antonio García de Diego (guitarra, teclado, voz) y Olga Román (voces, percusión). Músicos invitados: Juan Carlos Baglietto y Charly García. Teatro Gran Rex. Hoy, nueva función, a las 23.
Tal como se define en "Calle melancolía", Joaquín Sabina es un lírico atorrante. Un outsider que desarma su voz en melodías gastadas y provocativas. Es, también, un reincidente en el amor, en el fracaso, en las copas, en los amigos y, sobre todo, en pintar ese lugar en el que los sueños tienen una oportunidad.
"Yo soy la mano del diablo", confiesa cuando alguien, desde la platea, le dice que es más grande que Maradona. Sabina juega con y para la libertad, pero no desde un lugar utópico, sino desde situaciones vivenciales que pueden representar a cualquiera que haya caminado algo del mundo, aunque ese mundo sea el barrio, el bar de la esquina, los amores que se llevan algo de uno.
La ironía y el desenfreno de sus canciones parecen ser -y confiesa que son- puros reflejos de su vida, a la que desafía constantemente. Para desnudarla y disfrutarla sin las máscaras de la mentira, un tema recurrente en él como en el mundo. No en vano el primer paso del extenso show acústico lo da con "Más de cien mentiras". Una enumeración que sirve como modelo para armar, una especie de aviso al público.
"El rocanrol de los idiotas" y la hermosa "Calle de la melancolía", que Sabina parece transitar, advierten sobre el contenido del espectáculo: conceptos crudos, directos; golpes de knock-out al primer descuido. No habrá cosas gratuitas. Hay precios que pagar, y se cotiza en el corazón.
Los amigos están en el living de una casa, con copas a mano, cigarrillos y dispuestos a compartir algunas canciones. Una reunión que quiere mostrarse informal pero íntima, donde no falta el espejo de "Corre, dijo la tortuga", "El hombre del traje gris" o "Esta boca es mía".
Custodiado por amigos Joaquín no está solo. A su lado, sus viejos compañeros de ruta Pancho Varona y Antonio García de Diego saben perfectamente cómo manejar la situación, y abren el juego también para que Olga Román haga su aporte vocal (no exento de virtuosismo, aunque lo contenga) o percusivo.
"Sugiero que el más triste de los presos/ tenga derecho a sábanas de seda." Las imágenes, en este Sabina que utiliza casi un tono confesional, salen como astillas de lucidez. Una poesía lúcida que se construye con una sencillez sólo aparente.
Hasta se anima a una versión de "Mano a mano" que había prometido no hacer. Es que su lugar es la ciudad y, como en todas las grandes ciudades, la pérdida es uno de sus sentimientos más comunes.
Pero siempre hay lugar para otro amigo cuando el bar del living está bien provisto, y sube Baglietto, mientras el español se toma un respiro. Y cuando regresa, siempre con la ciudad a cuestas, trae "Medias negras" y "Tan joven y tan viejo" como Charly García. Y lo trae al escenario. Con un vestido negro, frágil y diligente, el rockero se calza la guitarra para que Joaquín -que en todo tiempo se ocupa de proteger a su amigo- saque adelante "Es mentira".
En fin. Subió Charly y se adueñó de la escena. Sabina deja que lo haga. Que se siente al piano -°qué fácil le resulta todo con las teclas!- e improvise algo que termina con Dinosaurios, pero no se va: le regala otra canción. "Este tema todavía no lo grabé, pero ya es un éxito", le cuenta García mientras se lo dedica.
Parece el fin, pero a pesar de las dos horas transcurridas Sabina tiene más para contar. "Y si amanece por fin" o el festejado "Contigo", que cierra la noche, no hacen más que confirmar el valor de este mensajero siempre provocativo que no da ni cinco centavos por la depresión: "Así que, de momento, nada de adiós muchachos,/ me duermo en los entierros de mi generación".
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