House of Cards: lo que dejó la cuarta temporada
¡ATENCION, SPOILERS!: no lean si no vieron todos los capítulos
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"Tengo miedo", le dice Frank Underwood (Kevin Spacey) a Claire (Robin Wright) por teléfono, en la que parece la antesala de su derrota definitiva. Arrinconado y contra las cuerdas, aguantando los golpes como un boxeador que se sabe a segundos del KO, Underwood entiende que Tom Hammerschmidt (Boris McGiver) y su dichoso artículo periodístico revelarán la criatura oscura que verdaderamente es y eso se traducirá en una inevitable derrota electoral. Pero él se construye desde las cenizas una y otra vez mientras ella le propone el último plan: ganar tiempo, sembrar el miedo e ir a la guerra. De esa forma, la cuarta temporada de House of Cards termina con un presidente más fuerte que nunca, que elige sacrificar a su pueblo por sobre su voraz apetito de poder.
Frank Underwood es un personaje íntegro en su avaricia, en su necesidad de comer tipo Pac-Man la integridad y la moral de todos los políticos que lo rodean. Él es la última expresión de esos villanos que apoyamos, como los Dexter, los Soprano o los White porque nos encanta que triunfe cada vez que se sienta en el salón oval con un bidón de nafta y una caja de fósforos para prender fuego todo mientras se ríe de los pobres diablos que no se le animan. Es la quintaescencia del villano reconvertido a centro del relato, del mal encarnado que nos lleva al desagradable lugar de empatizar con un tipo al que despreciamos. Y, en esta cuarta temporada, esa maldad que en episodios anteriores parecía rozar la caricatura adquiere matices de dolor, vulnerabilidad y emoción, pliegos hasta ahora inéditos en Frank Underwood.
Un presidente quebrado
Desde el comienzo de la cuarta temporada, entendemos que los personajes están más vulnerables que nunca y que Frank y Claire ya no son los Superman (y SuperGirl) de la Casa Blanca. Distanciados, cada uno procura tomar el camino que más le conviene. Ella, lejos de Washington y de regreso a la casa materna; él, procurando sostener a como dé lugar, ante los ojos de su pueblo, la fantasía de un matrimonio feliz. Y la reconciliación (o lo que entienden por "reconciliación" estos personajes) no tarda en volver a reunirlos, básicamente porque ambos entienden que siempre funcionan mejor cuando se ponen en modo "nosotros dos contra todos los que se vengan". No hubo ninguna otra temporada de House of Cards que trabaje tanto esta idea de que ambos son socios, que se aman desde la ambición y desde la necesidad de impulsarse mutuamente.
Al distanciarse, si bien ella intenta primero buscar un lugar para sí misma no tarda en darse cuenta que la vicepresidencia es su mejor destino y Underwood, que reacciona de la peor manera, tampoco tarda en comprender que a él también le conviene esa estrategia. Pero todo cambia en el cuarto episodio, cuando Frank se convierte en víctima de un atentado que lo deja más muerto que vivo. Provocado por un demente Lucas Goodwin (Sebastian Arcelus), el antiguo periodista deja al presidente al borde de la muerte y, además, en ese hecho él mismo pierde la vida junto a Meechum (Nathan Darrow), guardaespaldas de confianza de Frank. Por más de un episodio, el primer mandatario queda a la espera de un nuevo hígado, mientras tiene alucinaciones de todo tipo que revelan un costado jamás visto en él. Mostrarlo al borde de la muerte, vulnerable y al cuidado burocrático de un grupo de médicos destaca esta idea de que nadie es intocable y que ante una situación crítica, él es un paciente más que no necesariamente puede gozar de los privilegios del poder. Queda al desnudo que su obsesión de poder es una lucha estéril porque tarde o temprano se va a morir y ahí no importará absolutamente nada.
En las alucinaciones que sufre al encontrarse en coma -y que remiten mucho al comienzo de la sexta temporada de Los Soprano, cuando Tony -James Gandolfini- recibe un disparo y se la pasa todo un capítulo en coma alucinando sobre su propia identidad y sobre el peso moral de sus acciones- se ve por primera vez que a Underwood no le da lo mismo todo, que matar a Peter Russo (Corey Stoll) y a Zoe Barnes (Kate Mara) no lo dejó indiferente y que la sombra de esos homicidios lo come por dentro. Esto es nuevo: Underwood tiene algo de moral y toda la temporada está centrada en hacerle entender a los espectadores que si bien Frank es un hombre peligroso y dispuesto a lo que sea por mantener su poder intacto, las decisiones que tomó tienen un peso que amenaza con pasarle factura. Vamos de nuevo: cuando en el último episodio de la temporada menciona esa frase impensada en su boca ("tengo miedo") y más adelante, le dice a Claire: "Nos queda la derrota y después que nos investiguen", se muestra a un Underwood bajando los brazos como jamás lo habíamos visto. Y esa es la intención porque buena parte de esta última temporada se centra en mostrar la cara más golpeada del personaje.
Conmovido e insultado
En el onceavo episodio, Freddy (Reg E. Cathey), el antiguo chef de costillitas devenido en jardinero de la Casa Blanca, le dice a Frank: "Usted es un hijo de puta, señor Presidente". Él es un civil, un hombre común y corriente que le habla de frente a Underwood, demostrando que nadie está exento de recibir un insulto hecho y derecho. Freddy lo pone en su lugar como ninguno y el presidente no puede hacer nada porque el cocinero pertenece a otro universo, al de los hombres que piensan con las vísceras y no con los escaños políticos. Y ahí, Beau Willimon (creador de la serie) trabaja otro aspecto de este personaje: su gran vulnerabilidad. El primer mandatario puede mentirle a los millones de votantes y manipular a las decenas de políticos, pero cuando lo desenmascara un civil la cosa se pone más difícil porque probablemente la única solución en ese caso, sea el homicidio [como le pasó a Zoey]. Claro, a Freddy no va a matarlo, pero no tanto por remordimiento sino más bien porque de tener que ensuciarse más vale que sea por algo que valga la pena.
Hay otro momento de Underwood en el que vemos a un presidente desconocido y extrañamente cercano y es la famosa escena de la mano. En el cuarto episodio, Frank le pide a Meechum que baje un cuadro de un pasillo de la Casa Blanca debido a una inoportuna connotación política en la imagen. Y ahí nomás le dice a su custodio que apoye su mano en la pared para dibujarle la silueta. Sin entrar en interpretaciones tipo psicología de bar, hay al menos una idea que se desprende inmediatamente: Meechum es lo más cercano que Frank tiene a un discípulo y solamente con él se permite estar más relajado exhibiendo así una faceta más fraternal que aunque la esconda, indudablemente la tiene.
Stamper fantasma
Otro que recibe el cachetazo de la indiferencia y muestra su costado más vulnerable es Doug Stamper (Michael Kelly), el hombre de confianza de Underwood. El mata si tiene matar y es capaz de meterse en el barro más espeso con tal de cumplir su objetivo. Pero en esta temporada pierde la brújula por completo. El primer golpe lo recibe con la internación de su jefe, una situación que lo descolocado. Recorre los pasillos de la Casa Blanca como un fantasma, nadie lo tiene en cuenta, nadie le teme y su razón de ser parece evaporarse junto al casi difunto Frank. Se trata de un punto de quiebre que concienzudamente muestra lo evidente: sin Underwood para respaldarlo, Doug no es nadie. La intención de donarle parte de su hígado al presidente es un gesto de una nobleza propia del que entiende que sin esa otra mitad no tiene razón de ser. Lamentablemente, y de forma injusta, ese gesto jamás será reconocido y es una dolorosa señal de que a muchos les da igual que Stamper viva o muera.
El segundo golpe lo recibe cuando Seth Grayson (Derek Cecil) lo enfrenta abiertamente, negándose a obedecerlo. Doug, que jamás había recibido ese trato de un subordinado, explota rompiendo la puerta de un baño, en un acto de berrinche infantil que se emparenta inmediatamente con el de Frank dibujando la mano de su guardaespaldas. En ese momento se revela el secreto mejor guardado: estos personajes, violentos y maquiavélicos en la superficie, esconden un aspecto infantil que los frustra, pero que por momentos también los hace plenos. Ese costado más amable que Stamper siempre se negó a sí mismo aflora con la relación que mantiene con Laura Moretti (Wendy Moniz), la viuda del hombre que murió esperando un donante cuando él movió los hilos para que Underwood tuviera prioridad en la lista de transplantes. La ironía de este personaje es violenta: indirectamente es responsable de una muerte que, a su vez, le permite acercarse afectivamente a una mujer. En House of Cards, es claro, los personajes son incapaces de construir nada sin destruir la vida de varios en el camino.
Como una mala fotocopia

En esta cuarta tanda de capítulos de House of Cards, la gran incorporación es el gobernador de Nueva York y rival en las elecciones presidenciales: Will Conway (Joel Kinnaman). Como una suerte de Underwood de cabotaje, Conway es un hombre de familia, cálido para las masas, pero mezquino y narcisista puertas para adentro. En la segunda mitad de la temporada, se convierte en el gran rival de Frank y parte de la serie gira en torno a los paralelismos entre ambos competidores. La ficción plantea a este nuevo jugador como un hombre que presenta más de una similitud con el personaje de Kevin Spacey: le interesa el poder más que el bien social, se muestra en los actos como una persona con integridad cuando claramente no la tiene, utiliza su historia personal como herramienta de conquista política y, por sobre todas las cosas, no muestra en absoluto ningún tipo de sentido de nobleza y/o deber civil.
Como sucede con Underwood, todas las acciones de Conway están apuntadas a acumular poder. Sin embargo, el personaje pareciera destinado al fracaso por una simple razón: a su lado no tiene una compañera como Claire, que entiende el poder como la prioridad. Por ese motivo, la esposa de Conway termina por ser la pieza ausente del engranaje.
La socia perfecta
Claire va a la casa de su madre para descubrir (por el propio Frank) que un cáncer la está matando. Ella llora, se quiebra y muestra esas fisuras humanas que en su condición de mujer témpano pocas veces deja ver. La relación con su madre toca fibras en el personaje que nunca se habían visto. Elizabeth (Ellen Burstyn) es una mujer de sociedad, amiga de varias señoras con dinero y con el sustento para catapultar o hundir la carrera de cualquier político del lugar. Es claro: ella es tal cual su propia hija y Claire heredó de su madre esa frialdad característica, esa idea de anteponer el objetivo por sobre cualquier situación, motivo por el cual la dinámica entre ambas se torna siempre compleja. Madre e hija son iguales, simulan una integridad que les falta, una emoción de plastilina que puede conmover al público, pero que ellas no se creen. Y la inminente muerte de Elizabeth solo pone en evidencia las miserias de ambas hasta casi (casi) el último momento. En un acto de nobleza totalmente curioso y sólo comprensible en el contexto de esa familia, su madre le dice que morir puede tener para Claire notables ventajas en su consolidación como candidata a vicepresidenta. A la mujer de Frank esto le duele, pero entiende dos cosas: la primera, su madre quiere irse de este mundo ahorrándose la última etapa de agonía; y la segunda, su madre tiene razón. Con este último razonamiento en mente, Claire le facilita la muerte y de esa manera se gana la empatía de un pueblo que se compadece, logrando con esa pérdida un indudable rédito político.
Esta muerte también despierta una segunda cara en su hija, que en ese momento se acuesta por primera vez con Thomas Yates (Paul Sparks), biógrafo presidencial devenido en agente de prensa personalizado. Claire elige estar con Yates en un momento de gran vulnerabilidad, pero también en una circunstancia que es un trampolín electoral y ahí están reunidas por primera vez, las dos caras de este inmenso personaje: su costado emocional y su costado profesional. Su capacidad de equilibrar el placer con el trabajo la convierte en la única que sabe jugarle a Frank de igual a igual e incluso superarlo. En su carrera hacia la vicepresidencia y en su sed de acumular poder, ella puede encontrar el espacio para ser quien desea ser y en la sexualidad encuentra ese recreo de una vida profesionalmente agobiante.
Underwood puede dibujar la mano de Meechum, pero ahí se termina su juego. Claire, que elige mantener una relación con Yates sin por eso descuidar su vida laboral, demuestra así que tiene la fórmula perfecta para instalarse en el poder y que ya no solo es la socia ideal para Fank sino que incluso tiene un destino de grandeza que ni su propio marido pareciera capaz de alcanzar. Habrá que ver si en la quinta temporada, Claire puede convertirse en la nueva vice que haga del presidente (su marido) su títere personal.
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