Netflix: en After Life, Ricky Gervais es un justiciero dialéctico a la caza de idiotas

Ricky Gervais regresa a la pantalla con la serie After Life
Ricky Gervais regresa a la pantalla con la serie After Life Crédito: Netflix
Hernán Ferreirós
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15 de marzo de 2019  • 12:28

After life, más allá de mi mujer. Creador: Ricky Gervais. Elenco: Ricky Gervais, David Bradley, Tony Way, Paul Kaye y Ashley Jensen. Disponible en: Netflix. Nuestra opinión: buena.

Tras presentar a una nueva redactora, el editor de un diario zonal le pide a su periodista más experimentado que le explique lo básico del trabajo. "Esto es lo que tienes que saber -dice Tony ( Ricky Gervais )- La humanidad es una plaga, somos parásitos repugnantes, narcisistas y egoístas y el mundo estaría mucho mejor sin nosotros".

Este grado de misantropía tiene una razón: Tony acaba de quedar viudo y, como no tiene deseos de seguir viviendo sin su mujer, decidió que mientras espera el momento adecuado para suicidarse solo hará y dirá exactamente lo que le venga en gana, ya que su desinterés por todo es tal que no hay consecuencias que puedan afectarlo. "Es como un superpoder", explica.

Las cosas que dice Tony a niños insufribles, personas obesas, funcionarios públicos holgazanes o, simplemente, a cualquiera que se ponga al alcance de su metralla verbal no son muy distintas de las que suele decir Ricky Gervais en sus monólogos. Es que esta miniserie plantea, con la excusa de la depresión por la esposa muerta, el mismo dilema moral al que Gervais, en sus especiales de comedia, da una respuesta rotundamente afirmativa: ¿todo puede ser objeto del humor? O, dicho de modo más preciso, ¿la libertad de expresión está siempre por encima del deseo de los demás a no ser ofendidos? En un presente en el que diferentes tribus pugnan por imponer sus reglas a la conducta e, incluso, al lenguaje de todos, el problema es muy pertinente.

Los episodios finales de la serie (fiel a la tradición televisiva británica, la temporada consiste de solo seis capítulos) también ensayan una respuesta a este problema aunque curiosamente, llegan a la misma respuesta a la que Gervais arriba en sus monólogos. Como personaje de ficción, su Tony debe experimentar algún tipo de transformación o aprendizaje en su arco narrativo. Y lo que aprende, cuando empieza a superar su duelo, es que los sentimientos de otros importan, al menos los de quienes considera buenas personas y no "idiotas". Es una salida complaciente para que la serie pueda moverse del cinismo a la emoción. También resulta complaciente que Tony sea un justiciero dialéctico que nunca se equivoca: a pesar de toda su incorrección política y sus excesos, siempre sentimos que quienes reciben sus ataques los tienen bien merecidos. Fuera de la ficción, lamentablemente, las cosas no son tan claras.

Se puede pensar que la monotonía de la puesta de cámara y la baja inventiva visual son reflejos de la apatía del protagonista, o también que la realización no es el fuerte del cómico, quien sí conserva su invulnerable timing y su compromiso de usar el humor para decir lo que pocos otros se atreven, aunque aquí este compromiso está moderado por una incorporación más o menos reciente a su obra, una que no maneja tan a sus anchas: la voluntad de hacernos emocionar.

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