Netflix: Freud, un policial con alucinógenos y psicología barata

Robert Finster como Sigmund Freud, el protagonista de esta producción austríaca que apenas usa a la figura del padre del psicoanálisis como gancho
Robert Finster como Sigmund Freud, el protagonista de esta producción austríaca que apenas usa a la figura del padre del psicoanálisis como gancho
Paula Vázquez Prieto
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25 de marzo de 2020  • 09:35

Freud (Austria/Alemania, 2020). Creadores: Marvin Kren, Stefan Brunner y Benjamin Hessler. Elenco: Robert Finster, Ella Rumpf, Greorg Friedrich, Brigitte Kren, Christoph F. Krutzler, Adam Vacula, Nadiv Molcho. Disponible en: Netflix. Nuestra opinión: regular.

Freud no es una serie sobre Sigmund Freud . No es una biopic, ni una exploración sobre el nacimiento de la terapia psicoanalítica, ni un estudio sobre el personaje y su obra. El nombre de Sigmund Freud es apenas una excusa para situar la acción en la Viena de fines del siglo XIX, un anzuelo para aquellos interesados en los contraluces de la figura más influyente de la psicología moderna, un artilugio para construir un policial con ecos alucinógenos.

Si Freud , la serie, se hubiera emancipado del nombre y todas sus connotaciones, podría haberse pensado como un gótico con todas las letras, menos grisáceo que El alienista y más deudor de las originales aventuras de la literatura de Horace Walpole, con sus castillos encantados, sus brujerías y sus crímenes macabros. Pero no: la ficción creada por Marvin Kren, Stefan Brunner y Benjamin Hessler pierde incluso esa autonomía al atar la vida de Freud a una narrativa delirante, que en cada uno de sus giros dramáticos demuestra que nunca tuvo el rumbo claro.

Viena es un "freak show" y Freud (Robert Finster) parece ser el invitado ideal a esa feria de atracciones. Adicto a la cocaína, desacreditado por la comunidad científica por charlatán, asediado por deudas y un casamiento postergado, el joven Sigmund cruza su camino con el inspector Alfred Kriss (Georg Friedrich) a raíz de una serie de asesinatos y brutales mutilaciones, que agitan tanto los salones de alta alcurnia como los sórdidos canales del Danubio. Kriss es un investigador de la policía imperial, exsoldado atormentado por los fantasmas de la guerra, que celebra duelos con su pasado e indaga los ribetes más espeluznantes de esa Viena de pesadilla. Mientras tanto, en las fiestas de la alta sociedad opera en las sombras un matrimonio de expatriados húngaros, protectores de una médium (Ella Rumpf) que predestina tragedias y avista misterios en eróticas sesiones de espiritismo. Sí, todo ello ocurre mientras Freud deambula por las difusas fronteras entre la psiquiatría y la magia negra.

La trampa en la que caen los creadores no es solo la de su propia ambición de acumulación -de estilos, de elementos históricos y fabulados, de golpes de efecto-, sino también de aquella que convierte tanto el trasfondo político (los húngaros intentan la paz para su país a través de un acuerdo con la familia imperial, mediado por el ocultismo) como el criminal (los ecos de los crímenes seriales que sacudieron a la Europa de entonces) apenas en un pesado andamiaje en el que todos sus personajes funcionan de manera mecánica, guiados por el intento de enredar la trama y hacerla escandalosa, de exprimir el universo freudiano de todas sus lecturas. En ese callejón sin salida, la serie se reduce a un pastiche indeciso entre retazos de psicología barata y el horror más efectista.

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