"Siempre hay alguien que sufre más que nosotros"
Tony Meléndez
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Sólo 15 días atrás había estado tocando y cantando en una esquina de Laguna Beach para vecinos y turistas que pasaban por allí. De tanto en tanto, alguno se paraba y dejaba una moneda en la funda de su guitarra y así podía ayudar a su familia. Era la extravagancia del universo: un músico sin brazos que tocaba la guitarra con los pies.
"Pero esa tarde de 1987 estaba sentado sobre una pequeña plataforma elevada, a unos 20 pasos del lugar donde se sentaría el Papa. Estaba descalzo y mi guitarra descansaba en el suelo frente a mí. Por alguna razón extraña, el comité organizador del encuentro de Juan Pablo II con los jóvenes escuchó hablar de mí y de mi música, y me propuso como el regalo que la juventud le haría al pontífice durante su visita a Estados Unidos", recuerda Tony Meléndez, que días atrás pasó por Buenos Aires para dar dos conciertos y presentar su autobiografía No me digas que no puedes. Meléndez nació en Nicaragua, pero posteriormente sus padres se radicaron en Los Angeles. Es una de las víctimas de la talidomida, una droga tranquilizante que causó estragos en muchos embarazos de fines de la década del 50, hasta que fue prohibida en 1962.
"Cuando el papa llegó y me presentaron, yo comencé a tocar y cantar una de mis baladas preferidas, Hoy el día está lleno de amor. Los 6000 jóvenes que ocupaban el anfiteatro comenzaron a aplaudir siguiendo el ritmo de la música. Cuando terminé la canción, el papa se levantó y, ante la sorpresa de todos, empezó a caminar a través de las vallas hasta que llegó a mi plataforma. Me abrazó y me besó, y me dijo: Tony, tú eres en verdad un muchacho valiente. Nos das esperanzas a todos. ¡Mi deseo es que continúes dando esta esperanza a todo el mundo!"
–¿Qué pensó?
–Sentí que me daba un mandato y una gran responsabilidad. Que a partir de ese momento mi vida no sería la misma. La esquina de Laguna Beach y las monedas de los turistas en la funda de mi guitarra aparecían como algo remoto. De pronto se hizo una luz en mi mente y comprendí que estaba en este mundo para servir, para ser útil.
–¿Qué les diría a los que sufren?
–Que los lamentos no arreglan nada, que todo el mundo sufre, el sufrimiento es una parte de la vida y que hay que aprovechar el dolor para crecer. La vida está compuesta de momentos felices y momentos tristes. Un buen vivir significa disfrutar los encuentros felices y utilizar el dolor para superarnos, para conocernos y entender a los otros. Un ejercicio liberador es comprender que siempre hay alguien que sufre más que nosotros. Hay que vivir y recordar que en lo más profundo de nosotros hay fuerzas que no utilizamos y que nos permitirán salir adelante. No perdamos el tiempo, tomemos contacto con esas fuerzas. Recuerdo un caso que viví unos años atrás.
–¿Qué pasó?
–Una vez di un concierto en Minneapolis, Minnesota, a beneficio de una mujer que había sido asaltada muy cerca de su casa, cuando iba con su hijo de un año. Quiso escapar, pero la balearon, quedó muy malherida y durante un año estuvo internada. De doce meses pasó seis en el departamento de terapia intensiva. Todo lo que podía hacer su pequeño hijo era mirarla a través de un vidrio. Pero uno notaba que había en ella un deseo profundo por seguir viviendo. Se aferraba a eso y, finalmente, logró salir. Era una linda muchacha, y cuando abandonó el sanatorio estaba casi totalmente repuesta. La única secuela del asalto era que uno de los proyectiles la hirió en la cabeza y cada tanto perdía la memoria. Pero algunos médicos que consulté me aseguraron que si seguía con esa voluntad de vivir, lo demás era cuestión de tiempo y que, tarde o temprano, sanaría.
–¿Qué ve en sus conciertos?
–Muchos concurren a mis presentaciones imaginando que serán muy suaves, sin estridencias. Pero se llevan la sorpresa: busco movilizar y mecho mis baladas con el ritmo de La Bamba o con temas de los Beatles. La idea es que la música los transforme y los invite a transformar su hogar, el vecindario, todo con muchísimo afecto y entrega. No me interesa el éxito, los aplausos, me importa que cada oyente en su butaca viva una pequeña revolución.





