
Soñadores amateurs
"El amateur", producción nacional en colores (1998) presentada por Aleph Media. Hablada en español. Guión: Juan Bautista Stagnaro, basado en la obra teatral de Mauricio Dayub. Fotografía: Víctor Quino González. Música: Jaime Roos. Intérpretes: Mauricio Dayub, Valdo Villamil, Juan Verdaguer, Cacho Espíndola, Alejandra Puy, Walter Santa Ana y otros. Dirección: Juan Bautista Stagnaro. 92 minutos. Nuestra opinión: muy buena.
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El Pájaro y Lopecito son dos seres al borde de la marginación. Creen en sus fantasías y apuestan inclaudicablemente a sus sueños. El Pájaro siempre supo que triunfaría en algo que lo despegaría de los oficios terrestres, y su máximo ideal es ganar una carrera ciclística de resistencia.
Lopecito, su fiel amigo, trabaja en un frigorífico, fue abandonado por una mujer con quien formaban una pareja que bailaba el tango y se sumió en una especie de misoginia activa. La única riqueza de Pajarito es la desfachatez de su sueño. Habiendo perdido al padre -un precursor en eso de apostar a cosas imposibles- se entrena frenéticamente con su bicicleta y, junto a esa especie de Sancho Panza que lo alienta, está dispuesto a ganar esa prueba que lo hará ser alguien en el pueblo monótono que los vio nacer y vegetar.
Pero Pajarito, además, cree en el amor. Y su amor tiene la figura de una artista trashumante que, desde la pista de un circo pobre, adivina la suerte, es diestra en el trapecio y capaz de encarar cualquier extraña actividad. Los dos se preparan para la gran prueba. Por supuesto, nadie en ese pueblo cree en ellos. Quien más, quien menos, están inmersos en la desocupación, en la envidia y en los rencores.
Apostar a la fe
Pájaro y Lopecito no consiguen como escenario de esa hazaña la plaza impecable para su intento. Pero les da lo mismo un descampado lleno de chatarra y de guinches en desuso. Y en esa pista de tierra, con lluvia y viento en contra, Pájaro comenzará su esfuerzo ciclístico y no tardará en rodearse de un juez algo alocado, de una secretaria solterona, de musiquita de circo y de esa gente que, lentamente, alentará a ese amateur que debe luchar contra sus piernas cansadas, contra una pertinaz lluvia y contra un implacable viento.
Adaptado de la obra teatral de Mauricio Dayub, el guión de Juan Bautista Stagnaro recorre con enorme calidez las aventuras y desventuras de esos dos soñadores que, en definitiva, se transforman en la metáfora del hombre que sigue creyendo en la fe, en la amistad y en el esfuerzo que les permite vivir con libertad dentro de un micromundo encadenado a la abulia y a la desesperanza.
El film, pues, es mucho más que un retrato realista de una fauna aferrada a sus propios intereses y a una elemental cotidianidad o de un final triunfante. Es, fundamentalmente, la indagación de los sueños limpios, de la pobreza empujada por la necesidad de volar alto con alas plenas de poesía.
Como director, Stagnaro supo realzar su historia, logró quitarle su origen escénico y ancló en esos hombres que no se dejan vencer por las contrariedades.
Con el invalorable apoyo de los excelentes trabajos de Dayub y de Vando Villamil -el amateur aferrado a su ilusión y el desclasado que ampara la utopía de su amigo-, la trama logra la intención lírica de su propuesta a veces patética, otra humorística. Juan Verdaguer y Walter Santa Ana no desentonaron y Alejandra Puy, que suple con candidez sus todavía inmaduras dotes de actriz, describe el amor, que es otro premio para ese ciclista empecinado.
La excelente fotografía y la muy buena banda sonora de Jaime Roos son otros puntos salientes de esta anécdota que habla de la comprensión y del esfuerzo del hombre en un universo tentado por la maldad y el rencor.
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