
Stallone: el regreso de un peso pesado
Con varios kilos de más, recio actor eligió para su vuelta un papel de antihéroe en "Tierra de policías", junto a Robert De Niro y Harvey Keitel
1 minuto de lectura'

LOS ANGELES.- Que Sylvester Stallone está más lejos de las sutilezas que de los contrastes es algo que se le nota hasta en la ropa. Viene de traje negro, tan negro como el pelo, de un retinto que cualquier mal pensado juzgaría sospechoso; la camisa es celeste clara, y la piel, muy pálida, muestra que el actor se ha mantenido a distancia prudencial del agujero de ozono a pesar de que a cada rato se expone a la intemperie para entregarse a su otra pasión: el golf.
Ya ha recuperado la silueta, que había sacrificado para ponerse el uniforme de sheriff de Garrison, la "Tierra de policías" que lo alejó por un rato de la acción y las hazañas físicas. Y después de demostrar que todavía sigue siendo un actor metiéndose en la piel de ese policía de suburbio, excedido de peso, medio sordo y bastante simplote, aquí está otra vez en línea, la sonrisa invariablemente torcida, la voz grave que suelta entrecortadamente con una especie de tartamudeo, formal en los modos, escasamente expresivo en los tonos y rigurosamente custodiado por los agentes de prensa que harán cumplir al pie de la letra el tiempo estipulado para la entrevista. Al fin y al cabo, podrá no haberle ido del todo bien en sus últimas películas, pero Sly es, todavía, una de las superestrellas cotizadísimas con que cuenta Hollywood. Y de alguna manera hay que hacerlo notar.
¿Cuál de los dos está más cerca del verdadero Stallone? ¿El pertrechadísimo e intrépido Rambo o este oscuro antihéroe de "Cop Land" que de tan retraído ni siquiera se atreve a confesarle sus sentimientos a la chica que amó toda la vida?
"Este último -Stallone no titubea-, no porque se parezca demasiado a mí -yo soy más participativo, reacciono más-, sino porque es más humano. Los personajes con los que yo empecé, Rocky y los otros de la primera época, tenían que ver conmigo, los conocía bien de cerca. No tenía idea entonces de que después vendrían Rambo y los otros héroes cortados sobre ese molde. El problema fue que con el tiempo me encontré repitiendo lo mismo muchas veces. Cada vez se hacía más inmodificable mi imagen de actor extravertido, incapaz de utilizar otro medio expresivo que el cuerpo, los músculos. Creo que la gente empezaba a aburrirse y para mí, emocionalmente, era como una encerrona. No sabía cómo salir de ella y "Tierra de policías" fue como un milagro, la gran oportunidad de mostrar otras facetas de mi personalidad.
-¿Quiere decir que le ha dicho adiós a la acción?
-Para nada. Mi intención no es abandonar ese género, que es tan importante para los estudios y tan atractivo para el público, sino romper esa rutina de repetir siempre el mismo papel. Creo que en el cine de acción la mayoría de las veces se deja a un lado la historia y el diseño de los personajes. Fíjese que cuando la charla versa sobre esas películas se habla mucho de dinero y muy poco de interpretaciones. Y yo quería ampliar un poco el espectro de mis personajes, como para poder alternarlos un poco: hacer buenos films de acción y sumarme a proyectos más personales. Como éste.
-Y decidió sumar al cambio el riesgo extra de trabajar al lado de grandes actores, como Robert De Niro o Harvey Keitel.
-Esa fue una gran responsabilidad. Un compromiso que me ponía muy nervioso y por eso me obligaba a esforzarme más. Para colmo, no se hacían las tomas en video como estoy acostumbrado a que suceda en mis películas, de modo que me sentía trabajando a ciegas, sin tener referencias directas de cómo estaba saliendo mi personaje. Por suerte James (Mangold, el director y guionista), tenía absolutamente toda la película en su cerebro y toda la paciencia y la dedicación para concretarla en la pantalla. Si mi trabajo es bueno -quiero decir, si no desentona en medio de ese elenco-, y si las escenas tienen la vibrante intensidad que pedía el libro, todos los créditos le corresponden a James Mangold.
-Bueno, usted también hizo su esfuerzo extra. Físicamente.
-Sabía que íbamos a llegar a eso (sonríe, pensado en los 20 kilos que aumentó para el rodaje). Fueron seis semanas de tratamiento. Sucedió algo curioso. La primera semana comía y comía... y nada. Hasta que de pronto, de un día para el otro, ¡bang! Fue como una explosión. Empecé a engordar rápidamente, y a sentir pánico. Verdadero pánico. Al poco tiempo me encontraba justificándome delante de los demás, diciendo algo así como "Oigan: este no soy yo, este no es en realidad mi cuerpo; es que estoy haciendo una película". Tuve que acostumbrarme, pero me llevó tiempo.
Poner el cuerpo
-¿Cuándo hizo las paces con su nuevo volumen?
-Dos o tres días antes de iniciar el rodaje, supongo que cuando me puse en el lugar de De Niro y dejé de pedir disculpas. Fui a jugar al golf. La gente me miraba directo a la panza y deslizaba frasecitas tipo "Tal vez has estado bebiendo un poco últimamente..."
-Seguramente aumentar de peso no fue lo más difícil.
-No. Lo más interesante fue la experiencia psicológica, algo difícil porque durante mucho tiempo mi cuerpo fue el medio de comunicación del que yo me valía. Era como mi voz, mi símbolo. Así que sacrificarlo me hizo comprender hasta qué punto había estado trabajando todos estos años de una manera narcisista, siempre empeñado en dar una impresión física, exterior, jamás interior. Y ahora considero que ese momento del rodaje de "Tierra de policías", cuando estaba gordo, fue una de las etapas más felices de mi vida, un tiempo en el que, por una vez, debía concentrarme en mi actuación, en mi personaje. Sinceramente, pienso que aumentar de peso me hizo reconciliar con la especie humana.
-También lo ayudó a encontrar el papel.
-En realidad, en un principio pensaba que era más interesante el personaje de Ray Liotta, el único policía de Nueva York en quien el sheriff puede confiar, un tipo con problemas personales, bastante atormentado, pero honesto. Me parecía más dramático, más rico, más complejo. Después, fui descubriendo cuánto provecho podía sacarse de mi sheriff, un hombre que perdió la audición de un oído por arriesgarse a salvar la vida de la chica que amaba y que por esa disminución se quedó sin cumplir su sueño de ingresar en el Departamento de Policía de Nueva York.
-¿Se valió de algún recurso en especial para mostrar esa semisordera?
-Me ponía siliconas en un oído para acostumbrarme a escuchar de un solo lado y moverme buscando el lugar de donde viene la voz; también a hablar en un tono un poco más bajo y a mirar los labios de los que conversaban conmigo. Y tuve que elaborar la interioridad del personaje para que sus sentimientos, que él raramente expone, se traslucieran en pequeños gestos.
-Poco que ver con Rambo.
-Nada. Fue muy gracioso lo que sucedió cuando hicimos la primera escena con De Niro. El es un oficial de Asuntos Internos de la policía de Nueva York; yo, el sheriff de una pequeña comunidad próxima a Nueva York donde han ido a instalarse muchos policías que trabajan en la gran ciudad, del otro lado del puente. Para él, los casos más complicados son infracciones de tránsito o disputas entre vecinas. Bien, en la ficción, De Niro, que anda investigando casos de corrupción policial, tenía que gritarme. Lo hizo... y yo reaccioné. Me olvidé de la sordera y del carácter apocado de Freddy. Y grité más fuerte que él. No estoy acostumbrado a que me traten así en las películas. Y creo que en el fondo toda la gente del equipo celebró mi reacción, como si hubieran estado ansiando presenciar un combate: el Toro Salvaje versus Rocky. Total, que estuvimos seis horas para rodar esa primera escena. Más de veinticinco repeticiones, ya pensaba que la culpa era toda mía, que no iba a ser capaz de estar a la altura del compromiso. Pero James no cedió, me dio confianza. Y tuve que aprender a cultivar, por una vez, un perfil bajo.
-¿Le gustó?
-No sé si fue estrictamente el perfil bajo o tan solo el placer de hacer otra cosa; por ejemplo, pienso que ahora me gustaría hacer el papel de un tipo superficial. Y también me gustaría, más que nada, volver a dirigir. En ese caso, también escribiría el guión, y me daría el papel de un hombre común, uno que nunca se comporte como un héroe...
-Debe deducirse que está muy satisfecho con su trabajo.
-Con la película, en especial, que me ha dejado un saldo tan positivo. Tengo la sensación de que la gente empieza ahora a decirme la verdad. Cosas como "Felicitaciones por este cambio; en realidad, no nos han gustando mucho tus películas en los últimos doce años..."
La historia de un sheriff moderno
LOS ANGELES.- "Sacamos la ba-sura afuera cuando apesta. Creo que uno actúa cuando no le queda otro remedio: es la fuerza de las cosas, la fuerza de la vida", reflexiona James Mangold, guionista y director de "Tierra de policías" ("Cop Land"), el film que marca un cambio de rumbo en la carrera de Sylvester Stallone y que Buena Vista Internacional dará a conocer mañana entre nosotros.
Con sus palabras, Mangold busca explicar el proceso que sigue el per-sonaje central de su película, un sheriff que vive un poco anclado en el pasado, escuchando viejos long plays y sin querer atender demasiado a lo que sucede a su alrededor, hasta que las evidencias de que algo no anda bien en Garrison le salen al paso y lo obligan a intervenir.
Con sus 33 años y su apariencia de veintipico, más que un director de cine, Mangold parece un estudiante, un cineclubista fervoroso de esos que han visto todas las películas y leído todos los libros sobre cine. Todavía parece ruborizarse cuando se da cuenta de que ha puesto demasiado énfasis en algo que dijo o cuando descubre que ha está exponiéndose demasiado a la mirada de los otros.
"Cuando escribí el libro de Cop Land ni soñaba con que mis personajes terminarían siendo interpretados por Stallone, De Niro, Ray Liotta o Harvey Keitel. Todavía me sorprendo cuando los veo representando las escenas que imaginé o repitiendo las líneas que escribí. Nunca redacté nada pensando específicamente en un actor y mucho menos lo habría hecho imaginando semejante elenco."
Pero así fue. Mangold elaboró el guión a partir de hechos e ideas que observó en sus años de infancia y adolescencia en una pequeña locali-dad del valle del Hudson. Muchos policías y bomberos vivían allí; ha-bían huido de Nueva York, a la que volvían cada día para cumplir sus obligaciones, buscando un refugio seguro para sus familias.
"Había en ellos cierto resentimiento hacia la gran ciudad y hacia todas las calamidades urbanas que habían destruido sus antiguos barrios -recuerda Mangold-. En los años setenta se habían dado las condiciones para que ocurriese esta traumática mudanza: por un lado, la imagen policial empezaba a ser duramente cuestionada, ser policía ya no era motivo de orgullo en la comunidad; por otro, el descenso en los precios inmobiliarios y las facilidades de pago favorecían la compra de pequeños lotes en estas localidades próximas a Nueva York."
Mangold imaginó, pues, este Ga-rrison que está del otro lado del río, frente a Manhattan, y puso en el centro a un personaje "nacido de una primera contradicción, de una paradoja: ser el sheriff en un lugar habitado por policías".
Paralelismos
Al joven director, cuyo aplaudido debut con "Heavy" le dio un premio en Sundance y le facilitó la concre-ción de este segundo proyecto, le gusta encontrar algún paralelo entre esta historia y los viejos films del Oeste.
"En primer lugar, que haya un sheriff hace pensar en el western; después, creo que hay paranoias y miedos similares; y por fin, para construir un western moderno hacía falta un clima de tensión y violencia constante y estoy seguro de que lo hay en un vecindario habitado por policías, gente acostumbrada a convivir con el delito y a resolverlo todo por la vía de la violencia. Y además de todo esto, estaba la geografía del western, el miedo a lo que está del otro lado del río, la obligación de atravesarlo todos los días para ganarse la vida y después volver a casa cargado de tensión y de rabia, con la certeza de que allí -donde todos tienen armas y saben qué hacer con ellas- el delito no cabe y soñando con transformar alguna vez las cosas del otro lado de la frontera." Aunque el Viejo Oeste ya no sea el mismo.
Mangold hace hincapié en esa conducta que juzga muy arraigada entre los norteamericanos y que quiere exponer con intención crítica: "Siempre huimos de la peste, buscamos otro lugar donde sentirnos protegidos, y así no afrontamos los problemas".
Un aporte decisivo
La escritura del guión no le llevó más de ocho semanas. También fue rápido el proceso que lo condujo a concretar el rodaje. "La productora Kathy Conrad lo compró y lo llevó a Miramax, y la gente de la compañía, muy valientemente creo, aceptó que fuera yo quien lo dirigiera. Estuvi-mos trabajando con Kathy alrededor de un año sobre el guión y la producción. Y cuando apareció Stallone y mostró interés en participar del elenco, todo se aceleró."
¿Imaginaba que Rambo podía me-terse en la piel de Freddy Heflin? "Uno nunca sabe nada -se ataja Mangold-, pero confía en su instinto. Por ejemplo, si estoy charlando contigo trato de determinar dónde está tu energía principal y cuando la descubro creo que soy capaz de hacerla brotar otra vez y ponerla delante de la cámara. El hombre con el que yo me senté a charlar es una figura tierna, dulce, noble, idealista, romántica. Quiero decir que no anda rompiendo botellas de cerveza, ni deteniendo autos con la fuerza de sus brazos ni pasa a través de las puertas en lugar de usar el picaporte. Es un tipo dulce. Todo lo que yo tenía que hacer era darle coraje para que pusiera esas aptitudes delante de la cámara. Al fin, uno tiene en mente al Stallone héroe de acción, el de Rambo o el de las secuelas de ÔRocky´, pero no al primer Rocky, donde él personificaba a un ser real. Lo que yo necesitaba para Freddy estaba en él. Podría no haberlo prac-ticado mucho últimamente, pero es cuestión de ejercicio. Si uno ha sido boxeador, puede haberse alejado de los gimnasios y no estar en forma, pero sabe muy bien por dónde empezar el entrenamiento para recuperarse. Un actor tampoco se olvida de cómo actuar."
En cuanto al trato diario con Sta-llone (así como con el resto de su cotizado elenco), Mangold dice que desde el principio planteó el diálogo basado en la franqueza absoluta. El carácter de superestrella de Sly no fue problema, sino todo lo contrario, porque era una necesidad profunda suya encontrar en un personaje de verdad y ponerse a su servicio y no al revés, como suele suceder cuando lo que importa no es el papel sino la imagen pública del ídolo popular.
Un gesto de confianza
"Tuve suerte", reconoce Mangold al pensar en que su necesidad expresiva coincidió con la del actor. Y recuerda que cuando hubo que hablar sobre el guión no fue él quien viajó a Miami a buscar a Stallone sino Stallone quien se trasladó a Nueva York. "Creo que con eso quiso demostrarme cuánto le interesaba el proyecto y darme confianza, quería decirme: "No voy a morderte, quiero colaborar". Sly es un tipo muy inteligente. Sabía que yo era un joven independiente haciendo una película de bajo presupuesto en la que pondría, sobre todo, corazón. Quiso tranquilizarme y vino a verme sabiendo cuánto peso podía tener un gesto como ése. Durante todo el rodaje mantuvo esa actitud protectora, como para asegurarse de que yo tuviera toda la libertad para narrar la historia a mi manera."
La historia se pone en marcha cuando en pleno viaje de regreso de Nueva York, un policía de muy bue-nos antecedentes mata accidental-mente a dos muchachos negros. En seguida se moviliza toda la corpora-ción policial de Garrison y se teje una red de encubrimientos para no llamar la atención de la opinión pública (ni la del Departamento de Asuntos Internos de la policía de Nueva York) ya que hay muchos asuntos sucios y mucha corrupción que tapar.
Aquí es donde entra en escena Freddy, que ha sido siempre una especie de marioneta en manos de esos héroes de uniforme azul a los que admira tanto y que se decide a contribuir con el esclarecimiento de los hechos cuando la conjura empieza a asquearlo. Al fin, él sigue creyendo que no debe haber nadie que esté por encima de la ley.
Un inocente entre cínicos
A la espera del eco que "Cop Land" pueda tener en el público y mientras se pone a trabajar en sus nuevos proyectos -ha firmado contrato por dos películas con Miramax y está preparando otra para Columbia con Winona Ryder sobre "Girl, Interrupted", un best seller de Susanna Kaysen acerca de sus experiencias con la depresión, la psicosis y la realidad de las clínicas de salud mental-, Mangold confiesa que hay dos rasgos que lo entusiasmaron de su película: uno, ese paralelismo con el western que le fue sugiriendo la propia marcha de la escritura y que después buscó aprovechar en la realización; el otro, el carácter de fábula que tiene su historia acerca de un inocente agobiado por el cinismo de quienes lo rodean.
Vale anotar que además de los cuatro cotizados actores que encabezan el elenco, también tienen importante participación en el film Peter Berg, Janeane Garofalo, Annabella Sciorra, Michael Rapaport y Cathy Moriarty.
El cambio comienza a los 50
Los Angeles.- Stallone explica por qué no se decidió a ampliar el espectro de sus personajes: "Podría defenderme diciendo que no había encontrado el libro indicado ni el director que me mereciera confianza. Pero lo cierto es que no estaba preparado mentalmente para asumir un papel que supusiera tanto compromiso. Pienso que si mis últimas películas no tuvieron demasiado éxito fue precisamente por eso, porque yo no quería correr riesgos.
-¿Qué lo hizo cambiar de opinión?
-Probablemente los contratiempos de mi vida familiar (alude a la enfermedad de su hija, pero queda claro que no quiere extenderse sobre el tema), hechos que me hicieron reflexionar sobre mi vida y sobre mi carrera. Y tal vez también la edad. Creo que sentí que si no me decidía a hacer un cambio ahora que llegué a los 50 (exactamente 51, nació en 1946), no lo haría nunca más.




