Suna Rocha: "Yupanqui me honró con su amistad"

Un espacio experimental en busca de la entrevista soñada: el invitado se interroga y se fotografía
Laura Lunardelli
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15 de agosto de 2014  

La cantora Suna Rocha (y no cantante, como aclarará más adelante) dedica un rato a hacerse una autofoto, darle unos toques warholianos, interrogarse y responderse en una autoentrevista que recorre cantidad de temas. Habla de su belleza exótica, de los flechazos amorosos que pasaron desapercibidos, de qué significa ser artista, del amor por la lectura, de su amistad con Atahualpa Yupanqui y de cómo sobrevivir siendo mujer en un terreno machista.

-¿Te preguntás habitualmente cosas de tu vida, de tu pasado?

-¿Qué puedo preguntarme de mi vida que no sea de mi tarea como folklorista? ¿De mi vida privada? ¿A quién le importa? ¿De mi belleza, que ya fue? ¿Y cómo, de grandecita, me vengo a enterar de que provocaba más de un suspiro? ¿Que con esa belleza con una gran dosis de criollismo y, por lo tanto, exótica, a más de uno dejé de a pie, como reza una milonga que canta Tita Merello?

-¿Habrá sido mejor ignorar?

-Quizá lo mejor haya sido pasar por la vida serena, pero no presuntuosa en ese sentido. Y que me haya importado más elaborar mi pensamiento, tomando el hábito de la lectura y encontrarle sentido, por ejemplo, a Jorge Manrique, al que una y mil veces traté de travesearle una musiquita a sus Coplas por la muerte de mi padre.

-Alguna vez sentí un sermón de un cura del Tercer Mundo que decía que los artistas son los seres que están más elevados y que, por eso, están más cerca de Dios. ¿Qué podrías agregar?

-Esta reflexión la llevé prendida en mí una y otra vez, buscándole diversos sentidos, apelando a la filosofía y dudando de esa realidad. Y creo que más me importó develar y desentrañar esto que, creo, pertenecer a la tercera dimensión.

-¿Todo tiene que ver con que sostengas que sos una cantora y no una cantante?

-Es que la cantora tiene por qué, y la cantante tiene con qué.

-Se habló mucho de tu amistad con Atahualpa Yupanqui, al que acompañaste hasta sus últimos días. ¿Cómo fue eso?

-Yupanqui me honró con su amistad. Éramos amigos por la música y por la copla; era un hombre lleno de misterio y sabiduría, un practicante del silencio y la soledad, pero con un verbo formidable que no me atrevía a interrumpir, porque cada palabra parecía que estaba en su justo lugar. Fuimos muy amigos, sí, pero no es cierto que haya sido la Kodama yupanquiana.

-¿Cómo te ves?

-Me considero una cantora de música marginal. Nuestra música no puede entrar en ciertos lugares, sobre todo en Capital Federal, en la televisión, por ejemplo, y no se puede querer aquello que no se conoce. Hay otro concepto en las provincias, por eso hacemos un trabajo inductivo, venimos de las provincias a trascender a la Capital Federal.

-¿Por qué en los escenarios hay mayoría de hombres?

-Es un asunto temerario ese, como si las mujeres no tuviésemos nada para decir. Curiosamente, la chacarera, la zamba, la vidala, la canción, la cueca, la luna -inspiradora natural de la poesía- y la madre tierra son femeninas. ¡Ah! La estupidez, también.

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