
Tamiz humano
Páginas de Tolstoi recrean un drama actual
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"Prisionero de las montañas" ("Kavkazsky Plennik", Rusia, 1996), presentada por Líder. Libro: León Tolstoi. Guión: Arif Aliev, Boris Giller, Sergei Bodrov. Fotografía: Pavel Lebeshev. Música: Leonid Desyatnikov. Intérpretes. Oleg Menshikov, Sergei Bodrov Jr., Jemal Sikharulidze, Susanna Mekhralieva, Alexei Jharkov, Valentina Fedotova. Dirección: Sergei Bodrov. 98 minutos. Para mayores de 13 años.
Nuestra opinión : muy buena
El cine ruso llega siempre para sorprender. Este es un nuevo caso, dentro de una cinematografía con una historia hoy menguada en difusión, pero singular en su vanguardismo y en el tratamiento profundamente humano y universal de temas sociales e individuales.
La madurez del director Sergei Bodrov es puesta en evidencia en una historia de actualidad mechada por el primitivismo de una comunidad ajena al progreso de las civilizaciones. El realizador toma unas páginas de Leon Tolstoi y recrea la guerra entre los del Mar Negro y los del Caspio allí narrada, pero desplaza la acción hacia otros odios, también ancestrales, los que laten entre rusos y chechenos, en el Cáucaso.
La crudeza dramática de la acción reside en situarla no en el frente de batalla, un sitio para la epopeya y la heroicidad, sino en diminutos núcleos comunitarios donde la guerra es un odio permanente, un fenómeno doméstico, y la muerte de los hijos, un hecho de entrecasa.
Bodrov ubica el hecho en una aldea mimetizada entre desniveles de piedra en los altos de una montaña -se rodó en Rechi, donde viven los aguls, un grupo étnico entre los más arcaicos del Daghestán- y centra los acontecimientos (si se puede llamar de este modo al suave quietismo de su marcha) en una comunidad musulmana.
Hasta allí llegan, engrillados, un sargento y un recluta rusos, a quienes no matan porque un vetusto patriarca que los encierra pretende canjearlos por el hijo que los rusos le retienen preso.
La consigna, de uno y otro lado, es matar al enemigo, por eso resulta incomprensible la actitud del musulmán, Abdul, y es motivo de provocación para aldeanos más belicosos e intolerantes. Es fácil advertir que en el drama se juegan odios interraciales de muy antigua data y que siempre están actualizados.
A la manera del moderno cine de Medio Oriente, sobre todo la producción iraní de Abbas Kiarostami y otros, una pátina de neorrealismo poético inunda los bordes de la historia, con el añadido de los rostros ajados de labriegos y vecinos (no extras alquilados), que ofrecen, sin palabras, el primer comentario y la mirada inicial sobre la narración. Queda para el espectador ver los hechos desde ese impresionante tamiz.
Horizonte trágico
Bodrov, que no se resiste a la comedia ni a la ironía aunque un horizonte de dramatismo y tragedia final presagia otros estados de ánimo, da espesor al estirado tedio del cautiverio del sargento y el soldado, que apenas han pasado la adolescencia. Unos pocos hechos laterales -la niña que juega con un pájaro de madera, los esfuerzos de Abdul por recuperar a su hijo, el odio de quienes acechan, un intento de huida, una borrachera- recortan la densidad de la demora y exponen la magnífica grandeza del espacio natural como fondo de cada muerte, en una decisión integradora.
Se trata de un desplazamiento de la acción para dar paso a imágenes ópticas y sonoras puras, como fragmentos débilmente enlazados en una cotidianeidad quieta y vasta, como quería el filósofo francés Gilles Deleuze en sus textos sobre cine. La vida cotidiana se hace "tiempo muerto" en relación con el definitivo destino de algunos personajes para dejar inerte, pura imagen y sonido, la relación entre vivir, morir y seguir igual.
Es la ausencia del acontecimiento, un fenómeno constante en el cine oriental.
Sólo están de más unas fotos fijas y una "voice over" que, por restar ambigüedad al final, un desenlace irónico y enigmático, lo deslucen con un descenso a la realidad de las explicaciones concretas.
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