El grupo cerró el año con un show gratuito frente al Monumento a la Bandera y reafirmó su escala masiva convirtiendo su sonido en el soundtrack de una ciudad
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Mientras una lluvia dorada de papelitos lo envuelve como un aura plástica y metalizada, Chano Moreno Charpentier sale al escenario vestido de cuero negro, tachas doradas, y enfrenta a la multitud con un puño en alto, como si quisiera capturar y apretar entre sus dedos este momento, dejando en claro que para él y para Tan Biónica esta noche y este show son una nueva conquista que merece ser celebrada desde el primer acorde. Detrás suyo, el grupo empieza a tocar la intro sintética y bolichera de "Vámonos", el séptimo track de Destinología, otro himno nocturno con bombo en negras y un riff de sintetizador que suena como el latido noctámbulo y esquizofrénico de una ciudad y, ahí abajo, el público de adolescentes que desde las vallas le grita a Chano que lo ama, crece como una marea humana que llena el parque desde la costa del Paraná donde está montado el escenario hasta el Monumento a la Bandera y sigue todavía más allá, en la gente que se ve asomada a los balcones de los edificios iluminados de la ciudad, como si Tan Biónica estuviera tocando para la ciudad entera.
Son las 8:30 de la noche del sábado y, mientras Calamaro cierra el año en Buenos Aires, La Renga en Navarro y NTVG en Paysandú, atardece sobre el río Paraná y Tan Biónica está empezando a hipnotizar esta noche que rebautizaron como #7D, con un comienzo plantado en su último álbum que sigue "Mi vida secreta" y "Hola noviembre", dos nuevos clásicos instantáneos en los que Chano suelta sus imágenes nostálgicas y obstinadas de amores retorcidos sobre estribillos pegadizos de FM.
A un año del show de Alcorta y Pampa en el que convocaron a 100 mil personas, Tan Biónica demuestra que en el 2013 afianzó su capital de convocatoria para convertirse a la banda que quiere ser, ganando músculo y densidad sonora con la incorporación de la segunda guitarra de Juan Manuel Romero, para esta nueva etapa de su carrera, en la que se piensan a sí mismos como una banda de estadios, sonando más grandes que nunca. Y con un escenario que se ve como la entrada de un palacio, con distintas plataformas para los músicos, alfombras rojas, detalles dorados y una pantalla HD, en un nivel de producción que acá solo cultivaba Gustavo Cerati y, a veces, también Babasónicos.
Para "Loca", Chano juega se siente al piano y le pregunta a su hermano Bambi: "Che, ¿cuál tocamos ahora?" Es uno de los primeros momentos en los que el grupo va a romper la inercia de banda plantada frente al público, desarrollando su show como si todo tuviera algo de musical de Glee en el que además de tocar las canciones contaran la historia de dos hermanos que con dos amigos más arman un grupo y se convierten en estrellas de rock y terminan tocando frente a 50 mil personas, pero sin dejar de ser dos hermanos jugando a todo esto. Y que va a repetirse cuando Chano y Bambi crucen hasta el mangrullo los dos solos para tocar dos versiones acústicas en guitarra de "Momentos de mi vida" y "El asunto", o cuando los cuatro se paren frente al escenario detrás de unas tarimas para un set con versiones minimalistas de "Lunita de Tucumán" y "Pastillitas del olvido" despojadas de la potencia radial.
Después de un break que parte el show en dos, el grupo vuelve al escenario vestido de negro y plateado, montado sobre los sintetizadores de "Ciudad mágica" y unas pelotas gigantes ruedan sobre la multitud en una cita a la gira de 2009 de Coldplay en la que soltaban pelotas amarillas sobre el público cuando tocaban "Yellow". En esta segunda mitad, la intensidad eléctrica y emocional se potencia con versiones profundas de "El duelo", "Música" y un final con tres hits arrolladores del grupo, en los que las voces de la gente tapan la de Chano, sobre todo en "Arruinarse", ese primer hit enfermizo con el que se viralizaron entre sus fans adolescentes. Después vienen "Obsesionario en La Mayor" y "La melodía de Dios", con Chano vestido con una capa que va a terminar regalándole a un fan y en la que, sobre el final, antes de la última coda de la canción, se va a encargar de agradecerle a los que los hicieron sonar por primera vez en sus vidas en una radio hace varios años acá en esta ciudad, al piberío biónico, a toda la gente que vino y a los sponsors, mientras la banda vuelve a subir otra vez el volumen bajo una tormenta plateada que otra vez los envuelve y Chano se despide agradeciéndole a sus primeros fans rosarinos que los seguían cuando viajaban en un Ford Fairlane de Diega, el baterista, para tocar para 50 personas: "Gracias a los que fueron a esos McNamara, a ese Club Imperial…"
Por Juan Morris
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