
Tánger, entre el mito y la realidad
"Fantasmas de Tánger" ("Les fantomes de Tanger"/1997), producción franco-suiza-alemana en colores, presentada por Cine Ojo. Hablada en francés. Guión: Edgardo Cozarinsky. Fotografía: Jacques Bouquin. Intérpretes: Eric Grévill, Younes Moktader, Paul Bowles, Mohamed Choukri. Música: Orquesta Andalusí de Tánger y Noel Coward. Dirección: Edgardo Cozarinsky. Duración: 89 minutos. Calificación: apta para todo público. Nuestra opinión: buena.
1 minuto de lectura'
La primera imagen de "Fantasmas..." es una postal marina con la silueta de Tánger surgiendo entre la bruma. Es justo que así sea, porque una de las condiciones para penetrar en la célebre ciudad marroquí -si se quiere estar a la altura del mito- es llegar por vía marítima, desde España, y con la sombra del peñón de Gibraltar a las espaldas. En el barco se encuentra un escritor en busca de inspiración (Laurent Grévill) que viene a confrontar su curiosidad con la realidad del territorio en que vivieron, en forma temporaria o permanente, escritores como William Burroughs, Allen Ginsberg, Paul y Jane Bowles. Tiempos de posguerra en que la ciudad portaba status de internacional. Vale decir: tierra de muchos y tierra de nadie.
El narrador viene, en pocas palabra, a medirse con su mitología privada. Por el otro, inmerso en plena realidad de hoy, se encuentra un chico del sur del país que escapa de la miseria y, como tantos marroquíes, añora atravesar en pateras el estrecho para alcanzar la costa española. Las dos vidas se cruzarán continuamente durante la película, sin encontrarse jamás, en una suerte de contrapunto en el que representan dos caras opuestas de una misma moneda.
No es la primera vez que Cozarinsky (director argentino radicado en París desde 1974) utiliza una estrategia de ficción para elaborar, en realidad, un documental anómalo. En "La guerra de un solo hombre" (1981), tal vez el ejemplo más logrado de su filmografía, lograba una singular fricción, a través de los noticieros de la ocupación francesa y los diarios de Ernst Junger, entre lo real, lo imaginario y las miradas sobre ambos.
En "Fantasmas de Tánger", lo que había comenzado como relato ficcional deviene peregrinación documental. El escritor contacta a ilustres habitantes de los tiempos internacionales -comenzando por la dueña de la célebre Librerie des Colonnes- que, a su vez, lo conducen a otros personajes que sobrevivieron a la época dorada: un guía sospechoso, un inglés con fama de haber sido un espía temible y que posee la mejor colección de fotografías de la época, el mismísimo Paul Bowles acurrucado en su lecho (en la que probablemente sea una de las últimas imágenes del escritor norteamericano, fallecido el año último) o el novelista marroquí Mohamed Choukri (autor de la controvertida "El pan desnudo"), el único de extracción pobre y el único que no añora los tiempos de supuesta gloria citadina.
En lugar de rastrear apenas los familiares fantasmas de artistas, el escritor terminará hurgando en la vida social de aquellos tiempos, sus magnates descarriados y los nómades varados a su pesar. En su deambular, se topará con una tienda que conserva prendas de hace cincuenta años y una sinagoga casi oculta donde acuden los escasos judíos sefaradíes que permanecen en el lugar. El Tánger mítico, donde Burroughs escribió (aunque sin recordarlo) "El almuerzo desnudo", se irá así disgregando poco a poco hasta asemejarse a un purgatorio terrible y sin escapatoria.
Cozarinsky no cree en la dirección de actores, y eso queda en evidencia con los largos planos de rostros que buscan captar los gestos espontáneos del documental. Porque el punto nodal de su reflexión cinematográfica es la colisión y la interpenetración de la realidad y la imaginación, dos términos que en su obra no pocas veces se vuelven permutables.
En cierto momento, una inglesa le cuenta de un extinto burdel de muchachos, regenteado por un andaluz, que solían frecuentar en sus visitas a Marruecos intelectuales como Michel Foucault y Roland Barthes. El escritor imagina un sobrio palacio pintado de blanco, con un dejo de cuento árabe. La realidad será otra: hoy abandonado, el lugar no es más que una habitación sucia y ajada con un único cuarto de duchas sórdido.
La historia complementaria, la del niño, queda en un lugar completamente subsidiario, apenas un embrión de relato. Su escaso relieve parece por momentos la búsqueda de un ascetismo deliberado; por otros, una simple excusa para mostrar la realidad de hoy y, a la vez, la mirada en negativo del europeo. Pero cuando la película llega a su fin es Tánger, la imaginaria, la real, que se revela como único personaje. La desilusión que el escritor siente por ella es directamente proporcional a su embeleso, que no logra comprender. El mismo regusto ambiguo que queda, por arte de magia, en el espectador.
1
2Mirtha Legrand se reencontró con Jimena Monteverde y emocionó a todos: “Me hacés llorar”
3Se reprograma MasterChef: por el debut de Gran Hermano, el reality de cocina cambia de horario
4Evangelina Anderson en modo fan: disfrutó del show de Ricky Montaner, reveló su tema favorito y mostró quién la acompañó


