Campi: la herencia humorística de Gasalla, los políticos que lo tentaron y su nuevo gran desafío en el teatro
El actor se prepara para encarnar a la Señora Doubtfire, el personaje que interpretó para la pantalla grande el recordado Robin Williams; “Me encanta agarrar laburos incómodos, que me sacan de la zona de confort”, asegura
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Martín Campilongo, más conocido como Campi, llega al ensayo con la misma mezcla de rigor y ternura que luego despliega en escena. Es amable, saluda a todos, hace chistes con quien tiene confianza y con quien no, se presenta con una sonrisa y un beso. Se para en el medio del salón, escanea el espacio y lo camina como si visualizara a la perfección el perímetro del Teatro Liceo que a futuro lo tendrá sobre sus tablas. Está atento a cada detalle, concentrado y generoso con sus compañeros, con esa autoridad silenciosa que sólo tienen los líderes naturales que se forman a base de talento y contratiempos. La entrevista con LA NACION sucede allí, en un hall aledaño a la sala de ensayo del barrio de Villa Crespo, donde ultiman, entre marcas, canciones y vestuarios, el estreno de lo que será el musical Papá por siempre el 16 de enero, junto a Daniela “La Chepi”, con dirección de Ariel Del Mastro. En el ambiente hay ansiedad, ilusión y trabajo, porque aunque nadie lo reconozca abiertamente, saben que están frente a uno de los desafíos más ambiciosos de sus carreras.
-El 16 de enero estrenás Papá por siempre en el Teatro Liceo. ¿Cómo te encuentra este proyecto?
-Con mucho trabajo y dedicación. Yo vengo preparándome desde abril, el resto del equipo desde hace dos meses y cuando estrenemos, se habrán cumplido tres meses ininterrumpidos de trabajo todos juntos. Creo que nunca me preparé tanto para una obra en mi vida. Porque a diferencia de todo lo que hice, acá canto, bailo y actúo. Cuando entendí la magnitud del proyecto, decidí dejar de fumar, porque sabía que no me iba a dar el aire. Para mí, es un desafío enorme, pero me encanta agarrar laburos incómodos, esos que me sacan de la zona de confort.
-¿Sabías desde el inicio que iba a ser una comedia musical?
-Sí, porque la versión teatral es una comedia musical que se estrenó en Londres, pasó por Broadway y recién ahora llega a Buenos Aires. Eso ya te marca una exigencia distinta. Yo había cantado y bailado, incluso gané premios por eso, pero todo junto nunca.

-¿Cómo te llegó la propuesta?
-Yo venía de hacer dos temporadas de Esperando la carroza y aparece Juan Manuel Caballé con esta idea. Ya tenía otro proyecto armado para el 2026 que me tenía muy ilusionado, pero nada podía acercarse a este tanque. Lo otro estaba muy bueno, pero esto es enorme, muy ambicioso, y decidí dejar todo lo otro de lado. Hace tiempo entendí que en mi vida tengo 80 años para disfrutar de lo que amo hacer y ya tengo 56. Entonces tengo que hacer lo que me motive por demás. En el teatro encontré todo lo que me gusta y le tengo que sacar el jugo. No puedo perder tiempo dudando. Me surgió esta posibilidad que estaba lejos de mis posibilidades concretas pero el productor me dijo que me vio en Tu cara me suena donde también cantaba y que iba a poder hacerla. Y me dije: “Ok, hagámosla”.
-¿Habías visto la película original de Robin Williams?
-La vi en su momento, en el año 93, pero ahora la volví a ver varias veces y también vi la obra de teatro. Es un personaje icónico, de un actor recontra querido por todo el mundo, que te saca una sonrisa solo de nombrarlo pero a su vez lleva consigo un dejo de nostalgia. Y la película me gusta también por eso, porque tiene momentos muy arriba y también muy dramáticos. Ese subibaja me encanta. Es la historia de un padre capaz de cualquier cosa por ver a sus hijos, y eso conmueve.
-En Esperando la carroza el elenco era coral, ahora sos cabeza de compañía. ¿Te genera presión?
-Lo tomo como que es lo que yo sé hacer, eso de interpretar personajes y ponerme en el cuerpo de otro. A su vez tengo un público que me sigue hace 35 años y elijo los laburos pensando en no defraudarlo. Quiero ser de esos actores que el público va a ver haga lo que haga. Que sepa que va a encontrar algo honesto, sin berretadas. Además me tranquiliza la calidad de mis compañeros. Están Albana Fuentes que viene de hacer La sirenita, Daniela “La Chepi”, Gabriela Bevacqua, Alberto Favero. En la producción están Florencia Bertotti y Juan Manuel Caballé. En la dirección de actores Marcelo Caballero y general Ariel Del Mastro. Son animales de la comedia musical, pilares de la industria. Estoy muy bien acompañado.

-La comparación con el personaje de Mamá Cora va a ser inevitable.
-Mamá Cora es una abuela de barrio, bien porteña, medio desprolija. La señora Doubtfire es inglesa, más armada, educada, sofisticada. Tiene 15 o 20 años menos. Las dos son amorosas y sabias, pero vienen de mundos culturales muy distintos. El personaje de Gasalla estaba definido, a Doubtfire le pongo todo mi recorrido, mis 56 años de vida. La historia que contó Robin Williams tranquilamente puede pasar acá, con un papá argentino. Entonces la impronta es la mía, es mi sello, y eso no se copia.
Abanico de personajes
Nacido en Parque Patricios, Campi es hijo genuino del humor porteño. Surgió en el teatro off, y por cuestiones del destino, encontró su lugar en la tribuna de Nicolás Repetto que ofició de semillero para Favio Posca, Cecilia “Caramelito” Carrizo y Laura Oliva, entre otros.
Años más tarde, se popularizó con su abanico de personajes en los programas de Marcelo Tinelli y, sin estridencias ni escándalos, construyó una trayectoria sólida, respetada y profundamente teatral. Ya siendo parte del mainstream, conoció el amor con Denise Dumas, la mujer de su vida, con la que tiene dos hijos, Emma y Francesca, además de los dos de ella de su anterior pareja, Isabella y Santino. Desde aquellos sótanos donde sus personajes hurgaban los mundos más lúmpenes hasta los grandes escenarios, Campi nunca perdió el pulso artesanal del oficio ni el respeto por el público. Reconoce que no se vende por dinero y que tuvo muchas posibilidades de hacerlo, pero su paz interior vale más que una cuenta corriente llena de ceros. La misma paz que encuentra también cuando llega a su casa en la provincia de Buenos Aires, alejado del ruido y las luces, y se pone a trabajar la tierra. Dice que podría dar tranquilamente una nota exclusiva sobre botánica, su nueva pasión.

Aunque lo niegue o no quiera reconocerlo, hay en Campi algo de heredero natural de Antonio Gasalla. No por imitación, sino por linaje. Como él, entiende al humor como una forma elevada de contar la condición humana, de conmover desde la risa, de sostener criaturas escénicas que trascienden el gag y se vuelven memoria colectiva. En tiempos de vértigo y fugacidad, Campi encarna la figura del capocómico clásico, sofisticado y sensible, que honra una tradición y, al mismo tiempo, la mantiene viva. Como esos corredores olímpicos que le pasan la posta a su compañero para que siga corriendo, podría decirse que Antonio le dio el traje de Mamá Cora para que Campi triunfe en la versión teatral de Esperando la carroza. Y con ese legado, continúe su camino.
-Hablando de comparaciones, ya son muchos los que vemos en tu recorrido un paralelismo con Antonio Gasalla…
-Me halaga pero no me lo creo. Sí puedo decirte que éramos muy amigos y que teníamos una forma muy parecida de laburar, muy artesanal. Él venía del under, como yo. No sé si me pasó la posta, ojalá. Sería como si Sabina te pasara la posta como músico. Hermoso.
-En el último tiempo diste un salto de calidad en cuanto a lo artístico. ¿Sos consciente del lugar que ocupás hoy?
-No. Y es una elección que me da tranquilidad y me concentra en lo que debo hacer. Tengo vértigo, no miro para abajo. Prefiero disfrutar el momento. A veces miro para atrás y veo que no paré nunca y que tal vez, cada paso, cada personaje, cada trabajo realizado y cada puerta que cerré porque no me convencía, me puso donde estoy hoy. Pero siempre seguí, y me da alegría que la gente me recuerde personajes míos de hace 10 o 20 años.
-En ese recorrido, ¿hubo gente a que le puedas agradecer la oportunidad?
-Sí, claro. A muchos. Algunos aparecieron como Nicolás Repetto y Juan José Campanella, y otros los busqué como a Marcelo Tinelli. Nico fue la puerta grande. Y en su programa conocí a Pablo Codevilla, que fue uno de mis más grandes maestros. Yo venía de hacer personajes muy periféricos, marginales y él me moldeó. “Porque estamos en Telefe, no podés decir tal o cual cosa, no podés hacer este gesto” me decía. Y sí, tenía razón, era el año 1994 y estaba en el canal de la familia. Era una televisión muy naif y yo venía con Pucheta, ese rollinga hermoso que decía barbaridades (se ríe). A Tinelli lo busqué porque no tenía trabajo y no tenía para comer. Y ahí explotó todo, con los personajes, con las caracterizaciones para Gran cuñado. Y después Campanella, que era mi deseo y apareció de la nada. Con él hice en teatro ¿Qué hacemos con Walter? y fue maravilloso.

-¿Qué te enseñaron tus grandes maestros?
-Por sobre todas las cosas el respeto al trabajo y a los compañeros. A cumplir horarios, a saber la letra, a no hacerle perder el tiempo al resto. Y después cuestiones inherentes al oficio del actor y del humorista. Llegó un momento en que dejé de pagar clases de teatro, empecé a cobrar por mi trabajo y encima los maestros más grandes pasaron a ser compañeros míos que me enseñaban in situ. Podría nombrarte artistas muy generosos conmigo como Rodolfo Ranni, Ana María Picchio, el mismo Gasalla, Juan Carlos Calabró. Ojalá yo haya sido igual de generoso con otros.
-El universo Tinelli puede enloquecer a cualquiera. Estabas en la cima.
- Yo comiendo arroz seco era feliz, entonces la verdad es que no me obnubilaba nada. A mí con plata no me corrés. En la época de Gran cuñado vinieron muchos políticos a traerme fortunas que jamás había visto toda junta y les dije que no. Yo soy el único que ganó dos Gran cuñados, uno con Aldo Rico, que no lo quería nadie y después todo el mundo lo adoraba, y con Adolfo Rodríguez Saá. Claro, el programa los posicionaba, los hacía ver buenos, entonces querían que yo los imitara. Una vez me llamaron de un programa político para que vaya solo pero cuando me enteré que tenía que decir textos que habían escrito otros, me negué. Nunca me vendí, no me vendería y menos por un político.
-¿Qué imitaciones te dieron alegrías?
-Interpretar al papá de Fito Páez en su serie me dio muchas satisfacciones. Hacer a Tato Bores cuando nadie lo hacía, me llenó el alma. Tato estaba guardado en un cajón y yo quise sacarlo. Me costó, pero salió. De hecho sus hijos no querían, hablé con ellos, me dieron el ok y hasta generé un hermoso vínculo. Hoy volvió a la cultura cotidiana y sé que tuve algo que ver.

-¿Cómo es el Campi sin máscaras?
-Muy familiero, muy de mi hogar. Soy cero fútbol. Me gusta viajar con mi mujer y mis hijos. Plantar árboles. Amo la naturaleza y los animales. Tengo caballos rescatados, perros, ahora dos loritos que se cayeron de un árbol y los estoy criando. Vivo en Colegiales y una parte de la semana vivo a 100 kilómetros de Capital, donde tengo una especie de huerta, jardín y parque, porque me doy mucha maña con la tierra. Todo el tiempo estoy plantando semillas.
-¿Ese contacto con la tierra es tu refugio?
-Total. Planto frutales, nueces, higueras, paltas, uvas. Traigo semillas de todos lados. Tengo una enredadera que me traje del Coliseo romano en un vasito, un potus de la casa de Ernest Hemingway. Creo que si todos tiráramos semillas al costado de la ruta, se acabaría el hambre en el país. Yo como una fruta, dejo secar las semillas, a los días las siembro y Dios hace el resto. En mi casa tengo un árbol de pomelo que me da diez cajas de pomelos cada vez que florece. Lleno bolsas de uvas, pomelos, hago un mix de todo lo que cosecho y lo llevo a comedores cercanos de mi barrio.
-Si ahora miraras hacia atrás como dijiste antes, ¿te sentirías en paz?
-Sí, por supuesto. Nunca pensé estar como estoy hoy, pero sé que hubo mucho trabajo y muchas buenas decisiones. Armar una familia con Denise fue una de ellas. La conocí cuando sus dos hijos tenían uno y tres años, le sumamos dos hijas nuestras y mi familia es mi base. A partir de ahí, construí. Estoy contento con quien soy. Estoy acá, por estrenar una obra enorme, rodeado de gente que quiero y haciendo lo que amo. Ya es muchísimo.
Para agendar
Papá por siempre. Funciones: desde el 16 de enero, martes, miércoles y jueves a las 20.30; viernes y sábados, a las 19 y 21.30, y domingos, 19.30. Sala: Teatro Liceo (Avenida Rivadavia 1499).
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