
El placer de ver a un gran elenco
Todos los actores brillan en esta nueva versión de una obra de Yasmina Reza
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Conversaciones después de un entierro. De Yasmina Reza. Con Alejandro Awada, Martha Bianchi, Héctor Gióvine, Natalia Lobo, Federico Olivera y Carina Zampini. Diseño de iluminación y escenografía: Jorge Pastorino. Diseño de vestuario: Marta Albertinazzi. Música original: Carmen Baliero. Dirección: Luciano Suardi. En el Broadway. Duración: 90 minutos.
Nuestra opinión: buena
La historia de cualquier familia siempre contiene en potencia los temas de una novela: deseos que las costumbres prohiben y no se pueden cumplir sin atravesar un doloroso y en ocasiones trágico conflicto, secretos que se arrastran muchas veces toda una vida sin revelar, temores por situaciones que se suponen han ocurrido y no se confiesan, frustraciones por roles que se asignan y no se han querido, resentimientos o afectos con seres que hemos amado y que nunca pudieron ser puestos en palabra.
Las vetas que ofrece esta institución es pródiga y desde la antigüedad al siglo XXl el arte ha acudido a ellas para inspirarse y reflexionar sobre los misterios del alma, de la psiquis de los mortales. Los griegos fueron maestros en los procedimientos de iluminar el costado oculto que las pasiones humanas mostraban frente a las prescripciones de la ley, sobre todo en aquellos sectores de la sociedad unidos por lazos endógenos.
La conocida y exitosa dramaturga francesa Yasmina Reza, autora de ART y de la actualmente en cartel El hombre inesperado , no vacila tampoco en escudriñar uno de esos focos de tensión para armar una pieza teatral realmente atractiva. En este caso, el disparador de las atribulaciones del grupo familiar es una mujer, que se ha interpuesto entre el amor de dos hermanos. De uno ha sido esposa y del otro, amante.
El deceso del padre de estos dos hombres -a los que debe añadirse una hermana- los reúne, junto a un tío y su esposa, en la propiedad de campo donde aquel vivía y ha decidido que entierren sus restos. Los balances inevitables que provocan la muerte de un ser querido, más la presencia de ese personaje femenino que viene a saludar a los deudos del fallecido, a quienes no ve desde hace tres años, reaviva los antagonismos dormidos o en latencia.
Con mano diestra, sobre todo teniendo en cuenta que ésta fue su primera obra, y un criterio más moderno que convoca a la madurez y evita desenlaces feroces, como tal vez hubiera vez ocurrido en la obra de un clásico griego o francés, Reza se introduce con hondura en la interioridad de sus criaturas y no les ahorra padecimientos ni confidencias duras sobre sus personas, pero la ternura por ellos puede más y les da una oportunidad, les posibilita un respiro y un camino para no ingresar en la irracionalidad. No oculta, sin embargo, que la vida es áspera y choca a cada rato con escollos que hieren el corazón.
Luciano Suardi acertó plenamente en la elección del elenco, que despliega sobre el escenario mucha justeza y compenetración con sus papeles. Todos los actores cargan la atmósfera escénica de un gran interés, tanto los jóvenes como los mayores y en esto es evidente el prolijo trabajo del director. La composición de Martha Bianchi, por ejemplo, es de una sutileza muy especial. Héctor Gióvine le transmite un gran aplomo a su simpático y querible tío Pierre. Carina Zampini propone para su Elisa -la mujer que es amada por los dos hermanos- un halo enigmático que le cae bien a su personaje, del que no se sabe bien hasta el final qué es lo que quiere. Federico Olivera, acaso el más tormentoso de los seis seres que recorren esta galaxia familiar y el más golpeado por las desventuras, se desliza por una línea de constante dramaticidad y enriquece a su Alex cuando sobre el epílogo lo afloja y muestra las mejores reservas de su afecto, su otro lado. Alejandro Awada despliega la solvencia de siempre y Natalia Lobo dibuja sin dificultades a una hermana cuyo apego a ciertos mitos familiares son bien purgados por la sana ola de purificación que sobreviene de los viejos rencores o enconos del grupo.
El dispositivo escenográfico de Pastorino es, por su parte, inteligente y funcional pues a través de un largo muro, del que entran y salen objetos, una tela blanca detrás y una iluminación sabia, logra crear, en lo que parece todo lo mismo, ambientes que se sienten siempre diferentes. El acompañamiento sonoro contribuye a estas sensaciones.
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