El monólogo, basado en la novela de Jacobo Bergareche, reflexiona acerca del tedio en la pareja y cómo recuperar los pequeños grandes momentos de a dos
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Los días perfectos. Basada en la novela de Jacobo Bergareche. Adaptación y dirección: Daniel Veronese. Intérprete: Leonardo Sbaraglia. Escenografía y video- proyección: Alberto Negrín. Iluminación: Ariel Ponce. Sala: Teatro Nacional Cervantes, Libertad 815. Funciones: miércoles a domingos a las 21. Duración: 70 minutos. Nuestra opinión: muy buena.
El narrador y guionista Jacobo Bergareche, nacido en Londres pero afincado en España, publica Los días perfectos en 2021 y su texto se ha traducido en diez idiomas, lo cual implica que su historia logró provocar la atención de múltiples seguidores en el mundo.
Cómo explicar su éxito si las historias que describe promueven una intensa desazón en los lectores. A medida que transcurre la narración, ellos irán hundiéndose con las disquisiciones de Luis, el protagonista, quien intenta recuperar los días perfectos que vivió junto a su pareja, Paula, pero solo logra reconocer que, al cabo de 17 años de matrimonio, la rutina no ha hecho más que desgastar el amor.
Luis, que está en los Estados Unidos tratando de realizar una investigación periodística sobre el escándalo del Watergate, descubre en un Centro de Documentación de Texas las cartas que William Faulkner le enviaba a su amante en los años 30. Además de esos textos, encuentra una serie de pequeños dibujos en los que el escritor trataba de dejar plasmadas algunas imágenes, casi infantiles, de los días felices que ambos transitaron juntos.

Paula es admiradora de Faulkner y esto lleva a Luis a confrontar aquella historia de romanticismo entrañable con su propia vida y descubre que en algún momento algo se quebró en su relación. ¿Cómo recuperar lo perdido? Escribe entonces una extensa carta dirigida a Paula donde da cuenta de sus estados anímicos, mientras recuerda algunos momentos vividos con ella.
Si bien en el texto original de Bergareche se describen dos historias amorosas que mantiene el personaje (una amante ocasional con la que compartió algunos viajes y la siguiente es con su esposa), la versión de Daniel Veronese se centra en esta última y toma solo algunas cuestiones de la primera para marcar con más énfasis la conducta de ese hombre atormentado, por momentos, que está convencido de que entre la pena y la nada elige la pena, como forma de mantenerse en pie.
Hay una pregunta que, seguramente quedará flotando entre los espectadores que participen de esta experiencia escénica. ¿Vale la pena tratar de recordar ‘los días perfectos’ que una pareja compartió a lo largo de 17 años, si en verdad esos recuerdos no hacen más que reforzar el sentimiento de tedio con el que se ha convivido durante mucho tiempo?
Algo interesante de destacar es que ese mismo sentimiento de tedio no solo lo experimentará el lector al seguir la narración original, sino además, también el público que asista a estas funciones. Es un recurso que tanto el autor como el adaptador necesitan enfatizar para aportarle mayor volumen al protagonista e interpelar a quien observa. Y esto último, seguramente, lo logran.

Leonardo Sbaraglia asume con mucha convicción ese rol tan complejo que decide recrear. En su relato pasa por muy diversos estados emocionales y tiene la capacidad de que, sobre todo su cuerpo, experimente unas reacciones que no hacen más que afirmar sus vivencias internas. Si bien su tono de voz a veces resulta un tanto monótono, expresa el difícil momento que atraviesa ese hombre cargado de contradicciones, producto de recordar algunos instantes que parecerían querer derrumbar su objetivo final e inesperado. ¿Qué sucederá cuando regrese de su viaje y se reencuentre con Paula?
El escenario de la sala María Guerrero del Teatro Nacional Cervantes resulta un poco grande para contener este proyecto unipersonal, pero la dupla Veronese/Sbaraglia logra que el personaje se desplace con mucha comodidad de un extremo a otro logrando generar una cercanía necesaria con el público. Concentra los momentos más íntimos en el centro, donde un dispositivo escénico creado por Alberto Negrín ayudará a promover ciertos climas que ayudarán a develar, en ciertas ocasiones, la sensibilidad extrema del protagonista.
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