
Socios en el musical
Martín Bianchedi y Gerardo Gardelín son los compositores teatrales más prolíficos y ya llevan quince años trabajando juntos.
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Gerardo ensayaba con su banda funk en Lomas de Zamora, el mismo lugar donde Martín también preparaba sus shows con los músicos de la banda de Sandra Mihanovich. Ahí los presentaron y, enseguida, tuvieron una onda que fue creciendo muchísimo con el correr del tiempo. Es el comienzo de esta historia de amor de amigos que no sólo se manifiesta en esa relación fraterna sino también en el trabajo.
Hace ya quince años que Martín Bianchedi y Gerardo Gardelín trabajan juntos, vinculados al teatro (desde la obra "Off Corrientes"), y hoy en día ambos son los compositores teatrales más prolíficos. Sólo este verano, Bianchedi tuvo siete obras en cartel en la Argentina con partituras suyas ("Hombres", "El show de las divorciadas", "Porteñas", "No seré feliz, pero tengo marido", "Inodoro Pereyra", "Aryentains" y "El loco de Asís"), dos en el exterior ("Montevideanas" y "El diario de Adán y Eva"), tres por estrenarse ("Revista nacional", "El pájaro azul" y "El mago de Oz") y una película ("La demolición"). Por su parte, Gardelín hizo los arreglos musicales de casi todas las obras de su amigo, además de los arreglos y la dirección musical de "Houdini", y la música original de "Tanguera" y "Nativo"; mientras se prepara para estrenar también bajo su batuta: "Los productores" y "El hombre de La Mancha". Mucho trabajo que ambos viven como una bendición y un premio por tanto amor al teatro.
"Por lo general -dice Bianchedi-, el músico quiere tocar lo que él mismo hace y ser protagonista de su música. Si elegís el teatro, te toca otro camino: el de vencer el ego. Uno es la pieza fundamental de una estructura creativa, que debe tener sincronismo con muchas personas. Tenés que componer para alguien que, quizá, tiene una voz limitada, entonces tenés que ajustar tu creatividad a esas siete notas que da esa persona. Hay que vencer la ambición creativa y, a la vez, hacer una canción muy linda y sacar lo mejor de ese artista".
"Si ves al teatro como músico, perdiste. Tenés que divertirte tanto como el artista que está interpretando las notas que le pusiste. Tenés que haber mamado mucho teatro para hacer un musical", agrega Gardelín.
Bianchedi comenzó su carrera con el género de la mano de Pepe Cibrián Campoy, componiendo la música de "Calígula", a la que le siguieron "George Sand", "Divas" y "Los Borgia"; y luego, un trabajo al lado de González Gil que hoy perdura: "El loco de Asís", "Lucifer, el último enemigo", "Los mosqueteros", y obras como "Misery" y "Porteños", entre otras.
"Me encanta el término «teatrista» -sigue Bianchedi-. La primera vez que pisé un teatro fue porque me había dejado una novia. Dibujé el programa de una obra y su director, Santiago Doria, me contrató para hacer la música, armar una banda y tocar en vivo. Sentí el olor del teatro y me quedaba todas las noches cebándoles mate a los técnicos. Había encontrado mi lugar".
Su colega Gardelín lo define en forma contundente: "Hay algo que le envidio sanamente a Martín. Es la capacidad de libertad que tiene para crear lo que siente. Desde su falta de prejuicios crea melodías maravillosas. Cada vez es menos egocentrista y más abierto. Es libre y lo digo con toda la admiración".
Durante buena parte de su camino con Cibrián, Angel Mahler fue el socio de Bianchedi en los arreglos musicales, inclusive también en sus primeros pasos al lado de González Gil. Cuando tenía su banda La Fundación se reencontró con Gardelín y le pidió que le hiciera los arreglos para "Off Corrientes", de Daniel Delbene. Después siguieron con "El loco de Asís" y la película "Facundo, la sombra del tigre".
Hasta hoy, Gardelín hace los arreglos de las obras de Bianchedi y, posteriormente, comenzó a ejercer la dirección musical con obras como "Arráncame la vida", "Broadway II", "Broadway Follies", hasta dar su gran espaldarazo en 2001, cuando tuvo que hacer la dirección musical de "Chicago". Le siguieron "El violinista en el tejado", "Zorba", "Jazz, swing, tap", "Aplausos" y las películas "Patoruzito" y "Dibu".
"«Chicago» fue una escuela que me marcó para toda la vida y la tengo incorporada en cada cosa que hago", explica Gardelín.
"Admiro a quien puede, con sus dos manos y con su alma, transmitir lo que transmite Gerardo. Envidio sanamente esas horas que quemó de su vida con ese instrumento. Eso es algo que yo no voy a poder aprender. Es como ver en el otro una especie de realización de lo que te hubiera gustado." Así define Bianchedi a su amigo y colega, y considera a "Revista nacional" el mejor trabajo entre ambos.
Las reglas del género
-No debe ser fácil entregarle a otro su propia creación para que la toquetee...
Bianchedi: -Tenemos un código de muchos años. Le paso una melodía; él se sienta en el piano y enseguida la tiene. Siempre le digo: si me hacés llorar, funciona. Y lo logra. Es que nuestra relación no puede caratularse de socios; el compromiso es de admiración y de libertad.
Gardelín: -Martín es un ser conectado con la fibra de lo que necesita. Esa libertad me produce en mí un mundo resuelto. Lo único que puedo hacer es aportar desde otro lugar. Otro tipo libre es Manuel González Gil.
-Y por lo general, ¿cómo es esa relación entre compositor y arreglador?
Gardelín: -No creo que esta relación sea muy común porque el nivel de confianza que hay entre nosotros es muy fuerte. No hay recelos y sabemos que no estamos compitiendo, sino que hay que mejorar lo que el otro hizo. Incluso no trabajamos separados. En otros laburos, me llevo la melodía y lo trabajo por mi lado. En este caso, me siento con él a hacer los arreglos.
-¿Qué hay de cierto en eso de que para que un musical sea bueno hay que llevarse una melodía a la casa?
Bianchedi: -Una de las obras que más me pegaron fue "The Craddle Will Rock". No tiene ninguna canción pegadiza. Pero la escucho y me sitúo en su fuerza ideológica, que me hace amarla. ¿Cuántas canciones de Sondheim recordás? Dos. Y es maravilloso. Yo fantaseo con la totalidad: poder escribir y hacer un musical que, además, tenga una carga ideológica potentísima.
Gardelín: -Tiene que ver con la cuidada selección del leit motiv, es decir, la presentación del personaje determinado. Si eso está cuidado, te vas a llevar una melodía sí o sí. La canción y el personaje por sí solos van de la mano. El tejido del leit motiv interno hace que no sea un discurso unidireccional e hipernarrativo, sino que uno está todo el tiempo volviendo para atrás para hacer referencia a lo que hiciste.
-¿Prefieren trabajar con actores, cantantes o bailarines?
Bianchedi: -Quiero trabajar con el que siente que se va a soltar. Ya sea actor, bailarín o cantante. No me banco al que le pesa el trabajo. Este es un lugar de ser, de crecer: un lugar de vida.
Gardelín: -El trabajo del bailarín que canta es de asimilación de información, después de interpretación. Es muy técnico y patronal. Con el actor es una interacción desde lo humano mucho más poderosa porque trabajás más íntimamente.
-¿Cuándo el tiempo atenta contra la capacidad creativa?
Bianchedi: -Cuando hay una fecha de estreno estricta, cuando hay parte del elenco que está ansioso por tener determinadas músicas y a vos te dio más por otro personaje.
Gardelín: -Otro clásico es cuando tenés ya todo hecho y, faltando días para el estreno, no se pudo resolver algo de puesta y tenés que hacerte cargo musicalmente. Hay un punto en el que también entrás en la maquinaria y decís: "Sí, puedo", porque hay 25 personas que dependen de que puedas.
La generación que se viene
Claro que no son los únicos compositores teatrales. Si se habla de música incidental, se puede mencionar entre otros, a Jorge Valcarcel o Sergio Vainikoff, Marcelo Macri o Julián Vat. Si se habla de comedias musicales, Alberto Favero, Angel Mahler y Diego Vila son exponentes importantes, a los que se suman otros como el Pollo Raffo ("Once corazones"), Federico Mizrahi ("El romance del Romeo y la Julieta") u Omar Cyrulnik ("Nine").
Entre los más jóvenes, se puede citar a Gabi Goldman ("Frankenstein", "La fiaca"), Gonzalo Demaría ("Venecia", "Houdini"), Mauro Cambarieri ("Club Casino"), Ariel Frezza ("Camino al sol"), Juan Manuel Bevacqua ("Salomé", "Teresa"), Daniel Vilá y Federico Vila ("Peter Pan") y Daniel Landea ("Hola Dolly, soy Betty").
"No hay muchos compositores locales interesados en el teatro. El músico que se dedica a esto debe tener un plus, que es el sentido «dramático» de la música, la narración, el desarrollo emocional de una situación y un personaje. En ese sentido tengo una ventaja sobre otros compositores porque, básicamente, soy dramaturgo", explica Gonzalo Demaría, quien tiene un perfil que crece. No sólo hizo las adaptaciones de las canciones de "Chicago" y "Zorba" (entre otras obras), sino que compuso la música de "Nenucha, la envenenadora de Monserrat", "Relaciones tropicales" y "Houdini", además de "Mambo místico", recientemente estrenado en Francia, y el libro de "Rita, la salvaje", que subirá a escena en el Maipo, en mayo próximo. "Admiro muchísimo a Favero, al que considero el mejor de su generación. Sabe componer una canción que funcione teatralmente. Gerardo Gardelín es otro maestro y no tiene parangón en el manejo de la orquesta. De los más jóvenes, Gastón Cerana es el que más atención merece", señala.





