Cinco razones para amar/odiar Entre caníbales
Qué tiene de bueno y de malo la ficción de Juan José Campanella
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La nueva ficción de Juan José Campanella dio mucho que hablar antes de su estreno. Se decía que sería la House of Cards argentina, aunque el oscarizado director de El secreto de sus ojos, creador de la serie El hombre de tu vida y exitoso realizador de exportación (dirigió algunos capítulos de Law and order, Halt and Catch Fire, entre otras series), se encargó de desmentirlo. Para él, es una historia de amor y de venganza, que tiene como escenario el complejo mundo de la política. La expectativa fue enorme pero el rating no acompañó: aunque debutó con un promedio aceptable de 14.4 puntos, no atrapó, y nunca pudo superar los 10 puntos de promedio, razón por la cual se decidió cerrar la tira en 60 capítulos -estaban previstos 120-, con la condición de no tergiversar el guión en busca de nuevos espectadores. A continuación, repasamos sus puntos sobresalientes y sus debilidades.
Tres buenas

1. El elenco. Juan José Campanella convocó una verdadera selección de actores. El trío protagónico era en a priori poderoso: Joaquín Furriel , Natalia Oreiro y Benjamín Vicuña . Dos galanes de sólida experiencia dramática y una heroína más famosa por sus comedias pero de una enorme capacidad expresiva. Luego, un reparto envidiable: Alberto Ajaka, que armó en pocas horas de rodaje un personaje contundente, despreciable y oscuro de esos que abundan en la realidad; Eduardo Blanco, un viejo lobo de la política, medido y muy verdadero en su interpretación, el actor que mejor comprende y asimila el lenguaje propuesto por el guión (se nota el entendimiento con Campanella, con quien ya trabajó en El hombre de tu vida, y en teatro, en Parque Lezama). Otra interpretación para destacar es la de Mario Alarcón, una especie de ángel negro de la heroína, que oculta mucho más de lo que muestra, lleno de matices y un firme disparador de las intrigas que van construyendo esta historia.

Pero es Joaquín Furriel quien consigue bajo la dirección de Campanella su mejor trabajo en televisión. Su Rafael Valmora tiene todos los colores que hacen de un personaje ese papel que todo actor quiere encarnar. Camina en la cuerda floja entre el bien y el mal. Coquetea con el crimen pero se embandera detrás de una ética. Se cree bueno y obliga a dudar, a considerarlo inocente hasta que se demuestre lo contrario. "¿Vos te pensás que yo llegué acá por pelotudo?", preguntará al menos una vez en cada uno de los 60 capítulos de esta tira. Todas las veces, Furriel lo dirá de una manera distinta, con un sentido, con un objetivo diferente de cara a la acción.
2. La técnica. Entre caníbales es una producción a la que la televisión argentina no está muy acostumbrada. Es difícil lograr una excelencia técnica, a nivel serie de la factoría estadounidense, en una tira diaria, y Campanella apostó a lo mejor: es la primera ficción filmada en la Argentina en calidad 4K, una resolución cuatro veces mayor que el full HD, esto es, de ultra alta definición. Por otro lado, la mano de Campanella se disfruta en cada plano cuidado al detalle y un preciosismo fotográfico que eleva visualmente esta producción hacia una categoría de calidad for export.
3. La música. El título de la tira es homónimo de un famoso tema de Soda Stereo, "Entre caníbales", que es, claro, la canción de apertura del programa. Toda la cortina musical está basada en canciones de la banda y de Gustavo Cerati, con exquisitos arreglos de Tomás Mayer Wolf y Nicolás Del Castillo, expertos en el arte de reinventar canciones archiconocidas, resignificarlas y explotar sus posibilidades sin manchar la original. "Signos", "Té para tres", "Crimen", y muchas más, cargan de sensibilidad las escenas de esta tira.
Dos malas
4. El guión. El primer capítulo dejó planteada una situación inicial sin demasiada progresión posible: la heroína, que fue violada por una pandilla de hijos del poder en su juventud, busca venganza 20 años después. Hará matar uno por uno a sus victimarios. No habrá sorpresas. Ya sabemos todo lo que ocurrirá hasta el final. Son pocas las puntas que deja abiertas el guión para la aparición de conflictos que ameriten un progreso de la acción disruptivo, que genere tensión y, sobre todo, giros. Por otro lado, los diálogos tienen, al menos, dos dificultades: en primer lugar, no resultan orgánicos. Los textos son más sofisticados que los personajes que los enuncian. Textos interesantes, con un profundo contenido filosófico e ideológico, con una cosmovisión que exige otro análisis, pero que exceden a los personajes. Aparecen falsos, sin cuerpo. En segundo lugar, vuelven el relato muy denso y enredado para la dinámica que necesita una tira diaria.
5. La fantasía. La aparición del fantasma de la amiga de Ariana (Oreiro), no parece cuajar en los códigos de esta historia. La búsqueda de una ficción con un fuerte acento en las actuaciones, una historia basada en cierto modo en la actualidad argentina, con claras referencias a una situación social y económica de un país y de una cultura determinada, instala al espectador en un código realista que no resistiría la aparición de la fantasía. Si bien es sólo una evocación (el fantasma solo cumple la función de apuntalar a la heroína, como el ángel bueno de la conciencia), su irrupción en escena hace ruido, resulta forzada porque no está sostenida por el resto de la trama. Parece ajena. Sobra.
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