La TV y el juego de las diferencias

El galardón creado con la idea de lograr la identificación de toda la industria para separarse del Martín Fierro cayó este año en la tentación de la farándula y se pareció demasiado a aquél; Periodismo para todos, el mejor ciclo del año
Marcelo Stiletano
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4 de diciembre de 2013  

Pasaron apenas tres años desde su aparición, pero ya se admite sin discusión que el premio más representativo de todo el año televisivo es el Tato. Ninguno tiene tanto alcance: 2000 representantes de todas las ramas de esa industria (incluyendo a la prensa especializada) están en condiciones de votarlo. A la vez, es el único que reconoce la tarea técnica y artística de quienes están detrás de las cámaras: dirección, producción, iluminación, escenografía, edición, vestuario.

Tal presencia, destacada en las 49 categorías que repartió estatuillas en esta tercera entrega, debería alcanzar a priori para que se note con mucha claridad la separación entre los Tato y otros premios legitimados por el mundillo televisivo. De ellos, el Martín Fierro es el de mayor exposición.

Pero anteanoche ese preciso matiz diferenciador se evaporó por arte de magia. Gracias a la magia de la televisión, podría decirse con cierta malicia. Si no fuese porque el Tato premió a la programación 2013 muchos hubiesen pensado que lo que ocurría era la repetición exacta de la última entrega del Martín Fierro. En el mismo lugar (el Teatro Colón), con la misma rutina (una sucesión interminable de presentaciones, anuncios y agradecimientos sin otro agregado), la misma logística para su emisión televisiva, la misma pantalla (El Trece) y hasta la misma división entre premios de primera y de segunda. Como ocurrió en el caso del Martín Fierro con los premios de la radio, aquí también hubo rubros que no fueron evaluados como relevantes para merecer un lugar en la ceremonia principal.

Lo llamativo es que esos rubros descartados y apenas mencionados al paso durante los cortes publicitarios fueron, precisamente, los que marcan la gran diferencia entre los Tato y los demás. Así, el propio mundillo televisivo perdió la oportunidad de celebrar con todos sus artífices y hacedores (las caras famosas y las que no conoce nadie) su gran fiesta anual, que en sus orígenes la Cámara Argentina de Productores Independientes de Televisión (Capit) imaginó sin tanto glamour ni exposición mediática, sino como un encuentro de genuina y distendida confraternidad.

En vez de rostros sonrientes, lo que se vieron fueron expresiones más bien incómodas y decepcionadas. Los premios artísticos y técnicos se entregaron a las apuradas, en un lugar incómodo y sin la mínima relevancia a su alrededor. Lo mismo ocurrió con los premios para el cable.

Este cambio de rumbo (que según todos los indicios impulsó e impulsará más de un debate interno en Capit) dejó a la vista de todos los presentes, más allá de la infinidad de saludos, sonrisas y muestras de afecto, la evidencia de unas cuantas divisiones y la repetición de prácticas bastante poco felices.

En principio, la sombra del Martín Fierro regresó al Colón desde que Jorge Lanata, recordando alguna alusión contra su persona en aquella ceremonia, les "dedicó" un premio a Pablo Echarri, Paola Barrientos y Mex Urtizberea. Reynaldo Sietecase replicó los dichos del conductor de Periodismo para todos, y desde allí se sucedió, incluso hasta ayer, toda una larga esgrima de reproches, contestaciones y réplicas ligadas a la irresuelta brecha que el kirchnerismo y sus políticas abrieron en el mundo de los periodistas y los artistas. Hasta Mirtha Legrand, habitual crítica del Gobierno, cuestionó en público a Lanata por su irónica dedicatoria.

Al final, cuando Periodismo para todos se llevó el premio al programa del año, los abucheos dejaron lugar al aplauso. Ya habían desfilado varias veces sobre el escenario tanto Lanata y su equipo como los otros grandes ganadores de la velada (las tiras Solamente vos y Farsantes ), en la continuidad de una emisión que, al igual que la del Martín Fierro, pareció diseñada para el exclusivo protagonismo de las caras famosas y los vestidos largos.

Pero esos fastos no alcanzan si quedan expuestos como fines en sí mismos en lugar de pensarse como herramientas de un plan más sustentable en términos televisivos. De nuevo, como siempre, una noche de fiesta para la televisión argentina transmitida en vivo y en directo dejó al descubierto que no tiene nada de sentido televisivo. Ni un guión preparado para la ocasión (los actores convocados para anunciar los premios llegaron sin siquiera leer una vez el modestísimo texto armado para ellos, fracasando en algún caso hasta en el respeto de los signos de puntuación al leer), ni un anfitrión entrenado para despertar el interés del público, ni el aprovechamiento de los sólidos recursos disponibles en materia de imagen y sonido para poner en escena lo mejor de la temporada televisiva con la participación de sus grandes figuras.

Esta nueva muestra de indolencia (una más y van...) no hizo más que potenciar una de las peores costumbres del mundillo televisivo: los invitados a estas fiestas llegan tarde y se van temprano. Para la 1 de ayer, después de que Julián Weich implorara a los asistentes no abandonar la sala durante el último corte previo al anuncio de los premios mayores, apenas unas 150 personas ocupaban las butacas de la platea y los palcos bajos, que en total suman algo más de 1000. Esa sensación de páramo dejó a la vista que el Colón es un escenario demasiado grande para una fiesta de estas características. Los convidados de estas fiestas buscan informalidad y comida. Tal vez en el fondo quieran que no sean televisadas.

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