
Venganzas con poca gracia e ingenio
"La vendetta" , ciclo de cámaras ocultas. De lunes a viernes, a las 21, por América.
Una amable joven se acerca a un señor que camina por la vereda de una plaza y le pide que por favor cuide por un momento a su perro mientras ella va hasta un quiosco. El señor acepta, pero los minutos pasan y la joven no regresa. El que sí aparece es el proverbial policía, que comienza a interrogarlo acerca de la propiedad del can. A continuación, ofuscamiento por parte del acusado, amenazas de parte del policía, y una simpática palabrota del incauto cuando descubre que ha sido engañado en su buena fe.
Esta broma casi contemporánea de "El regador regado" (corto de los hermanos Lumière visto por primera, pero no última vez, en la pantalla en 1895) da la pauta del grado de novedad que trae "La vendetta", un ciclo de cámaras ocultas que podría confundirse con una suerte de oda a la verdadera naturaleza laboriosa del género humorístico, frente a quienes creen que para hacer reír es necesario inspiración, gracia y un conocimiento acabado de la naturaleza humana.
Una sola broma
Quizá por eso es que, en algunos de sus programas se ven cuatro o cinco versiones consecutivas de una misma tomada de pelo, con todas las reacciones posibles por parte del ciudadano común (ira, vergüenza, incredulidad, risa e indiferencia) como para demostrar acaso que importunar al transeúnte es un trabajo de tiempo completo, y que, si la víctima no colabora expresando una reacción, realmente, no hay nada que se pueda hacer al respecto. Véase, si no, un ejemplo reciente, en el que un señor vestido de Pantera Rosa pedía dinero e increpaba -con vocabulario que sería preferible no escuchar en el horario de protección al menor- a quien cometiera el error de reírse de él. Los peatones demostraron ser tan poco receptivos a la situación -ignorando olímpicamente tal extraña presencia como sólo los habitantes de una gran ciudad pueden hacerlo- que el trabajador tuvo que gritarle a uno de ellos durante media cuadra para conseguir una reacción.
El programa, además -de ahí su título-, tiene como conductor a un padrino mafioso ficcional calcado de la saga de Francis Ford Coppola (sobre todo, en su escenografía). Responde al nombre de Jijo de Butta -aparentemente-, así que puede imaginarse el tenor de lo que allí ocurre. Y, de hecho, es mejor imaginarlo, porque entre la música, los efectos de sonido, las risas grabadas y los tres actores interrumpiéndose entre sí no es fácil descubrir lo qué están diciendo en realidad. El padrino y sus consejeros, entonces, reciben los llamados del público en lo que es el centro del programa, una suerte de receptoría de venganzas contra el pariente-novio-amigo que tiene la malsana costumbre de, por ejemplo, no prestar el teléfono celular o no regalar lo que ganó en una rifa. Basta decir que las ofensas son tan nimias como pobres las venganzas en ejecución, verosimilitud y, sobre todo, comicidad, para descubrir que, en realidad, la venganza efectuada aquí parece correr en sentido inverso al deseado.




