The Wire: una serie que tenés que ver o ver

Una escena de The Wire
Una escena de The Wire Fuente: Archivo
Repasamos una de las grandes ficciones de todos los tiempos
Martín Fernández Cruz
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3 de marzo de 2016  • 00:05

Nada de tiroteos salvajes, nada de persecuciones a pura adrenalina ni de héroes a lo Jack Bauer, nada, pero absolutamente nada de eso. Dándole la espalda a todos los clichés televisivos, The Wire se convirtió no solo en la serie policial más prestigiosa de los últimos años sino en la ficción televisiva perfecta. Claro, darle esa categoría es prácticamente llamar al repudio, a luchar contra militantes de Walter White, de Tyrion Lannister y de Rick Grimes y claro que cada uno tendría razón en su postura, pero para algunos de nosotros esta producción es y será por siempre la ficción más brillante que diera la tele en esta segunda época de oro que atraviesa.

La "gran" (después explicaremos las comillas) trama en The Wire es la misma que la de otros policiales: un grupo de agentes de la ley en lucha contra el narcotráfico. Así de típico es el nudo del conflicto. Pero ya desde la primera escena de la serie, en el momento en el que conocemos a uno de los "protagonistas" (lo prometo, más adelante explicaré estas otras comillas también) da cuenta de que esta historia tendrá un enfoque muy distinto del usual para este tipo de ficciones. Allí, el oficial Mc Nulty (Dominic West) y un muchacho de la calle charlan sobre la muerte de un adolescente que yace tirado a pocos metros. El policía dialoga con el joven en el escalón de una casa, a la misma altura demostrando así cuál será el tono general de la serie: policías y civiles forman parte del mismo sistema, agentes de la ley y ladrones, cara a cara, atascados todos en el mismo berenjenal absurdo que puede ser la ley, según los Estados Unidos. El destino los acercará y alejará, serán unos cazando a los otros una y otra vez y en ambos bandos los dos equipos encontrarán problemas internos y externos. A lo largo de cinco temporadas, The Wire explorará con lupa no tanto la lucha contra el narcotráfico sino más bien la lucha contra la burocracia, contra el trabajo de hormiga que obligatoriamente deben hacer los policías a la hora de capturar a un delincuente. Y las escuchas a las que alude el título de la serie se convertirán en la herramienta madre, en la primera arma genuina que los policías tendrán para comprender esa interminable micro sociedad que es la de los narcotraficantes.

David Simon y su pasado de no-televisión

El creador de la serie es David Simon, alguien que estaba muy alejado del mundo televisivo, pero muy cerca de las noticias, de los diarios y fue él quien construyó este monstruo de la pantalla chica. Amén de algunos guiones aislados y de una miniserie titulada The Corner (que es un The Wire en estado embrionario), Simon venía de trabajar en un diario de Baltimore, en la sección de policiales. A lo largo de sus años como periodista, él se especializó en el narcotráfico, en el organigrama que regía la vida de estas organizaciones delictivas que iban desde vendedores de esquinas hasta los grandes zares de los que ni se sabía el nombre. Con esa experiencia en la cabeza, armó una serie que iría contra cualquier tipo de convención televisiva, haciendo hincapié en el trabajo de oficina más que en los tiroteos, en la burocracia policial antes que en las peleas gratuitas, e incluso en cómo se construye una organización dedicada a la venta de droga comprendiendo que esos vendedores muchas veces son víctimas de un Estado ausente.

Simon elige filmar el callejón trasero de los Estados Unidos, la mugre de la que nadie quiere hacerse cargo y que Hollywood ni por asomo quiere mostrar. Como John Carpenter lo hacía en They Live, muestra el lado menos amable de un país que elige concienzudamente darle la espalda a un sector de la sociedad (hipótesis a la que volvería a través de la excelente miniserie Show Me a Hero, de 2015). Y quizá por su herencia bastarda, más ligada al periodismo y al cine que a la televisión es queno tuvo miedo en destrozar los moldes para llevar adelante su historia. Como un Orson Welles modelo pantalla chica, Simon venía de otro lado. Y así cómo cuenta esa leyenda sobre Orson rompiendo el piso para poner la cámara por debajo de los actores, él destrozó esa idea de "caso de la semana" y otras oxidadas reglas televisivas para contar una historia que era imposible de pensar en menos de trece capítulos que, todos juntos, formaban una ficción perfecta, pero que antes de tratarse sobre policías y delincuentes trataba (en sus propias palabras Simon), "sobre la ciudad". The Wire trata sobre Baltimore y, por carácter transitivo, sobre las grandes ciudades actuales y sus imperfecciones, sobre "sus contradicciones más oscuras y la competencia más brutal que subyace en la manera como convivimos, o cómo no conseguimos convivir".

Las comillas en "gran"

"Sigue el camino de la droga y sabés dónde terminarás, pero sigue el camino del dinero y nunca sabrás hasta dónde llegarás", esa es una de las frases que más impacta de la serie. Y Simon comprendió esto desde el minuto uno. En su objetivo de retratar una ciudad haciendo foco en la lucha contra el narcotráfico, el guionista dividió cada una de las temporadas en distintos ámbitos y de esa manera, cumplió esa doble misión de mantener el tono "policial" de la serie, pero también radiografiar distintos sectores sociales de Baltimore. Y quizá esa sea la palabra más precisa para hablar de The Wire, esa idea de hacer una "radiografía" social que no tenga una intención de bajar línea, sino simplemente de mostrar el tejido humano de un pequeño mundo putrefacto.

La primera temporada se centra en la venta de droga en las esquinas, de los niños que no encuentran un futuro posible más que ser narcotraficantes de poca monta, convertidos en escudos humanos de los verdaderos dueños del lugar. En la segunda, la acción se traslada al puerto de Baltimore, en el que la trata de personas y las injusticias gremiales parecen ir de la mano. La tercera habla de la necesaria ruptura de ciertas estructuras legales, que en pos de hacer justicia, terminan siendo las verdaderas responsables del mal. La cuarta, quizás para muchos la mejor de la serie, se focaliza en un colegio público y las distintas realidades de chicos que crecen en un entorno vinculado al narcotráfico. Finalmente, la quinta se ubica en el mundo del periodismo y su relación con la sociedad (como dato de color, el director de En primera plana, Tom McCarthy, encarna aquí a un poco simpático reportero). A través de cinco temporadas con ejes muy distintos, Simon cuenta una historia que salpica a los que él podría considerar los sectores sociales más vulnerables de su ciudad, y en esa compleja y espinosa historia, se mueven los protagonistas de esta serie (y acá vamos hacia las otras comillas).

Las comillas en "protagonistas"

Se supone que McNulty es el protagonista de la historia o al menos es el que mayor cantidad de horas tiene en la serie. En su plan por trazar realidades, Simon comprendía que era imposible contar con un protagonista,y que lo ideal era esta idea de historia colectiva en la que personajes de distintos bandos, aparecen y desaparecen, nacen y mueren según hacia qué lugar mire la trama. De esta forma, McNulty se ausenta casi una temporada completa para darle lugar a Daniels (Lance Reddick), a Avon Wood Harris) y a decenas de otros personajes. Y en este accionar de mostrar secundarios como si fueran protagónicos es que el autor muestra a Baltimore como una especie de tablero de ajedrez en el que siempre habrá distintas caras ocupando los mismos lugares. La resolución en la historia de Omar (Michael Kenneth Williams, uno de los tantos íconos que deja la serie) y la metamorfosis en el personaje de Michael (Tristan Wilds) da cuenta precisamente de esto.

Así como Oesterheld exploraba el concepto del "héroe colectivo", The Wire pareciera hablar sobre la tragedia colectiva, comprendiendo que sólo mostrando a un grupo amplio de personas de distintos extractos sociales es posible mostrar verdaderamente lo que allí sucede. El guionista entiende que la ciudad es la verdadera protagonista de todas las historias y de estos personajes que son chupados por una metrópoli que insiste en repetir roles y darle a cada persona un lugar determinado. Y en la construcción tan genuina de esa ciudad es que aparece esa palabra horrible que siempre hay que evitar: "realismo".

El dichoso verosímil

La frase es legendaria y bien podría ir a la par de la mítica "me llamo John Ford y hago westerns". Una vez el guionista dijo: "La pauta que sigo para intentar ser verosímil es muy sencilla, la vengo siguiendo desde que empecé a escribir ficción: a la mierda con el lector promedio". Esta idea tiene que ver con que al momento de presentar el proyecto de The Wire, en muchas cadenas no entendían de qué iba la serie y cómo una propuesta tan poco habitual podría enganchar a los típicos espectadores televisivos. Simon buscaba una impronta que rozara el documental, que respirara realidad, pero que no buscara ese realismo de cartulina que tiene muchas ficciones que se pretenden serias y sofisticadas. Le importaba el verosímil, el construir historias que no parecieran sacadas de División Miami (dicho esto sin ser peyorativo) y él comprendía que para eso había que sacar la cámara a la calle, huir de los estudios e ir donde realmente sucedía lo que esa ficción buscaba retratar. En un ejercicio que remite al realizado por Bruno Stagnaro en Okupas (esta idea de ir al doke y filmar lo que allí aparecía), el guionista probablemente sintió el mismo impulso y esto lo llevó a buscar actores de la calle para mezclarlos con los profesionales. Y así surgieron historias y personajes que respiraban verdad pura y dura. De ese grupo, la que resalta con más virulencia es Snoop, una de las tantas sicarios de Baltimore. El personaje cayó en manos de la actriz Felicia Person, que en su pasado se había dedicado a la venta de droga y a los catorce años fue presa acusada de homicidio en segundo grado. Años más tarde y en libertad, casi por casualidad actuó en The Wire y una vez terminada la serie y de regreso a su vida, volvió a ir presa acusada de narcotráfico. Claramente la elección de Felicia no fue por morbo sino que tuvo una clara intención vinculada a buscar personas que entendieran el mundo que esa ficción estaba mostrando. Como el Negro Pablo en Okupas, la actriz le dio a su Snoop una impronta que ni el mejor guionista hubiera podido lograr y este caso es apenas uno de los tantos con los que Simon procuró construir un verosímil perfecto, un universo que no necesitara ser "realista" para mostrar cómo puede ser sumergirse en la violenta idiosincrasia que salpica a los sectores más vulnerables de Baltimore.

Y buscando esa verosimilitud es que David Simon logró con The Wire, la serie televisiva perfecta, la radiografía definitiva sobre cuáles son los ladrillos desde los que se construye el juego por el poder en la vida moderna de una gran ciudad.

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