Diego Peretti, Luis Luque, Oscar Ferreiro.
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Dos perdedores devenidos en héroes
Si esperabas que la nueva película de Damián Szifrón en algún momento te vuele la cabeza con la dinamita posmoderna de una partitura leoniana (con los años, Sergio Leone se quedó con todo el mérito del compositor Morricone), bajo la cual dos tipos dirimen la sustancia épica del asunto a pistoletazo limpio y jugando sucio, entraste en la película equivocada o viste el trailer viejo de Kill Bill.
Si por otras casualidades tu intención no era más que pasarla bien en el cine bajo el esquema arrullador de una buddy-movie como las que superpoblaban las salas ochentosas ( Arma mortal nos viene a la mente como irrestricto paradigma), estuviste mejor encaminado.
Tiempo de valientes avasalla las taquillas argentinas garantizándole al cine nacional su porción de la torta en las recaudaciones. Y no nos sorprende. El fondo del mar, la ópera prima cinematográfica del autor del televisivo y cinéfilo programa Los simuladores, fue una de las pocas sorpresas del Nuevo (y Viejo) Cine Argentino de hace un par de años. Y, también, fue una de las poquísimas obras de esa clase de cineastas que se enorgullecen citando a James Cameron antes que a Jean-Luc Godard, lo que lo convierte en un rara avis que trae consigo alimento balanceado de Hollywood sin necesidad de regurgitarlo.
Pero Tiempo de valientes no mira con envidia aquella saga en la que Mel Gibson hacía de loquito irredento (cuando luego vimos La pasión de Cristo supimos que se trataba en verdad de un loquito). Queriéndolo o no, Szifrón actualiza desprejuiciadamente y con cierto virtuosismo high tech la tradición argenta non sancta de las películas de Palito Ortega y Carlitos Balá del tipo Amigos para la aventura (no es casualidad que Luis Luque haya sido el alma de la fiesta en la desquiciada Soy tu aventura, el directo tributo a estas producciones) o de los viejos episodios, denostados por la crítica en su momento y hoy entronizados como arcas perdidas de Volver, con los entrañables (sí, verlos pega en las entrañas) Tiburón, Delfín y Mojarrita. Aunque acá se trata, más bien, de dos pescados como Diego Peretti y Luis Luque, al acecho de los peces gordos del crimen organizado (para seguir con esta metafórica de acuario).
Genial. En este momento me acabo de acordar del desorbitado rictus de Peretti cuando intenta abrir un calabozo de alta seguridad con su tarjeta magnética de Blockbuster, y ya no estoy tan seguro de todo lo que acabo de decir.





