Tiempo de volver a ser juglar
Darío Grandinetti estrena el unipersonal de Alessandro Baricco sobre el pianista que nació y vivió en un barco, dirigido por Javier Daulte
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Corría el año 2000 y Darío Grandinetti se encontraba por primera vez con Novecento, un texto del dramaturgo italiano Alessandro Baricco, que lo conmovió por su belleza y hondura y que pasó a formar parte de ese baúl de historias por contar que suelen llevar consigo los grandes actores. El escritor editó otros libros y Grandinetti, apasionado por la lectura (por considerarla no sólo una manera de ser mejor actor sino una manera de ser "mejor persona"), apenas finalizaba esos nuevos textos volvía, cual niño que espera que le relaten una y otra vez el mismo cuento, a la historia que lo había enamorado: la del pianista que nació en el mar. El año pasado, el actor tomó una determinación. "Le di este texto a Javier [Daulte] para decidir si lo hacía o me lo sacaba de la cabeza. Por supuesto que él no sabía, pero si me decía: «No, Darío, no tengo ganas de hacer esto», yo no la hacía. No sabe eso; lo va a saber ahora [ríe]".
Daulte dijo que sí. Y también lo hizo Pablo Kompel, el productor. Y así, de la mano de esa potente tríada, la pieza de Barrico llegará a la cartelera porteña este viernes, en el Metropolitan Citi. La obra cuenta la leyenda de Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento, un extraordinario pianista que nació y vivió toda su vida a bordo del transatlántico Virginian, en el que fue abandonado días después de nacer. Si bien tiene su versión cinematográfica centrada en el personaje del pianista (La leyenda de 1900, dirigida por Giuseppe Tornatore y protagonizada por Tim Roth), en el texto teatral original (el monólogo que interpretará Grandinetti) el verdadero protagonista no es el pianista sino su gran amigo y testigo privilegiado, un trompetista que supo conocerlo a bordo del transatlántico.
Una semana antes del estreno, Grandinetti conversó con LA NACION. En esta entrevista, el actor que recibió en 2012 el Emmy Internacional por su trabajo en Televisión x la inclusión y que conmovió a Almodóvar con su infinito "catálogo de miradas", nos habla de su enamoramiento con Novecento, su relación con Daulte, el descubrimiento de su vocación y sobre el lugar que le otorga hoy a la mirada de los otros.
-Hay un pasaje de la obra que dice: "No estás jodido verdaderamente mientras tengas una buena historia a cuestas y alguien a quien contársela". Parece una síntesis bastante precisa de lo que es la esencia del oficio teatral, ¿no?
-Es la esencia. Baricco, que no está seguro de haber escrito un texto teatral, le hace decir eso a su personaje. Eso es teatro, no es ninguna otra cosa que eso, porque además remite al origen de la teatralidad: los juglares, aquellos que iban de un pueblo a otro contando lo que habían visto en el anterior. Ése es el origen: contar historias.
-¿Qué mirada le aportás a este material?
-La mirada del verdadero protagonista de la historia, que no es Novecento, que es el trompetista. En realidad, lo que más me gusta de esto es esta cosa de la que vos hablaste y que me parece fundamental: es un tipo contando una historia a alguien que lo escucha. Con toda la simpleza y la complejidad que eso tiene. No hay más hecho teatral que ese: alguien o algunos contando una historia.
-Daulte ya te dirigió en Baraka, Mineros, Una relación pornográfica y estás a punto de debutar también con él en Personitas, en el off, ¿cómo podrías describir la relación que los une? Porque parece que entre ustedes se produce una sinergia algo inusual...
-Para mí hay una palabra que sintetiza todo: confianza. Eso en términos laborales. Luego, es una persona a la que yo quiero. Es mi amigo, un tipo al que respeto, que me parece talentoso, que admiro. Pero todo eso ocurre porque yo confío en Javier además y él confía en mí, pero no sólo como director sino también como persona. Javier es un tipo muy libre, además, para tomar decisiones artísticas. No es prejuicioso, no tiene preconceptos, confía en el actor y además, yo lo entiendo, entiendo lo que él pide.
-¿Recordás el momento en el que descubriste que le ibas a dedicar tu vida a la actuación?
-Sí. El día que estrené en Rosario una obra. Tenía 17 años cuando empecé. Fue en 1976, dos meses después del golpe de Estado. En un grupo independiente hice una obra, primero la llevamos a un festival de teatro en Lobos y luego la presentamos en Rosario. El día que la hicimos por primera vez allí pasó algo que me hizo sentir que quería eso: fue darme cuenta de que yo ahí arriba llamaba la atención, que tenía la sartén por el mango. Pasó algo que no estaba previsto e hice una mueca, un gesto espontáneo que causó mucha gracia. Eso, para mí, fue una revelación. Recuerdo que dije: "Epa, ¿qué pasó acá?". Fue casi la certeza de que eso era con lo que yo me sentía cómodo.
-¿Cómo ha ido evolucionando tu relación con la mirada de los otros?
-Dejé de preocuparme. Con el tiempo cada vez me importan más las opiniones cercanas. En este caso, la del director y la mía, porque yo soy más exigente que muchos. Entonces, en la medida en que me hago cargo de la responsabilidad que tengo, de tener el privilegio de dedicarme a lo que elegí, no puedo dejar de ser exigente conmigo. Tengo que estar a la altura de ese privilegio. Entonces, paradójicamente, la mirada del otro dejó de importarme. Quédense tranquilos porque va a estar bien [ríe]. A la hora de la tarea, no siento a la mirada del otro como una exigencia que me paraliza. A mí me molesta mucho la mirada del otro fuera del ámbito laboral, que es algo que trae aparejado este oficio, porque te expone; pero también forma parte de esto y trato de adaptarme.
-¿Te molesta lo que pasa cuando expresás abiertamente tus ideas políticas?
-No, eso no me molesta nada, pero he sufrido consecuencias.
-¿Por ejemplo?
-Algunas cosas que te dicen en la calle.
-¿Por qué decidiste no formarte en un conservatorio o encolumnarte en la línea de un maestro?
-No fue una decisión consciente. Yo llegué de Rosario, vine a hacer teatro, contratado para hacer una obra en el Blanca Podestá [ahora, Multiteatro]. Empecé a estudiar teatro pero, al poco tiempo, me fui de gira y no podía seguir tomando clases. Empecé a trabajar y ya no tenía tiempo. Cada tanto hacía un seminario de dos meses con alguien y alguna vez descubrí incluso que yo podía ser otro actor. Lamenté no poder tener la dedicación para seguir estudiando, pero trabajaba mucho... Hay otros a los que les cuesta menos o son más sacrificados. Yo no lo era. No fue una decisión consciente o una elección.
-¿Qué le recomendaste a tu hijo Juan cuando te dijo que quería ser actor?
-Que estudie, por supuesto [ríe]. A él y a mis hijas también. Que estudien y que lean, sobre todo. Leer te hace no sólo mejor actor sino mejor persona.
-Alguna vez, Almodóvar dijo que vos sos "el hombre que mejor llora en cine". ¿Dónde buscás la emoción: en vos o en el texto?
-La busco ahí, en la situación. En todo caso, todo lo que sea que uno saca está en uno, pero trato de buscarlo en lo que es. El instrumento es uno, pero yo elijo laburar en función de lo que le está pasando al personaje, intento recurrir a esa emoción. Algunas veces me he dado cuenta de que me pasaban cosas que yo tenía almacenadas. Pero de eso me di cuenta tiempo después.
Novecento viene dando vueltas adentro tuyo desde hace 14 años, ¿hay algo más que tengas en el tintero?
-No. Bueno, sí: retirarme.
-¿Qué harías entonces?
-Nada, ¡si a mí me gusta no hacer nada! [ríe]. No en términos de no actuar más, pero sí que deje de ser mi medio de vida, que deje de tener que hacerlo para vivir. Eso sí. Yo hoy no puedo darme el lujo de no trabajar más. Y me gustaría poder darme ese lujo, para seguir actuando.
Novecento
De Alejandro Baricco
De miércoles a domingos, en el Metropolitan Citi, Corrientes 1343.
La televisión y el cine
Este año Grandinetti se incorpora al elenco de la serie de culto En terapia, en su nueva temporada. "Me parece un muy buen ciclo, con personajes ricos para actuar. Además, me voy a reencontrar con Alberto Lecchi, un amigo con el que hice mucho cine y que va dirigir los episodios en los que estoy yo", cuenta el actor. "No tengo ningún problema con la televisión. Hay cosas que me gustan más que otras, pero veo ficción. Siempre, al menos una vez, trato de ver casi todo." Otro de los proyectos en los que se embarcó Grandinetti fue Relatos salvajes, el elogiado film de Damián Szifrón que fue ovacionado en Cannes meses atrás. Sobre esta experiencia, dice: "Me encontré con un tipo que tenía muy claro lo que quería [por Szifrón]. Me sorprendió gratamente porque me di cuenta de que sabía bien lo que quería. No es habitual, sobre todo en el cine, trabajar con un tipo que te transmita que tiene claro todo... Eso ayuda a que el director no compita, a que no tema que cualquier propuesta que un actor pueda hacer signifique cambiarle la película".
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