
Tradición europea: el Sarrasani
El prestigioso circo regresará a la Argentina a mediados de año, con el famoso payaso David Larible
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Un hombre bosteza en el hall de un hotel cinco estrellas y se restriega los ojos con la manga de la camisa rosa de marca. Busca a alguien con quien conversar, pero hasta los turistas están apurados un sábado por la mañana. El podría abordarlos en inglés, en español, en francés, en portugués, en alemán y en italiano, o conquistarlos con sólo esbozar un gesto, pero calla y observa. Sin su nariz roja y su boina quadrillée, David Larible, el payaso más famoso del mundo, se pone serio y afirma: "No puedo ser chistoso las 24 horas del día. Eso sería patético, aunque en todas las cosas de la vida siempre busco el humor".
Larible será el protagonista y el director artístico del gran regreso del mítico circo Sarrasani, aquel que inspiró a poetas y fue aplaudido por las masas y los líderes de todo el mundo, ese mismo que sobrevivió a las guerras y embates del siglo XX. El empresario argentino Jorge Héctor Bernstein adquirió los derechos de Sarrasani y en julio próximo se estrenará mundialmente, con 70 artistas en escena, un gran show en su predio porteño, Tribuna Plaza (cerca del Tattersall), que coincidirá con los festejos de nuestro bicentenario.
La culpa la tiene Crusty
Nacido en Italia y ciudadano del mundo, Larible sólo permanece dos semanas por año en sus dos casas, una en Verona, y otra en Florida, Estados Unidos. Su cuna fue el circo, y allí vivió hasta que se alejó para obtener el título del Conservatorio de Música. Casado con una acróbata mexicana y padre de dos jóvenes que siguen los pasos de su madre, los Larible ya llevan ocho generaciones en el circo, pero él es el más destacado de su estirpe. Además de ganar el Clown de Oro, en Montecarlo (distinción que sólo obtuvieron Charlie Rivel y Oleg Popov), en 1998 protagonizó el Ringling Brothers, la compañía más famosa de los Estados Unidos, y en 2005 fue el divo del regreso del Roncalli Zirkus, actualmente, el más famoso de Alemania.
"El payaso es el más anárquico de los artistas. Tendemos a salirnos del guión y a improvisar, según el público y el transcurrir de la noche", sostiene Larible, cuyo estilo combina el minimalismo y la commedia dell’arte. Piensa en sus colegas, Crusty, de Los Simpsons, y la criatura de Stephen King, en It. No los nombra, pero no puede evitar la antipatía en su rostro: "Combatí durante años para cambiar la concepción del payaso americano, ese de peluca verde que hace que nuestro nombre sea considerado casi un insulto". Y a Larible, no hay nada que le guste más que lo llamen payaso: "Nosotros nos parecemos a los poetas. Uno no puede decir «Soy poeta» o «Soy payaso», sólo se lo es en la medida que la gente te empiece a llamar así".
Por su parte, Hans Stosch-Sarrasani escapó de su cálido hogar y de su cómoda posición y se convirtió en payaso. El alemán concibió un proyecto faraónico en 1901 y erigió un colosal edificio en Dresde. Fueron años de un éxito inmenso, hasta que la Gran Guerra interrumpió los aplausos. Luego la compañía desembarcó en América del Sur y en su paso por la Argentina, el mismo Marcelo T. de Alvear lo condecoró. Más tarde, otra guerra y otro horror obligarían a muchos miembros judíos del elenco a permanecer en nuestro país. Por entonces, murió el hijo del fundador y la esposa de este heredero, Trude, continúa con las giras por el mundo. Aquí entabló una estrecha relación con Eva Duarte de Perón, ofreciendo espectáculos gratuitos en escuelas. Con algunos saltos en el medio, que incluyó un hiato de 15 años debido a la depresión de Trude, el Sarrasani siguió entreteniendo hasta 1972. Fue tal el arraigo de Trude con nuestro país, que se mudaría a Córdoba y luego se radicaría en San Clemente del Tuyú, donde falleció en junio pasado.
Enrique Santos Discépolo le rindió homenaje al Sarrasani en el tango "Justo el 31". También lo hizo Raúl González Tuñón, en "Eche veinte centavos en la ranura". El Sarrasani es uno de los pioneros del circo europeo, y se distingue del norteamericano en que éste posee tres pistas, no una sola. De este modo, el espectador evita el zapping visual y concentra su mirada en el número que se ofrece ante sus ojos. Además, con un cuidado tecnológico y estético, el circo del Viejo Continente buscó dejar en claro su afán antropológico, es decir, mostrar un sitio donde se unen y conviven en armonía distintas razas y culturas.
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