Un diario de viaje interior y premonitorio

Pablo Plotkin
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6 de septiembre de 2014  

El último álbum que grabó Gustavo Cerati , esa obra maestra que es Fuerza natural (2009), cierra con un tema titulado "#", numeral. Escuchemos: un viento desértico de sintetizador, el lamento estirado de una guitarra lapsteel, una criolla que hace el trabajo de costura y la voz de Gustavo con un eco que la vuelve espacial sin perder cercanía. Es una balada psicodélica que habla de horizontes infinitos, un poco zen y también neurótica, alucinada, matemática, perfecta. Ahora todo nos suena a despedida anticipada; deberíamos llamarlo trascendencia. Como el "Tomorrow Never Knows" de Revolver o el "A Day in the Life" de Sgt. Pepper, "#" sólo puede ser el final de un disco, un punto de no retorno. A la larga sería también un final de carrera y eso es accidental, pero es difícil pensar en un testamento mejor.

La vida solista de Cerati pos-Soda Stereo había empezado diez años antes que eso, con el álbum Bocanada-cuya relevancia crecerá con el paso del tiempo- y una canción inaugural, "Tabú", que abría una grieta hacia un paisaje artificial y exótico, una especie de jungla de diseño. Entre el trabajo de laboratorio y los tonos deliberadamente fríos de ese disco de 1999 y la "tracción a sangre" de 2009, se dibuja el arco brillante de su última década.

La relevancia de Bocanada, su primer álbum solista pos-Soda Stereo, crecerá con el paso del tiempo

En el principio fue el desconcierto. Al menos para muchos de sus seguidores. Tras la despedida épica de Soda en River (el gracias totales de 1997), Cerati le dedicó un tiempo a la electrónica (había desarrollado el grupo Plan V en paralelo a la agonía de Soda, y después armó Ocio con Flavio Etcheto). Por esos días de fines de los noventa, el terror de los fans era que Gustavo sencillamente no volviera a componer estrofas y estribillos. Fueron un par de años de reclusión creativa y perfil bajo, y Bocanada apareció como la respuesta sofisticada a esa dialéctica falsa entre el autor pop y el investigador obsesivo del audio. En el rock argentino, sólo un cantante como él podía justificar el proyecto 11 episodios sinfónicos (2002), con versiones orquestales de sus clásicos. Sin embargo, ese Cerati era tomado a la chacota por la vanguardia rockera del momento, un divo en cuyo espejo no se querían mirar. Alguna vez faro de la modernidad, Cerati había dejado de ser cool y las paredes de Buenos Aires se poblaban de esténciles burlones. Había que matar al padre.

Cerati era tomado a la chacota por la vanguardia rockera, un divo en cuyo espejo no se querían mirar

La potencia directa de Ahí vamos (2006) lo llevó de vuelta al centro de la escena y preparó el terreno para el regreso de Soda en 2007. Cerati estaba, una vez más, haciendo su magia eléctrica al calor de las masas. Cerca de los 50, gozaba de una vigencia plena, conectaba generaciones y era reconocido por todos, alejado de la histeria de la novedad, pero atento a los sonidos que le devolvía el mundo. En ese punto de madurez, Fuerza natural llegó como un diario de viaje interior y premonitorio, un legado de conciencia sobre el arte de escribir canciones, la búsqueda de lo sublime y la conmoción permanente del hombre en el universo. El stand-by de los últimos cuatro años no fue más que una burbuja en el tiempo.

El autor fue director de la revista Rolling Stone

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