Un francotirador en la mira
Primero, los números: en su segunda semana de exhibición en los Estados Unidos, Francotirador (American Sniper en el original) lleva recaudados 200 millones de dólares, el cuádruple del presupuesto que se invirtió en producirla. En la Argentina, la película protagonizada por Bradley Cooper llegó en su primera semana en cartel a una cifra cercana a los 80.000 espectadores, un arranque prometedor. Nominado para seis premios Oscar, este largometraje basado en la autobiografía de Chris Kyle, que originalmente iba a dirigir Steven Spielberg (desistió por problemas financieros), ha desatado en su país una polémica que, bien observada, resulta un poco absurda. Una de las primeras voces que se alzaron en contra fue la de Michael Moore, personaje por lo general apegado a razonamientos maniqueos y más bien simplistas. Moore escribió en su cuenta de Twitter un mensaje directo y provocador: "Mi tío fue asesinado por francotiradores en la Segunda Guerra Mundial. Nos enseñaron que los francotiradores eran cobardes. Disparan por la espalda". También se manifestó en su Facebook: admitió que el trabajo de Cooper es muy bueno, pero agregó: "Lástima que Clint confunda Vietnam e Irak en su narración y que sus personajes llamen salvajes a sus enemigos durante toda la película". El otro famoso que se quejó fue Seth Rogen, quien primero tuiteó que Francotirador le recordaba a la película que se presenta en el tercer acto de Bastardos sin gloria (Quentin Tarantino), un film de propaganda sobre un francotirador nazi ficticio. No bien se armó un poco de escándalo, ambos bajaron el tono. La ultraconservadora Sarah Palin, por su lado, aportó lo suyo: decidió apoyar la película con un "Dios defienda a las tropas". Experimentado y sensato, Eastwood enfrió un clima que se había recalentado aún más con la aparición en Los Ángeles de algunos grafitis que cruzaban el rostro de Cooper en el afiche de la película con la palabra "asesino": "Quisimos hacer una película sobre un hombre y no sobre una guerra", declaró el veterano cineasta, un reconocido opositor al gobierno de Barack Obama, que más de una vez se manifestó en contra de la guerra en Irak. Basta con revisar algunos archivos periodísticos.
Contra la (mala) interpretación
Francotirador empieza con una escena de altísima tensión en la que Chris Kyle, el protagonista, se enfrenta a un inquietante dilema: debe matar a un niño para evitar que éste lance un poderoso explosivo cerca de un grupo de marines que patrullan una zona de Fallujah. No son muchas las oportunidades en las que un cineasta se arriesga con una escena de este tipo. ¿Matar un niño en cámara, sin recurrir al fuera de campo? Eastwood no sólo lo hace, sino que elige abrir la historia con ese suceso traumático para el espectador y para el personaje principal, el francotirador más letal de la historia del ejército estadounidense. A los 84 años, ha perdido el miedo al escarnio, que de todos modos ha llegado puntualmente en la voz de detractores cuya profundidad en el análisis ha sido más bien escasa.
Es ese dilema el que atravesará al protagonista durante toda la historia, el que sentirá en carne propia ante cada duda ajena sobre la sensatez de una guerra e incluso ante una situación análoga, casi calcada, que aparece promediando la película. La moral de Kyle, como el film señala con insistencia, ha sido forjada en Texas -el estado en el que George W. Bush fue elegido gobernador en 1994, quien durante su mandato aplicó la pena de muerte a 152 personas-, al calor de los consejos de su padre, convencido de que el mundo está dividido en apenas tres clases de personas: lobos, corderos y pastores. Kyle recibe en su niñez el mandato de ser un pastor que protege a los corderos. Su reacción ante los atentados perpetrados por el terrorismo islámico es lógica, esperable.
Eastwood describe con eficacia cómo se moldea el carácter del personaje encarnado por Cooper: conoce a su futura esposa en un bar lleno de soldados alcoholizados que se divierten tirándole dardos a la espalda de un musculoso compañero, tiene claras convicciones religiosas, cree en la lealtad y los valores patrióticos, no concibe la parálisis que provoca el temor. Hay, además, otra escena muy importante que contradice la idea del discurso cerrado de la película a favor de la guerra: la del pomposo funeral de un soldado caído en Irak, en la que una madre quebrada lee una carta que, lejos de celebrar el belicismo, lo cuestiona con severidad. Aun así, debe tolerar que una salva de disparos sea el corolario de esa tristísima ceremonia.
No hay nada que empuje al espectador a decretar que Kyle, al que se le atribuyen cerca de 200 disparos mortales en su carrera militar, es un héroe. Ya sobre el final, después de que el protagonista, ya reintegrado a la vida civil, vea por última vez a su familia (será asesinado por un veterano de guerra al que pretende ayudar), Eastwood toma una decisión del mismo peso específico que aquella de la primera escena: el último plano de la película es el de un ataúd. Seamos justos. No parece una buena manera de hacerle propaganda a la guerra.






